Las claves del pulp (lésbico) de los años 50 y 60 a través de sus portadas

Me gusta pensar que una sociedad se puede analizar a través de las portadas de sus libros, que sus elementos gráficos la ilustran y, además, iluminan sus rincones. Por ello, es fascinante observar los códigos morales de los años 50 y 60 del siglo XX a través del lenguaje visual de las portadas pulp.  Desde el inicio del pulp –heredero de las dime novels, novela de diez centavos, del siglo XIX–, a principios de los años 20, el número de publicaciones de este tipo alcanzaron cifras astronómicas, y sus portadas debían competir entre ellas para acaparar la atención del comprador. Iconos de la cultura popular, villanos que atemorizan a damiselas, femme fatales tentando a pobres diablos que –sabes– caerán en sus redes y eso será su perdición… Elementos gráficos, todos ellos, que intentaban atraer al potencial lector resumiendo en pocos rasgos el argumento de sus historias –aunque todas ellas fueran realmente muy parecidas–.

Perfume and Pain. Portada de Robert A. Maguire
Perfume and Pain. Portada de Robert A. Maguire

Nos centraremos, sobre todo, en las cubiertas producidas a mitad del siglo XX –entre 1955 y 1969–, porque fue durante esa época en la que se desarrolló el pulp lésbico (la otra variante de pulp destinado al público homosexual), aunque estas se publicaran hasta bien entrados los años 80.

A pesar de que existían muchos elementos y claves comunes, y es verdad que la mayoría de cubiertas se parecen entre sí, a lo largo de esos años destacaron algunos ilustradores que supieron imprimir su propio estilo y que sobresalieron en la ilustración de ciertos temas. A algunos de estos artistas se les recuerda por su maestría. Por ejemplo, al sensual Robert A. Maguire –un maestro dibujando seductoras mujeres–, que produjo unas 600 ilustraciones para los varios géneros del pulp; James Bama, de estilo fotorealista, especializado en novelas del oeste y en ciencia-ficción; o Clark Hulings, quien quizás cubrió más variedad de estilos que los dos anteriores…  En España destacaron, entre muchos otros, José Luis Macías Sampedro, Boixcar (ilustrador e historietista), Isidre Monés, Segrelles, etcétera.

El artista recibía el siguiente encargo: concentrar un emocionante, y muchas veces tórrido, universo en 10,5 cm x 15 cm. Esas eran las medidas de la portada. Colores estridentes, ilustraciones sugerentes e impactantes frases de reclamo servían para realizar dicho encargo. Muchos artistas encontraron en estas portadas y en la floreciente industria del pulp una atractiva fuente extra de ingresos, al igual que muchos escritores. El volumen de trabajo era de órdago, y para muchos de ellos representó una práctica forma de asegurarse un sueldo y dedicarse de forma cómoda a otros menesteres artísticos más arriesgados pero menos lucrativos.

Olivia. Portada de Robert A. Maguire.
Olivia. Portada de Robert A. Maguire.

Cada género, dentro del pulp, tenía sus propias reglas y su iconografía moldeada a base de los éxitos de venta. Por ejemplo, las novelas bélicas mostraban a hombres fuertes y rudos, a veces descamisados, tras el fragor de la batalla; las novelas del oeste incluían carromatos que atravesaban áridos desiertos o escarpados desfiladeros del lejano oeste; las novelas de la serie negra retrataban a hombres de aspecto sospechoso que se escondían entre las sombras que proyectan las ciudades o que acababan de realizar alguna fechoría…

En el caso del pulp lésbico, las ilustraciones aglutinaban las características y las claves que la industria del pulp transmitía a una sociedad todavía muy sacudida por el macartismo y la persecución a comunistas, homosexuales y a cualquiera que supusiera un peligro para el modelo de vida que proponía el American Way of Life. En estas portadas, eran muy comunes las mujeres ligeras de ropa seducidas por otras mujeres con caras de mala o pinta de camioneras –butches– que incitaban al pecado a angelicales chicas.

Beebo Brinker, de Ann Bannon (la "reina del pulp lésbico").
Beebo Brinker, de Ann Bannon (la «reina del pulp lésbico»).

Cuenta Ann Bannon, la reina del pulp lésbico, que «los hombres interpretaban las portadas de forma literal, atraídos por las escenas de mujeres semidesnudas en un dormitorio, y las mujeres interpretaban las portadas de forma irónica: dos mujeres mirándose o una mujer de pie y otra en la cama, con las palabras clave strange (extraña) o twilight (crepúsculo), que significaba que el libro tenía contenido lésbico».

Sin embargo, en las cubiertas de pulp lésbico de Robert A. Maguire, las mujeres rara vez tenían aspecto masculino. Todo lo contrario. Su arte escapaba de los estereotipos en los que una lesbiana debía ser camionera, aunque esto se debiera a una respusta a la expresión de la fantasía sexual masculina. Además, Maguire solía incluir una rubia y una morena, para ampliar el espectro de gustos.

La diferencia argumental respecto al pulp generado para hombres homosexuales se traducía en que las historias del pulp lésbico solían ser más románticas y hablaban de amores imposibles ambientados en campus universitarios, cárceles de mujeres…

Degraded Women. Portada de Robert A. Maguire
Degraded Women. Portada de Robert A. Maguire

Las ilustraciones se apoyaban en textos igualmente atrayentes. La moralidad de la época convertía estas relaciones ilícitas en escandalosas y malsanas, y por eso se utilizaban adjetivos como twilight (crepúsculo), odd (raro), strange (extraño), shadows (sombras) y queer (marica, extraño, etcétera) en los títulos. Es el caso de I prefer girls: «Un extraña historia de amor crepuscular, celos y odio» , donde una mujer yace en la cama a la espera de otra no menos despampanante mujer que está a punto de hacer el salto del tigre sobre ella; Young and Innocent: «Fueron amantes crepusculares en un mundo entre sexos»; Perfume and Pain: «No conocía ningún deseo excepto por otra mujer»; Degraded Women: «No hay hombres en una prisión de mujeres pero esta está llena de sexo. Laura aprendió esto de la manera más dura, como las lobas lesbianas comenzaron a acecharla»; u Olivia: «La historia de una amor cuyo nombre no se osa pronunciar».

En España tuvimos novelas de a duro. Y su temática era del oeste, ciencia ficción, bélico, suspense, detectives y novela romántica. Pero nunca nos llegó el pulp lésbico por cuestiones obvias. El esplendor de este género se desarrolló en Estados Unidos desde mediados de los años 50 a finales de los años 60 del siglo XX. En España, en esos momentos la censura moral, religiosa y política de la dictadura franquista impedía que cualquier publicación con contenido homosexual saliera a la luz  –si hasta una ley prohibía a dos hombres tomar juntos una habitación en una pensión o un hotel…–.

Pero siempre nos quedarán esas portadas, retazos de la cultura popular, resumiendo de manera chillona todo lo que aquella época representó, y sirviendo de vistoso material para otra enésima revisión vintage.

Dead Sure. Portada de James Bama
Dead Sure. Portada de James Bama

 

The Tiger's Wife. Portada de Clark Hulings.
The Tiger’s Wife. Portada de Clark Hulings.

Dos crónicas sentimentales sobre Barcelona

Mario Arturo me habló de la Guía secreta de Barcelona (1974), reeditada en 1982 como Nueva Guía secreta de Barcelona, de Josep Maria Carandell. El libro estaba descatalogado hacía años y no me había preocupado en buscarlo. Pero el muy loco lo compró a un coleccionista en Internet y me envió su secreto por sorpresa porque decía que me serviría para mis novelas sobre las Barcelonas perdidas. Muchas gracias, grande.

La guía de Josep María Carandell se ha convertido –junto a Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996)– en uno de mis lugares preferidos donde rastrear anécdotas y antiguos nombres de calles de Barcelona. También me han constatado que cada época ofrece a sus barrios la ración correspondiente de personajes pintorescos, que representan la misma locura, la misma excentricidad, pero vestidas de manera diferente. Y es que estos personajes cambian de nombre y de aspecto con la frecuencia con que la Historia cambia de años.

Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell
Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell

 Carandell dijo en una entrevista: «Nuestra generación –la de Marsé, Vázquez Montalbán, etcétera– se encontró con un país tan oficial que no nos quedó otro remedio que buscar el país no oficial». Y Carandell se dedicó a buscar al margen un país imaginario que le infundiera la vida que la dictadura le había desmochado. Su guía de Barcelona habla de muchos rincones curiosos de la ciudad, pero a su autor se le nota rápidamente la predilección por la Barcelona de los bajos fondos.

También dijo, en otra ocasión, que esta guía había sido su «aportación generacional a obras como El circo, de Juan Goytisolo, o Las afueras, de Luis Goytisolo. No se trataba de descubrir una realidad social, sino de buscar lo extraño y personajes raros. Éramos niños de Acción Católica, pijos de casa bien que queríamos compensarlo».  Me doy cuenta de que esta es una guía letraherida, y que quizás la ciudad y las gentes que Carandell retrata son sobre todo una crónica de personajes potencialmente literarios, en lugar de un registro de personas reales. A su autor se le nota rápidamente la admiración que tenía hacia esos lugares y la profunda psicología con que observaba a esas «extrañas» gentes. Sobre todo,  Carandell parece comprenderlos en su desvarío y se siente su querencia por esa parte de la ciudad que solo se la conoce si se la observa con cariño y atención.

Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar
Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar

En Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996) el enfoque es diferente. Villar evita la deriva urbana y va directo a lo que le interesa: los llamados «bajos fondos». En este libro hay pasión y sentimiento por la Historia, por la cultura popular, por la vida que palpita frente a los ojos de quien la observa. Además, esta crónica –que se desborda y, en la monumentalidad de la documentación rescatada de archivos y de fuentes gráficas, llega hasta otros barrios, como la cercana calle Escudellers y alrededores– es un canto a otras maneras de vivir. Paco Villar prescinde de juicios morales. Al contrario que a Carandell, las personas que formaron parte de la Historia de esa zona, no le parecen ni raros ni extraños. Villar los utiliza como testigos cargados de una valiosa información. Y se limita a rescatar exhaustivamente ese trozo de la Historia de Barcelona.

Siempre me ha parecido muy injusto cómo Barcelona ha tratado –y continúa tratando– a ciertos barrios solo porque en ellos vive gente con «menos posibles» o, si queremos, gente pobre. A los barrios más alejados del centro es fácil obviarlos y hacer como si estos no existieran. Pero el Raval y ciertas zonas del Barri Gòtic, en pleno centro, son dos inconvenientes para esta ciudad. El ayuntamiento se olvida de que en esos barrios aún vive gente que son parte de la Historia y la cultura de esta ciudad; ancianas que podrían pasarse horas explicando anécdotas del barrio, de la guerra civil… y que nunca recogerán los libros de Historia; vecinos que explicarían mil detalles interesantes de la zona y que cuando ellos mueran desaparecerán de la memoria colectiva para siempre; de sus tiendas históricas; del hotel Falcón, en la Rambla, 32, ocupado durante la guerra civil por el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) para alojar a los milicianos que volvían del frente y que ahora es la biblioteca pública del barrio; de las pequeñas industrias que a finales del siglo XIX y principios del XX fueron importantes motores económicos para esta ciudad, de las gentes que trabajaron en ellas y que, gracias a su esfuerzo, esta ciudad ha llegado a ser lo que hoy en día es.

Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.
Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.

Las autoridades han convertido estos lugares en un parking para turistas, y se han limitado a extender autorizaciones firmadas para abrir horripilantes bazares de souvenirs con nombres pseudocatalanes pero con propietarios llegados dese la India o Pakistán, bares-abrevadero para continuar con la juerga y hoteles donde dormir la mona.

Dejemos eso a un lado y continuemos con las guías interesantes sobre la Barcelona secreta y al margen, aunque alguna gente se empeñe en etiquetar como «secretos de las ciudades» aquellos lugares no demasiado concurridos o aquellas anécdotas no demasiado conocidas de las mismas. Es la injusticia del famoseo. Si la pequeña ermita de San Cristóbal, en la calle del Regomir, no es tan famosa como el último –y espantoso– hotel con forma de navío inaugurado en la ciudad, no es porque ella se esconda a los ojos de los ciudadanos. Es que a la mayoría de los ciudadanos les resbala la verdadera historia de su propia ciudad. Motivados, en parte, por el tratamiento que el ayuntamiento potenciado hacia ellos, muchos barceloneses han desarrollado una alergia a las capas de óxido que revisten los lugares antiguos de la Ciudad Condal. El brillo de lo nuevo nos ciega y no nos deja contemplar lo que ya existía. «Lo viejo es cutre», dirán algunos. Y encontrarán más belleza en pasear entre las atestadas terrazas del Maremagnum que entre las estrechas callejas del Raval, Poble Sec o del Barrio Gótico.

Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol.
Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol (junto a Passatge Escudellers)

Guías de lugares curiosos y de anécdotas de Barcelona hay muchas –por ejemplo, la igualmente célebre Barcelona pam a pam–, de Alexander Cirici, Banys; así como crónicas sociales, muchas de ellas servidas por el historiador Manuel Huertas Clevería. Y no nos olvidemos de los centenares de blogs dedicados a rescatar la historia más oculta y olvidada de Barcelona, donde periódicamente sus autores nos regalan y comparten información, muchas veces testimonios directos de vecinos –que incluso aportan las fotos de sus álbumes familiares–, de la historia común de esta ciudad, como los interesantes Bereshit o Cosas de Absenta, entre muchos otros.

Niños jugando en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.
Niños en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.

El poeta Frank O’Hara se viste para salir

El poeta Frank O’Hara se viste para salir. Saca una de sus impecables camisas blancas del armario, se la pone e introduce los faldones de la misma dentro del pantalón. Se ajusta el cinturón y pasa la horquilla de este por el tercer agujero. Nota que ha adelgazado un poco.

Ha quedado en el 5 Spot con Grace Hartigan, que le dibujó una portada maravillosa hace un par de años para una edición limitada de Meditaciones en una situación de emergencia. También se pasará por allí Larry Rivers,  amante intermitente de O’Hara desde comienzos de los cincuenta. En 1954 Larry lo pintó desnudo y con botas  en su casa de Southampton y lo tituló así. O’Hara desnudo con botas. El cuadro ahondó la leyenda de O’Hara como amante y como  personaje  interesante –son los ojos de los demás los que nos eternizan– y, además, lo convirtió en icono gay.5.O'Hara Nude with Boots, 1954. Copyright Larry Rivers Foundation

Frank O’Hara es de esos poetas sociables y extrovertidos. Todo lo contrario que James Schuyler, un misterio para sus amigos. Frank sale casi cada noche y convierte a estas en una extensión en blanco y negro de sus días, todos repletos de gente, planes, citas… Después, escribe poemas sobre ellos. Crónicas de la vida en el Nueva York de su tiempo. O’Hara sale, suda, bebe, ama, fornica… Cada verbo es una experiencia que no está dispuesto a perderse.

En el 5 Spot –un par de horas después al momento en el que se ajustara el cinturón–, O’Hara y sus amigos se sentarán, como siempre, en la mesa del fondo; la del rincón derecho, según se observa el local desde el escenario. Se encontrarán, más o menos, con las mismas caras. Como en todos los bares, hay tres tipos de clientes: los habituales, los que van de vez en cuando y los que pasan por allí una vez para ver qué se cuece y no vuelven más. Quizás se encuentren esa noche fortuitamente a John Ashberry, Willem De Kooning o a Allen Ginsberg… Quién sabe por sabe por dónde andará cada cual…

O’Hara se levantará para ir al servicio y se detendrá un momento en la barra. Cogerá una servilleta y le pedirá prestado un bolígrafo a uno de los camareros para anotar algo que se la habrá ocurrirido de repente. Lleva todo el día anotando versos. Por la mañana escribió un poema, a propósito de la muerte de Billie Holiday, en un café sin nombre de la ciudad: «y pido como por casualidad un cartón de Gauloises y un cartón / de Picayunes, y un New York Post con la cara de ella / y para entonces estoy sudando cantidad y me acuerdo / apoyado en la puerta de los lavabos en el 5 Spot / mientras ella susurraba una canción en el teclado / para Mal Waldron y todo el mundo y yo conteníamos el aliento».

Frank O’Hara está apurando el 18 de julio de 1959 y aún no sabe que su propia muerte no tardará demasiados años en sorprenderlo disfrazada de absurdidad. Un buggy lo atropellará el 24 de julio de 1966 en la playa de Fire Island –una especie de Sitges de la Costa Este–, en New Jersey, y morirá al día siguiente.

Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O'Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).
Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O’Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).

Tras haber orinado en los mismos lavabos que aparecen en sus versos, de vuelta a la mesa, con el poema anotado en la servilleta guardado en el bolsillo derecho de su blanca camisa, se preguntará por un par de jóvenes a los que hace tiempo que no ve por allí. El chico era guapo, con un perfil que enamoraba. Él le gustaba lo bastante como para haberse presentado a sí mismo cualquiera de esas noches en las que habían coincidido. Pero nunca hablaron. Él y su amiga parecían demasiado concentrado en ellos mismos y O’Hara no quería molestar. La chica tenía pinta de artista, aunque no podría precisar si pintaba, escribía, actuaba… Ambos tenían aspectos de novatos en Nueva York. De encontrarse un poco perdidos. Solía verlos siempre juntos. Solos. Una de esas noches los había visto un poco tensos. Sobre todo a él. «Chris», le pareció escuchar que lo llamaba su amiga.

«Y es que la gente va y viene», se dice O’Hara a sí mismo en voz alta en el mismo instante en el que su trasero aterriza cansadamente en la silla de madera.

-Oye, Frank. ¿Por qué no cambiamos de lugar? Me estoy asando –dijo Larry.

-¿Damos un paseo? –contesta Frank

-¿Puedo ir con vosotros? –pregunta Grace.

-Claro. Busquemos algo más adecuado para este calor –contesta O’Hara.

El sudor de las axilas empapa la blanca camisa y crea un sutil cerco más oscuro. Está contento. Los poemas de su siguiente libro, Second Avenue van saliendo fácilmente y le gusta el dibujo que Larry ha hecho para la portada. Tiene en mente publicar ese mismo año Odes, compuesto por poemas de 1957-58. Seguramente el libro empiece con aquel poema  de 1957 titulado  Ode on Causality, dedicado a Jackson Pollock: «Hay un sentido de la coherencia neurótica/usted piensa tal vez la poesía es demasiado importante y le gusta así…».

Después, escribirá algunos libros más y le llegará la muerte.

Frank O'Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.
Frank O’Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.

Los años seguirán su goteo. Y la poesía de Frank O’Hara recorrerá toda la segunda temporada de Mad Men, en 2008. Sus poemas serán el papel de celofán perfecto para envolver a algunos personajes de la serie que se buscan a sí mismos tras haber escondido sus propias miserias detrás de las cortinas.

Frank o’Hara es el poeta perfecto para el desequilibrio, el devaneo y de la deriva urbana. Frank o’Hara vestía las camisas más blancas que he visto llevar  a un poeta.

Frank O'Hara y Larry Rivers.
Larry Rivers y Frank O’Hara.
Frank O'Hara y Larry Rivers en la casa de este en Southampton
Frank O’Hara, Larry Rivers y algunos amigos en la casa de Rivers en Southampton

Agentes secretos, guerra fría, literatura y cintas de vídeo

La II Guerra Mundial había finalizado en 1945 y la inmediata posguerra se centró más en superar la conmoción generalizada por los desastres humanos causados por la guerra que en soluciones de tinte político. Dos años son poco tiempo, especialmente después de una contienda de este tipo, pero la política siempre se ha mostrado impaciente con las debilidades de la Humanidad. Así, en 1948 comienza el periodo que ha pasado a la historia denominado como Guerra Fría (se dice que el término fue acuñado en el siglo XIV por el escritor español don Juan Manuel, y rescatado en 1947 por Bernard Baruch, consejero del presidente norteamericano Rooselvelt), cuando Stalin ordenó el bloqueo de Berlín, impidiendo el tránsito de mercancías entre los dos bloques económicos en los que Occidente había quedado dividida: el bloque capitalista (dominado por EE.UU.) y el bloque comunista (dominado por la antigua URSS y  China, aunque esta siguió más tarde su propio camino).

A pesar de que EE.UU. y la URSS habían sido aliados durante la II Guerra Mundial, tras el final de la contienda la desconfianza era mutua entre ambos bloques, y el clima de tensión política, altamente voltaico. De esta manera, comenzó una de las épocas más inestables políticamente y más fértil en el campo de la literatura y el cine de espías, todo ello en medio de unos cambios culturales de gran relevancia, como fueron la cultura pop, el progreso económico y tecnológico y el omnipresente peligro nuclear.

La Guerra Fría duró desde 1948 hasta 1991, con la caída de la URSS y la implantación de la Perestroika, y tuvo un gran momento simbólico con la caída del muro de Berlín, en 1989. En total, algo más de 40 años de un panorama político en donde los agentes secretos se convirtieron en cultura popular y a los que se les dedicó novelas, cómics, películas y series de televisión cuya repercusión continúa hasta nuestros días.

Cartel de promoción de Dr. No, primera película de James Bond en español.
Cartel de promoción de Dr. No, primera película de James Bond en español.

Para iniciar un itinerario riguroso de la época que nos ocupa, habría que remontarse al año 1953, cuando el exagente británico Ian Fleming publicó la novela Casino Royale, cuyo personaje principal era James Bond, el Agente 007. La experiencia de Flemning como asistente en los servicios secretos le aportará datos para sus historias. De esta manera, dio comienzo la leyenda del agente secreto por antonomasia, el hombre que siempre pedía que le sirvieran el Martini  «agitado, no removido». En total, Fleming escribió 12 novelas largas y 9 novelas cortas sobre «Bond, James Bond». El éxito del personaje se enmarcó primero en las novelas de Fleming durante los años 50, y en 1957 el diario inglés London Express propuso al escritor británico secuenciar las aventuras del Agente 007 en formato cómic, pero este se mostraba reacio debido al temor de que la calidad de su escritura pudiera perderse; sin embargo, finalmente aceptó y en 1958 se publicó la adaptación en cómic de Casino Royale, con guión de Anthony Hearne e ilustraciones de John McLusky.  Durante este proceso de adaptación Fleming explicó a McLusky cómo veía a su personaje, pero a McLusky James Bond le parecía demasiado anticuado, por lo que, para actualizarlo, dotó al personaje de un aspecto muy masculino, basándose en actores de la época, como Robert Taylor o Gary Cooper, imagen que luego serviría de guía para los primeros castings que se realizaron para la primera película de James Bond, Dr. No (1962), personaje que encarnaría el legendario Sean Conery. Our Man Flint, película rodada en 1966, es una parodia de la saga de James Bond, y narra, en tono de humor, cómo unos malvados científicos intentan apoderarse del planeta con una máquina capaz de producir terremotos. Protagonizada por James Coburn, la película fue un éxito en su momento, lo que dio lugar a un segundo filme, titulado In Like Flint (1967), protagonizado también por Coburn en la figura del agente Derek Flint.

Primera edición de The Quiet American (1952)
Primera edición de The Quiet American (1952)

Mientras tanto, la Guerra Fría seguía produciendo escritores de talla en el género del espionaje, como Graham Greene, exagente del servicio secreto británico durante la II Guerra Mundial, se especializó en novelas de espías de marcado tono antiimperialista, como The Quiet American (1952), sobre el sureste asiático; A Burnt-out Case (1961), sobre el Congo Belga o The Human Factor (1978), sobre espías en Londres. El también escritor Evelyn Waugh siempre pensó que Greene nunca había dejado de ser un espía secreto al servicio del bloque capitalista y que sus novelas a favor del bloque comunista solo le servían como tapadera para ganarse la confianza de líderes como Fidel Castro o Ho Chi Ming. Greene también escribió algunos guiones de películas con el mismo tema, como la magnífica The Third Man (1949), dirigida por Carol Reed y protagonizada por Orson Wells y Joseph Cotten.

Por su parte, John LeCarré (pseudónimo de David Cornwell) es conocido, sobre todo, por el personaje de George Smiley, protagonista de la mayoría de sus novelas. Call for the Dead (1961), A Murder of Quality (1962) y la exitosa The Spy Who Came in from the Cold (1963), fueron algunas de las novelas que llevaron a Le Carré a la cima de la fama en el terreno de la literatura de espionaje. En sus novelas, el autor hace que los conceptos patriotismo y espionaje se interrelacionen, siempre en busca de una verdad que aporte sentido a toda la trama narrativa. LeCarré comenzó a fascinarse por el espionaje cuando, hacia 1949, conoció a un diplomático británico que posiblemente desempeñaba trabajos como agente secreto. A finales de la década de los años 50, LeCarré ingresó en el British Foreign Service, pero siempre ha negado que desempeñara trabajos de espionaje, desmarcándose así de Ian Fleming o Graham Greene.

Junto a esta literatura centrada en el espionaje, el cine y la televisión también alimentaron este tipo de personajes. La saga de películas de James Bond comenzó en 1962 y ha llegado hasta hoy en día. Por otro lado, aparte del citado agente Flint, parodia del Agente 007, triunfaron en su momento Super Agente 86 (creada con el objetivo de parodiar las series y películas de superagentes, con elementos especialmente cómicos como el zapatófono, utilizado por Maxwell Smart; o la adopción del número 86 en el título, apodo que los camareros daban en EE.UU. a los clientes borrachos). Ya en un tono más serio, otras series como The Man From U.N.C.L.E, Danger Man o Mission: Impossible, rodadas durante la década de los años 60, lograron gran repercusión mediante trepidantes aventuras que cautivaban a la audiencia. El caso de The Saint, creado por el escritor Leslie Charteris y protagonizado por Richard Moore desde sus comienzos en los años 60, fue diferente: el personaje, Simon Templar (cuyas dos iniciales conforman el apodo, «El Santo»), no era propiamente un espía secreto pero sí recurría a los servicios secretos cuando sus casos se lo requerían.

Por su parte, la serie The Avengers (Los Vengadores, en castellano), creada a comienzos de de la década de los años 60, aportó (como Modesty Blaise en el terreno del cómic y las películas basadas en este que se realizaron), además de situaciones de alto riesgo y momentos de infarto, la incorporación de las estéticas por entonces insurgentes y en boga como la psicodelia y el pop. Así, la «vengadora» Diana Rigg pasará a la historia enfundada en un inolvidable mono de cuero negro y Patrick McNee encarnará para siempre al prototípico gentleman inglés, con sus inseparables bombín y paraguas.

CHARADE(2)
Charade (Director: Stanley Donen, 1963)

Otras películas de temática de espías que alcanzaron gran repercusión fueron Charade, dirigida en 1963 por Stanley Donen (en la que también tenía un papel James Coburn, esta vez el malo malísimo que atormentaba a Audrey Hepburn); Turn Curtain, dirigida en 1966 por Alfred Hitchcock y protagonizada por Paul Newman y Julie Andrews, en la que un físico atómico estadounidense investiga por su cuenta en el Berlín de la Guerra Fría más cruenta. Este breve repaso no podría terminarse sin la referencia a la única comedia rodada por Stanley Kubrick: Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love Bomb (1963), y que en castellano se tradujo como ¿Teléfono rojo?  Volamos hacia Moscú, en la que la sombra del peligro nuclear volvía a sobrevolar Occidente sembrando el terror.

Por lo que hasta aquí se evidencia, el momento de mayor eclosión de los agentes secretos fue en la década de los años 60, cuando literatura, cine y televisión pusieron de moda esta temática. En esos momentos, en la patria de los superagentes eclosionaba el Swinging London, término acuñado por el columnista del canal de televisión norteamericano New York TV John Crosby, cuando se desplazó hasta Londres en 1964. Por entonces, la capital británica era un hervidero de movimientos sociales, musicales y culturales en general. Londres se encontraba viviendo una revolución cultural en la que, junto a las experiencias de nuevas maneras de entender y experimentar la vida en general, imperaba un espíritu optimista y muy vital. Los sufrimientos de la posguerra se iban quedando poco a poco en el pasado y la mejora económica tenía Inglaterra, gracias a lo cual, el país dominaba las industrias del ocio y la cultura, proyectando esos cambios por todo el mundo. Quizás, el mejor resumen visual de todo ese periodo sea la película Blow Up (Deseo de una mañana de verano), rodada por Michelangelo Antonioni en 1966, en la que se incluye esa mágica y memorable escena en la que una jovencísima Vanessa Redgrave se desmelenaba bailando la delirante mezcla de R&B, jazz y pop compuesta por Herbie Hancock para la banda sonora.

Edición española de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006)
Edición española de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006)

Tanto Modesty Blaise como The Avengers beben del espíritu de aquel momento y gran parte del encanto de sus protagonistas procede de la manera en la que, gracias a la moda y a la estética del momento, conectaron con los espectadores y los lectores de la época. De esta manera, la película Modesty Blaise, rodada en 1966 por el director Joseph Losey, es un festival de cultura pop de los años 60 en donde elementos como Carnaby Street, en el Soho londinense, en la que se reunían los mods, repleta de tiendas de jóvenes e innovadores diseñadores de ropa, como la impúdica Mary Quant y sus minifaldas, eran difíciles de evitar.

La década de los 70, en el sector de la cultura del espionaje, vivió del tirón que la anterior década había conseguido, de esa manera, sus protagonistas siguieron siendo los mismos: Greene, LeCarré, James Bond, etcétera, seguían en el candelero. En los años 80 y 90, el público fue perdiendo interés paulatinamente por estos temas en paralelo a la progresiva defunción de la Guerra Fría, aunque se continuaban realizando aportaciones interesantes como Harlost Ghost (1991), la monumental novela escrita por Norman Mailer.

En la actualidad, poco nos queda (sin mencionara Austin Powers, que aúna la parodia del cine de superagentes secretos con los referentes a la cultura del Swinging London), y quizá por ello ahora sea el momento de volver al origen para encontrar la esencia más pura.

Encarna Castillo.

Artículo aparecido en el libro 4 de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006, Barcelona) y revisado para su publicación en esta web en 2013.