Birth of the Cool, Miles Davis y una explicación innecesaria

El jazz de la década de los cincuenta disco a disco:

  1. Birth of the Cool, Miles Davis (grabado en 1949-1950/Publicado en 1954 y relanzado en 1957. Capitol Records)

La intención era otra bien distinta. La intención era comenzar a elaborar una lista de los discos de jazz más importantes de la década de los cincuenta, año a año, y explicar la importancia de cada uno de ellos. No quería que el texto sonara a sermón académico, así que le di bastantes vueltas a cómo emprender esa tarea. De tanto pensarlo, me estaba atrasando en mi propósito. Por suerte, como otras veces, me salvó la manía –o la necesidad– de literaturizar todo.

Y decidí empezar esta lista en la taberna japonesa de debajo de casa. Allí siempre sonaba jazz. Además, jazz del que me gustaba. Bebop, Hardbop… Un conocido que también vivía por la zona me había dicho que el propietario de la taberna también era disc jockey de jazz.

Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.
Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.

Bajé a cenar, como solía hacer algunas noches. La primavera estaba siendo especialmente voluble y había vuelto a refrescar, por lo que me decanté por uno de aquellos udones tan reconfortantes que preparaban en el Simpu, que así se llamaba la taberna.

Entré, saludé al camarero –japonés auténtico, no como en otros restaurantes pretendidamente japoneses donde quienes atienden son camareros chinos– y me senté en una de las dos mesas destinadas, también, a dos personas. Intenté identificar qué sonaba en aquellos momentos. Ni idea. Mi pasión por el jazz se queda en el deleite y la admiración. Pero soy incapaz de reconocer a los músicos si no se trata de alguno de los que suelo escuchar en alguno de mis discos, escuchados tantas y tantas veces.

Aquella noche, la elección de la música en el Simpu, como venía siendo habitual, era impecable. El disco que sonaba en esos momentos ayudaba a crear una atmósfera de novela de Murakami. Siempre he pensado que esa taberna de Escudellers es el mejor escenario para leer al novelista japonés.

El camarero se acercó para tomar nota de mi cena.

–Aún tengo que grabarte aquellos discos que te comenté. Los que compré en Los Encantes… –le dije. Sentía que le debía una explicación.

–Sí, no hay problema –contestó él.

–Ya. Pero como te dije que lo haría…

Miles Davis
Miles Davis

Apuntó mis udon y una copa de vino tinto. Sonrió y se dio la vuelta. Ya había notado de otras veces que el camarero no deseaba demasiada conversación cuando trabajaba. Ignoraba si eso se debía a que hablaba poco español, o simplemente no le interesaba hablar con la gente o porque esa era distancia con la que los camareros japoneses solían tratan a sus clientes.

El camarero volvió al poco con la copa de vino tinto.

–Lo que pasa es que tengo que conectar el tocadiscos al ordenador y los tengo instalados en diferentes habitaciones de la casa –insistí.

–No hay problema –repitió él.

–Ya, pero si prometo una cosa me gusta cumplirla –volví a insistir yo.

El camarero volvió a marcharse y decidí que lo mejor era concentrarme en escribir sobre Birth of the Cool, el disco de Miles Davis que marcó el inicio de un estilo y que representó su primera ocasión para liderar una banda.

La década de 1950 empezaba con la grabación de ese transcendental disco, que no se publicaría hasta 1954 y que sería relanzado en 1957 por la compañía Capitol Records. Birth of Cool se grabó los días 21 de enero y 22 de abril de 1949, y el 9 de marzo de 1950, en los estudios WMGM, en Nueva York, y representó el origen del cool jazz.

Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.
Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.

De título más que prometedor, el disco contenía composiciones que advertían de los giros musicales de esa década. Algunos de los participantes en la banda de Davis para la grabación de este disco fueron posteriores representantes del anteriormente citado cool jazz, como Gerry Mulligan y John Lewis. Mulligan se trasladó a California y allí se unió a Chet Baker, donde colaboraron juntos en un cuarteto. Por su parte, Lewis sería el director de Modern Jazz Quartet, una de las bandas más destacadas de los años cincuenta y sesenta.

Sorprendentemente, después de la grabación de Birth of the Cool, Davis no volvió al cool jazz sino que quedó seducido por el hardbop –de estructuras armónicas– y, eventualmente, por el modal jazz –basado en improvisaciones en modos o escalas–, originado a finales de los años cincuenta y de gran repercusión en los sesenta. Dos ejemplos de la fascinación de Miles Davis por el modal jazz son Milestones (1958) y Kind of Blue (1959), así como las composiciones creadas por el cuarteto de John Coltrane de 1960 a 1964.

Aunque Birth of the Cool está considerado un distanciamiento del bebop por parte de Miles Davis, contiene aún sonoridades típicas de este estilo. Musicalmente, algunas de sus características son la instrumentación en parejas, sonoridades unísonas y una rica armonía. Al referirse a él, tiempo después, Miles Davis dijo: «Quería que los instrumentos sonaran como voces humanas cantando… y lo lograron».

Una de las influencias de Birth of the Cool, fue el trabajo previo de Miles Davis con Charlie Parker. Tras esta experiencia junto a Bird, Davis agotó todo lo que el bebop podía ofrecerle–. Por lo que  su encuentro con el pianista y arreglista Gil Evans –de mentalidad muy abierta y constante investigador de nuevos caminos en el jazz– fue providencial. Ambos se conocieron en 1947 y poco después organizaron la banda de nueve músicos necesarios para la grabación del disco, que en un principio estaba pensada para que Charlie Parker fuera el líder musical –pero este proyecto se frustró por el excesivo ensimismamiento de este con su propio trabajo– . A la trompeta de Miles Davis incorporaron instrumentos como el piano de John Lewis, la batería de Max Roach, la tuba de Bill Barber, el trombón alto de Lee Konitz… y aquello se convirtió, en definitiva, en un festival de sonidos.

Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948
Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948

Otra de las reconocidas influencias del disco fue el sonido de Claude Thornhill, autor del tema Snowfall –mil veces versionado–, que destacaba en la década de los cincuenta por sus interpretaciones musicales limpias y claras.

Birth of the Cool se interpretó en directo por primera vez en 1948 en el Royal Roost, y su acogida fue templadamente entusiasta. Para algunos reputados músicos y críticos lo que la banda de Miles Davis había interpretado en el club del número 1580 de la calle Broadway no era auténtico jazz. «[…] Es como si Maurice Ravel se pusiera a interpretar jazz», escribió el crítico de música clásica Winthrop Sargeant.

Sin embargo, la influencia a largo plazo de Birth of the Cool fue imparable. Y hoy en día nadie cuestiona que, además de reconocer que abrió las puertas del cool jazz, este disco fue una de las mejores grabaciones e interpretaciones de la historia del jazz del siglo XX.

Empezamos bien.

Peinados alzados en la calle Escudellers

Lo que parecía un desconchón en la pared era realmente la palabra PUTA transformada posteriormente en la palabra BOTA, seguramente por la portera, y dulcificada después por la indulgencia del tiempo en forma de borrón sobre el estucado.

La portera no se llevaba bien con la vecina del 4º 4ª y esta, en venganza por alguna antigua y absurda discusión, había tallado PUTA –seguramente con la llave, lo que resultaba aún más vulgar – frente a su portería. Una rivalidad que se remontaba a cuando el barrio era otra cosa y la segunda se dedicaba, según se encargaba de propagar la primera, al ancestral arte erótico que había dado fama a la zona cuando la eclosión de los marines a mediados de los años cincuenta.

La portera y la vecina trajinaban la portería del Pasaje Escudellers todo lo que el resto de vecinos nos absteníamos de hacer. Y se encargaban de darle la vidilla que siempre se espera que haya en una cosmopolita comunidad de vecinos, solo que ellas lo llevaban a cabo más galdosianamente.

Calle Escudellers, 1962
Calle Escudellers, 1962. © Xavier Miserach

La vecina del 4º 4ª vivía en la zona de Escudellers desde que llegara, sola, a Barcelona en los años sesenta. Se abrió paso en la vida y sobrevivió de la mejor manera que pudo, lo cual le reportó la censura de la portera. La inquina entre las dos mujeres era legendaria en la escalera. Los vecinos éramos testigos de ciertas formas de boicot al más puro estilo 13, Rue del Percebe:  la vecina del 4º 4ª dejaba orinar al perro en el rellano de la portera para que esta tuviera que limpiarlo o, cuando nadie la veía, desperdigaba por el suelo de la portería el correo publicitario de los buzones que habían ido a parar a una papelera instalada junto a los buzones para comodidad de los vecinos –y que todos agradecimos porque así no había que subirse a casa la publicidad sobre lampistas, videntes, dentistas o supermercados, para después ser lanzada al cubo de basura de cada uno–.

Estas escenas cotidianas de la circunscripción de Escudellers durante los años 90 del siglo XX supusieron mi bautizo de la zona. El Barrio Chino se había llevado la (mala) fama. Pero  lo salvó el barniz que la atracción por lo prohibido confiere a las cosas y, al final, les quedó un barrio muy literario. Jean Genet,  Terenci Moix, Vázquez Montalbán…  le regalaron algunas de sus mejores páginas de sus más estupendos libros.

Pero Escudellers –o Escudillers, como se escribía antes–  se quedó en el rango de barrio cutre. Hasta se le negó la Denominación de Origen y, a lo largo del tiempo, mucha gente se ha referido a él con etiquetas como «la zona de la parte baja de la Rambla», que es como decir aquello que decía Francisco Candel de Donde la ciudad cambia su nombre. Mis referencias sobre la literatura generada por esa zona solo alcanzan a André Pieyre de Mandiargues, en Al margen;  Sergio Pitol, en Diario de Escudillers;  y la puntual referencia de Juan Marsé al bar Saint-Germain-des-Prés, en la calle Nou de Sant Francesc, en su novela Últimas tardes con Teresa –y cuya propietaria, allá por los años sesenta, qué coincidencia, se llamaba Encarna–.«¡Encarna! –llamó Teresa, levantándose–. Una ginebra Giró y un vaso de leche», refería Marsé.

Escudellers siempre ha sido una calle incomprendida porque ha ido a destiempo. Demasiado avanzada a veces y demasiado anclada en el tiempo otras. Su boom en el ocio de la ciudad se produjo cuando el Barrio Chino ya no daba más de sí y la degeneración era ya más ancha que sus estrechas calles.  Sobre todo, a partir del momento en el que Barcelona se convertía en un puerto más de los Estados Unidos de América pero a miles de kilómetros de distancia. Con la llegada de los marines, la calle se fue adecuando a los usos y necesidades de estos y la zona se fue llenando de un ocio de nightclubs, más acorde a los tiempos. Se trataban de diversiones  y de interiores de bar norteamericanos que los hosteleros de la ciudad imitaban de algunas películas, con sus bares de barras americanas, sus whisky, sus Coca-Colas y su rock and roll en las máquinas de discos.

Sereno en la calle Nou de Sant Francesc, frente al restaurante Los Caracoles, 1962. © Xavier Miserach
Sereno en la calle Nou de Sant Francesc, frente al restaurante Los Caracoles, 1962. © Xavier Miserach

Al otro lado de las Ramblas, el Barrio Chino aún resistía como representante del ocio más afrancesado con meublés y salas de fiestas con nombres con sabor a otras ciudades y a otras épocas, como Madame Petit o Bodega Bohemia. Restos de los tiempos de la Belle Époque y de los locos años veinte. De cuando París era la modernidad.

Pero en la calle Escudellers los establecimientos respondían a nombres como Bar Kentucky, Kit Kat, New York, Cosmos… y anticipaban un nuevo mundo, lleno de peinados alzados y de películas norteamericanas en tecnicolor. Otra manera de vender lo mismo, pero desde otra modernidad.

Solo en Escudellers podría darse un caso como el de la hostilidad entre la portera y la vecina del 4º 4ª, porque Escudellers tuvo su pasado esplendoroso  –el barrio acogía a la burguesía catalana antes de que las murallas de la ciudad cedieran, dispersándose Plaza Cataluña hacia arriba y hacia los laterales– y seguía conservando a algunas porteras y también a algunas señoras que habían ayudado a que los marines se lo pasaran mucho mejor en Barcelona durante su servicio militar.

La vecina murió hace algunos años y la portera se jubiló. Actualmente, la escalera necesita un par de capas de pintura con urgencia. Tarde o temprano, tendrán que pintar. Hace como diez años que el proceso de descascaramiento continúa su implacable proceso. Cuando eso ocurra la palabra BOTA y la historia que la generó desaparecerá, como desaparecieron sus protagonistas, el Bar Heaven o el Colmado Antolín, que abastecía a todo el barrio. De la misma manera como acaban algunas cosas, bajo otra nueva capa de pintura y con un «arréglate que nos vamos».

Mujeres de Nueva York. © Diane Arbus
Mujeres de Nueva York. © Diane Arbus

El poeta Frank O’Hara se viste para salir

El poeta Frank O’Hara se viste para salir. Saca una de sus impecables camisas blancas del armario, se la pone e introduce los faldones de la misma dentro del pantalón. Se ajusta el cinturón y pasa la horquilla de este por el tercer agujero. Nota que ha adelgazado un poco.

Ha quedado en el 5 Spot con Grace Hartigan, que le dibujó una portada maravillosa hace un par de años para una edición limitada de Meditaciones en una situación de emergencia. También se pasará por allí Larry Rivers,  amante intermitente de O’Hara desde comienzos de los cincuenta. En 1954 Larry lo pintó desnudo y con botas  en su casa de Southampton y lo tituló así. O’Hara desnudo con botas. El cuadro ahondó la leyenda de O’Hara como amante y como  personaje  interesante –son los ojos de los demás los que nos eternizan– y, además, lo convirtió en icono gay.5.O'Hara Nude with Boots, 1954. Copyright Larry Rivers Foundation

Frank O’Hara es de esos poetas sociables y extrovertidos. Todo lo contrario que James Schuyler, un misterio para sus amigos. Frank sale casi cada noche y convierte a estas en una extensión en blanco y negro de sus días, todos repletos de gente, planes, citas… Después, escribe poemas sobre ellos. Crónicas de la vida en el Nueva York de su tiempo. O’Hara sale, suda, bebe, ama, fornica… Cada verbo es una experiencia que no está dispuesto a perderse.

En el 5 Spot –un par de horas después al momento en el que se ajustara el cinturón–, O’Hara y sus amigos se sentarán, como siempre, en la mesa del fondo; la del rincón derecho, según se observa el local desde el escenario. Se encontrarán, más o menos, con las mismas caras. Como en todos los bares, hay tres tipos de clientes: los habituales, los que van de vez en cuando y los que pasan por allí una vez para ver qué se cuece y no vuelven más. Quizás se encuentren esa noche fortuitamente a John Ashberry, Willem De Kooning o a Allen Ginsberg… Quién sabe por sabe por dónde andará cada cual…

O’Hara se levantará para ir al servicio y se detendrá un momento en la barra. Cogerá una servilleta y le pedirá prestado un bolígrafo a uno de los camareros para anotar algo que se la habrá ocurrirido de repente. Lleva todo el día anotando versos. Por la mañana escribió un poema, a propósito de la muerte de Billie Holiday, en un café sin nombre de la ciudad: «y pido como por casualidad un cartón de Gauloises y un cartón / de Picayunes, y un New York Post con la cara de ella / y para entonces estoy sudando cantidad y me acuerdo / apoyado en la puerta de los lavabos en el 5 Spot / mientras ella susurraba una canción en el teclado / para Mal Waldron y todo el mundo y yo conteníamos el aliento».

Frank O’Hara está apurando el 18 de julio de 1959 y aún no sabe que su propia muerte no tardará demasiados años en sorprenderlo disfrazada de absurdidad. Un buggy lo atropellará el 24 de julio de 1966 en la playa de Fire Island –una especie de Sitges de la Costa Este–, en New Jersey, y morirá al día siguiente.

Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O'Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).
Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O’Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).

Tras haber orinado en los mismos lavabos que aparecen en sus versos, de vuelta a la mesa, con el poema anotado en la servilleta guardado en el bolsillo derecho de su blanca camisa, se preguntará por un par de jóvenes a los que hace tiempo que no ve por allí. El chico era guapo, con un perfil que enamoraba. Él le gustaba lo bastante como para haberse presentado a sí mismo cualquiera de esas noches en las que habían coincidido. Pero nunca hablaron. Él y su amiga parecían demasiado concentrado en ellos mismos y O’Hara no quería molestar. La chica tenía pinta de artista, aunque no podría precisar si pintaba, escribía, actuaba… Ambos tenían aspectos de novatos en Nueva York. De encontrarse un poco perdidos. Solía verlos siempre juntos. Solos. Una de esas noches los había visto un poco tensos. Sobre todo a él. «Chris», le pareció escuchar que lo llamaba su amiga.

«Y es que la gente va y viene», se dice O’Hara a sí mismo en voz alta en el mismo instante en el que su trasero aterriza cansadamente en la silla de madera.

-Oye, Frank. ¿Por qué no cambiamos de lugar? Me estoy asando –dijo Larry.

-¿Damos un paseo? –contesta Frank

-¿Puedo ir con vosotros? –pregunta Grace.

-Claro. Busquemos algo más adecuado para este calor –contesta O’Hara.

El sudor de las axilas empapa la blanca camisa y crea un sutil cerco más oscuro. Está contento. Los poemas de su siguiente libro, Second Avenue van saliendo fácilmente y le gusta el dibujo que Larry ha hecho para la portada. Tiene en mente publicar ese mismo año Odes, compuesto por poemas de 1957-58. Seguramente el libro empiece con aquel poema  de 1957 titulado  Ode on Causality, dedicado a Jackson Pollock: «Hay un sentido de la coherencia neurótica/usted piensa tal vez la poesía es demasiado importante y le gusta así…».

Después, escribirá algunos libros más y le llegará la muerte.

Frank O'Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.
Frank O’Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.

Los años seguirán su goteo. Y la poesía de Frank O’Hara recorrerá toda la segunda temporada de Mad Men, en 2008. Sus poemas serán el papel de celofán perfecto para envolver a algunos personajes de la serie que se buscan a sí mismos tras haber escondido sus propias miserias detrás de las cortinas.

Frank o’Hara es el poeta perfecto para el desequilibrio, el devaneo y de la deriva urbana. Frank o’Hara vestía las camisas más blancas que he visto llevar  a un poeta.

Frank O'Hara y Larry Rivers.
Larry Rivers y Frank O’Hara.
Frank O'Hara y Larry Rivers en la casa de este en Southampton
Frank O’Hara, Larry Rivers y algunos amigos en la casa de Rivers en Southampton

Five Spot Café

Five Spot Café. 5 Cooper Square, New York City.

Pasamos una hora, más o menos, recorriendo la calle Bowery arriba y abajo, buscando el Five Spot Café sin saber que ya no existía. Era como haber salido en busca de un fantasma. Los coches circulaban pausadamente a nuestro lado, sin hacer ruido, con ese sistema de motor americano tan silencioso que les hace parecer vehículos teledirigidos. No encontrábamos el lugar y, al final, como a esas horas había poca gente en la calle casi nos precipitamos sobre una chica que pasaba por allí y que nos miró desconfiadamente –seguramente pensó que era un truco para despistarla y robarle su bolsa del Whole Foods Market–. Le preguntamos por el Five Spot Café. Desilusión. La peatona atropellada por nosotras no lo conocía. Me decepcionó comprobar que no todo el que viviera entre el Bowery y Greenwech Village tenía que estar, por fuerza, interesado en el jazz y en sus anécdotas.

David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn
David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn

Ya nunca podré decir aquello de «No es lo que era, pero al menos pude visitarlo; aunque haya sido años después», como me había ocurrido hacía años ya con el Hotel Algonquin.

El Five Spot Café ya no existe. De hecho, el mismo número 5 de Cooper Square, donde estuvo ubicado durante sus primeros años, es bastante difícil de encontrar. Pasamos varias veces delante del número 4. También del número 7… Pero sin rastro del número 5. Consultando ahora en el Google Earth, supongo que el número 5 lo ocupa la taberna que hay en la esquina, dato que sigue sin quedarme muy claro.

Subimos, bajamos, volvimos a subir, volvimos a bajar por la calle Bowery… Nada. Ni rastro del lugar en el que Thelonious Monk había vuelto a tocar en los clubs de Manhattan –al poco de haber recuperado su «Cabaret Card»– junto a John Coltrane. Monk había perdido su licencia para trabajar en los clubs de Nueva York por haberse negado a testificar contra su amigo Bud Powell en un asunto de posesión de drogas.

Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957.
Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

La colaboración entre Monk y Coltrane empezó el 4 de julio de 1957 y terminó en las navidades de ese año. Seis memorables meses durante los que estos músicos llenaron de magia el pequeño escenario del Five Spot Café, junto a Wilbur Ware al bajo y Shadow Wilson en la batería. Después, en 1958, John Coltrane se incorporó al sexteto de Miles Davis y Thelonious Monk  inició otro periodo de varios meses en el Five Spot Café junto a Johnny Griffin –reemplazado después por Charlie Rouse– Ahmed Abdul-Malik y Roy Haynes.

El Five Spot Café había comenzado su andadura en 1937 con el nombre de Café Bowery. La zona del Bowery estaba poblada de establecimientos donde tatuarse una sirena –un ancla o un puñal…–, comer por poco dinero, beber en las peores compañías, cortarse el pelo y afeitarse en establecimientos repletos de carteles con las tarifas más bajas del mercado… Es decir, el Bowery –habitado sobre todo por la clase trabajadora– aglutinaba el ocio más barato, y donde retar a la Ley era casi una diversión. Y si alguien quisiera obtener información de primera mano sobre el barrio de mediados de los años 50 del siglo XX, solo tendría que pasar un agradable rato en el sofá de casa disfrutando del documental On the Bowery, rodado durante 1955 por Lionel Rogosin.

On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.
On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.

Las poco iluminadas calles del Bowery mantuvieron su esencia durante la época en la que Salvatore Termini, su propietario, sacó a flote el local y también, después, cuando sus hijos se hicieron cargo de él tras finalizar la segunda guerra mundial. Joe e Iggy Termini lo rebautizaron en 1951 como No. 5 Bar con el deseo de iniciar una nueva época.

La deseada regeneración ¿moral? comenzó a finales de 1955, cuando la Línea de la Tercera Avenida –el tranvía que atravesaba Manhattan por el exterior– fue demolida y provocó la revitalización del barrio. Y el barrio comenzó a acoger a muchos artistas, que se instalaron en la zona debido a que los precios de los alquileres seguían siendo más baratos en el Bowery que en el vecino Greenwich Village.

Una de las cerillas que prendió la llama del éxito del Five Spot Café fue precisamente uno de esos artistas recién llegados, el pianista Don Shoemaker, quien había alquilado un local en el número 1 de Union Square para organizar  jazz sessions. Al poco, Shoemaker, harto de ir y venir a buscar cervezas al No.5 Bar, les propuso a los hermanos Termini hacer allí sus jam sessions si ellos, a cambio, compraban un piano para que los músicos lo pudieran utilizar.

Joe e Iggy, aún neófitos del jazz, pero bien aconsejados por los músicos que, gracias a Shoemaker empezaban a dejarse caer por allí, compraron un piano de segunda mano y la leyenda del Five Spot Café se inició el 30 de agosto de 1956.

Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el  Five Spot Café en 1957
Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

Rápidamente, el lugar se convirtió en epicentro de modernidad y efervescencia cultural. Entre sus parroquianos, era fácil encontrarse con músicos y aficionados al jazz; con pintores como Willem de Kooning, Franz Kline, Joan Mitchell, Howard Kanovitz;  con escritores como Jack Kerouac, Frank O’Hara, Ted Joans o Gregory Corso, y otros artistas del momento. El Five Spot Café ayudó a consolidar el jazz durante la década de los 50 del siglo XX y a mezclar a artistas de múltiples disciplinas. Así, era fácil escuchar a Allen Ginsberg o Kenneth Koch leyendo poesía y ver a Mark Rothko y Norman Mailer escuchando a Lester Young tocar su saxofón.

Don Cherry con Ornette Coleman en el Five Spot Café, Noviembre de 1959. Fotógrafo desconocido.

Las célebres sesiones del Five Spot Café fueron inauguradas por el pianista y poeta Cecil Taylor. El resto es historia: Thelonious Monk, John Coltrane, Ornette Coleman, Eric Dolphy, Don Cherry, Charly Haden, Kenny Burrell, Pepper Adams, Randy Weston, Sonny Rollins, Charles Mingus, David Amram, etcetera, etcetera. Todo aquel que era alguien en el mundillo jazz, pasó por su pequeño escenario, que constaba de una minúscula plataforma con fotografías, posters y recortes de prensa pegados a la pared.

Debido a nuevas reformas urbanísticas en la zona, el Five Spot Café se trasladó en 1962 algunos bloques de pisos más al norte, entre la calle Marks y la Tercera Avenida. Pero ya nada fue igual, y el local cerró a finales de los años 70. Empezaba otra década y se imponía otra manera de relacionarse. Abrían nuevos bares y nuevos clubes, cambiaban las modas y cambiaban algunos hábitos, los beatniks dejaron paso a los hippies… El Five Spot Café duró lo que duró, como muchos locales que nacen y mueren devorados por los caprichos que dictan las modas. Pero supo proyectar su sombra tan poderosamente sobre el resto de establecimientos que lo sucedieron en el tiempo que provocó que  el espacio que ocupaba el número 5 de Cooper Square fuera borrado del lugar,  y se haya convertido en un fantasma al que algunas buscan por las noches.

Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958
Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958

Como compensación por las infructuosas vueltas nocturnas por Cooper Square y la calle Bowery, encontramos un restaurante muy tentador. La pequeña ventana, iluminada por una luz roja, le daba un aire clandestino.  A través de ella se podía observar a una clientela a la que ahora habría que llamar hipster, que comía, charlaba y bebía, como siempre se había hecho en los locales del Bowery. Aquella noche no disfrutamos del jazz, pero sí de un plato de sonoridad mítica que yo nunca había tenido la ocasión de probar hasta entonces, el jambalaya. Se trata de un plato muy típico de la gastronomía cajún, del que me había hablado Celeste, una chica de Louisiana con la que había coincidido una vez en un trabajo.

Thelonious Monk_John Coltrane_Live1958Al final, la noche había sido bastante coherente a pesar de haber estado persiguiendo a un fantasma. Louisiana, en Nueva Orleans –uno de los lugares desde donde músicos como Louis Armstrong o Sidney Bechet propagaron el jazz hacia el resto del mundo–, se había fijado en mi mente como otro lugar al que visitar. No estuvo mal haber llegado al origen a través de la gastronomía, sin habérselo propuesto.

Grabaciones en vivo en el Five Spot Café:

  • Pepper Adams: 10 to 4 at the Five Spot (Riverside, 1958)
  • Kenny Burrell: On View at he Five Spot Cafe (Blue Note, 1959)
  • Eric Dolphy: At the Five Spot (Prestige, 1961)
  • Thelonious Monk: Thelonious in Action (Riverside, 1958)
  • Thelonious Monk: Misterioso (Riverside, 1958)
  • Randy Weston: Live at the Five Spot (United Artist, 1959)

 Randy Weston_Live_at_the_Five_Spot

 Serie: Los bares perdidos.

Encarna Castillo

Agentes secretos, guerra fría, literatura y cintas de vídeo

La II Guerra Mundial había finalizado en 1945 y la inmediata posguerra se centró más en superar la conmoción generalizada por los desastres humanos causados por la guerra que en soluciones de tinte político. Dos años son poco tiempo, especialmente después de una contienda de este tipo, pero la política siempre se ha mostrado impaciente con las debilidades de la Humanidad. Así, en 1948 comienza el periodo que ha pasado a la historia denominado como Guerra Fría (se dice que el término fue acuñado en el siglo XIV por el escritor español don Juan Manuel, y rescatado en 1947 por Bernard Baruch, consejero del presidente norteamericano Rooselvelt), cuando Stalin ordenó el bloqueo de Berlín, impidiendo el tránsito de mercancías entre los dos bloques económicos en los que Occidente había quedado dividida: el bloque capitalista (dominado por EE.UU.) y el bloque comunista (dominado por la antigua URSS y  China, aunque esta siguió más tarde su propio camino).

A pesar de que EE.UU. y la URSS habían sido aliados durante la II Guerra Mundial, tras el final de la contienda la desconfianza era mutua entre ambos bloques, y el clima de tensión política, altamente voltaico. De esta manera, comenzó una de las épocas más inestables políticamente y más fértil en el campo de la literatura y el cine de espías, todo ello en medio de unos cambios culturales de gran relevancia, como fueron la cultura pop, el progreso económico y tecnológico y el omnipresente peligro nuclear.

La Guerra Fría duró desde 1948 hasta 1991, con la caída de la URSS y la implantación de la Perestroika, y tuvo un gran momento simbólico con la caída del muro de Berlín, en 1989. En total, algo más de 40 años de un panorama político en donde los agentes secretos se convirtieron en cultura popular y a los que se les dedicó novelas, cómics, películas y series de televisión cuya repercusión continúa hasta nuestros días.

Cartel de promoción de Dr. No, primera película de James Bond en español.
Cartel de promoción de Dr. No, primera película de James Bond en español.

Para iniciar un itinerario riguroso de la época que nos ocupa, habría que remontarse al año 1953, cuando el exagente británico Ian Fleming publicó la novela Casino Royale, cuyo personaje principal era James Bond, el Agente 007. La experiencia de Flemning como asistente en los servicios secretos le aportará datos para sus historias. De esta manera, dio comienzo la leyenda del agente secreto por antonomasia, el hombre que siempre pedía que le sirvieran el Martini  «agitado, no removido». En total, Fleming escribió 12 novelas largas y 9 novelas cortas sobre «Bond, James Bond». El éxito del personaje se enmarcó primero en las novelas de Fleming durante los años 50, y en 1957 el diario inglés London Express propuso al escritor británico secuenciar las aventuras del Agente 007 en formato cómic, pero este se mostraba reacio debido al temor de que la calidad de su escritura pudiera perderse; sin embargo, finalmente aceptó y en 1958 se publicó la adaptación en cómic de Casino Royale, con guión de Anthony Hearne e ilustraciones de John McLusky.  Durante este proceso de adaptación Fleming explicó a McLusky cómo veía a su personaje, pero a McLusky James Bond le parecía demasiado anticuado, por lo que, para actualizarlo, dotó al personaje de un aspecto muy masculino, basándose en actores de la época, como Robert Taylor o Gary Cooper, imagen que luego serviría de guía para los primeros castings que se realizaron para la primera película de James Bond, Dr. No (1962), personaje que encarnaría el legendario Sean Conery. Our Man Flint, película rodada en 1966, es una parodia de la saga de James Bond, y narra, en tono de humor, cómo unos malvados científicos intentan apoderarse del planeta con una máquina capaz de producir terremotos. Protagonizada por James Coburn, la película fue un éxito en su momento, lo que dio lugar a un segundo filme, titulado In Like Flint (1967), protagonizado también por Coburn en la figura del agente Derek Flint.

Primera edición de The Quiet American (1952)
Primera edición de The Quiet American (1952)

Mientras tanto, la Guerra Fría seguía produciendo escritores de talla en el género del espionaje, como Graham Greene, exagente del servicio secreto británico durante la II Guerra Mundial, se especializó en novelas de espías de marcado tono antiimperialista, como The Quiet American (1952), sobre el sureste asiático; A Burnt-out Case (1961), sobre el Congo Belga o The Human Factor (1978), sobre espías en Londres. El también escritor Evelyn Waugh siempre pensó que Greene nunca había dejado de ser un espía secreto al servicio del bloque capitalista y que sus novelas a favor del bloque comunista solo le servían como tapadera para ganarse la confianza de líderes como Fidel Castro o Ho Chi Ming. Greene también escribió algunos guiones de películas con el mismo tema, como la magnífica The Third Man (1949), dirigida por Carol Reed y protagonizada por Orson Wells y Joseph Cotten.

Por su parte, John LeCarré (pseudónimo de David Cornwell) es conocido, sobre todo, por el personaje de George Smiley, protagonista de la mayoría de sus novelas. Call for the Dead (1961), A Murder of Quality (1962) y la exitosa The Spy Who Came in from the Cold (1963), fueron algunas de las novelas que llevaron a Le Carré a la cima de la fama en el terreno de la literatura de espionaje. En sus novelas, el autor hace que los conceptos patriotismo y espionaje se interrelacionen, siempre en busca de una verdad que aporte sentido a toda la trama narrativa. LeCarré comenzó a fascinarse por el espionaje cuando, hacia 1949, conoció a un diplomático británico que posiblemente desempeñaba trabajos como agente secreto. A finales de la década de los años 50, LeCarré ingresó en el British Foreign Service, pero siempre ha negado que desempeñara trabajos de espionaje, desmarcándose así de Ian Fleming o Graham Greene.

Junto a esta literatura centrada en el espionaje, el cine y la televisión también alimentaron este tipo de personajes. La saga de películas de James Bond comenzó en 1962 y ha llegado hasta hoy en día. Por otro lado, aparte del citado agente Flint, parodia del Agente 007, triunfaron en su momento Super Agente 86 (creada con el objetivo de parodiar las series y películas de superagentes, con elementos especialmente cómicos como el zapatófono, utilizado por Maxwell Smart; o la adopción del número 86 en el título, apodo que los camareros daban en EE.UU. a los clientes borrachos). Ya en un tono más serio, otras series como The Man From U.N.C.L.E, Danger Man o Mission: Impossible, rodadas durante la década de los años 60, lograron gran repercusión mediante trepidantes aventuras que cautivaban a la audiencia. El caso de The Saint, creado por el escritor Leslie Charteris y protagonizado por Richard Moore desde sus comienzos en los años 60, fue diferente: el personaje, Simon Templar (cuyas dos iniciales conforman el apodo, «El Santo»), no era propiamente un espía secreto pero sí recurría a los servicios secretos cuando sus casos se lo requerían.

Por su parte, la serie The Avengers (Los Vengadores, en castellano), creada a comienzos de de la década de los años 60, aportó (como Modesty Blaise en el terreno del cómic y las películas basadas en este que se realizaron), además de situaciones de alto riesgo y momentos de infarto, la incorporación de las estéticas por entonces insurgentes y en boga como la psicodelia y el pop. Así, la «vengadora» Diana Rigg pasará a la historia enfundada en un inolvidable mono de cuero negro y Patrick McNee encarnará para siempre al prototípico gentleman inglés, con sus inseparables bombín y paraguas.

CHARADE(2)
Charade (Director: Stanley Donen, 1963)

Otras películas de temática de espías que alcanzaron gran repercusión fueron Charade, dirigida en 1963 por Stanley Donen (en la que también tenía un papel James Coburn, esta vez el malo malísimo que atormentaba a Audrey Hepburn); Turn Curtain, dirigida en 1966 por Alfred Hitchcock y protagonizada por Paul Newman y Julie Andrews, en la que un físico atómico estadounidense investiga por su cuenta en el Berlín de la Guerra Fría más cruenta. Este breve repaso no podría terminarse sin la referencia a la única comedia rodada por Stanley Kubrick: Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love Bomb (1963), y que en castellano se tradujo como ¿Teléfono rojo?  Volamos hacia Moscú, en la que la sombra del peligro nuclear volvía a sobrevolar Occidente sembrando el terror.

Por lo que hasta aquí se evidencia, el momento de mayor eclosión de los agentes secretos fue en la década de los años 60, cuando literatura, cine y televisión pusieron de moda esta temática. En esos momentos, en la patria de los superagentes eclosionaba el Swinging London, término acuñado por el columnista del canal de televisión norteamericano New York TV John Crosby, cuando se desplazó hasta Londres en 1964. Por entonces, la capital británica era un hervidero de movimientos sociales, musicales y culturales en general. Londres se encontraba viviendo una revolución cultural en la que, junto a las experiencias de nuevas maneras de entender y experimentar la vida en general, imperaba un espíritu optimista y muy vital. Los sufrimientos de la posguerra se iban quedando poco a poco en el pasado y la mejora económica tenía Inglaterra, gracias a lo cual, el país dominaba las industrias del ocio y la cultura, proyectando esos cambios por todo el mundo. Quizás, el mejor resumen visual de todo ese periodo sea la película Blow Up (Deseo de una mañana de verano), rodada por Michelangelo Antonioni en 1966, en la que se incluye esa mágica y memorable escena en la que una jovencísima Vanessa Redgrave se desmelenaba bailando la delirante mezcla de R&B, jazz y pop compuesta por Herbie Hancock para la banda sonora.

Edición española de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006)
Edición española de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006)

Tanto Modesty Blaise como The Avengers beben del espíritu de aquel momento y gran parte del encanto de sus protagonistas procede de la manera en la que, gracias a la moda y a la estética del momento, conectaron con los espectadores y los lectores de la época. De esta manera, la película Modesty Blaise, rodada en 1966 por el director Joseph Losey, es un festival de cultura pop de los años 60 en donde elementos como Carnaby Street, en el Soho londinense, en la que se reunían los mods, repleta de tiendas de jóvenes e innovadores diseñadores de ropa, como la impúdica Mary Quant y sus minifaldas, eran difíciles de evitar.

La década de los 70, en el sector de la cultura del espionaje, vivió del tirón que la anterior década había conseguido, de esa manera, sus protagonistas siguieron siendo los mismos: Greene, LeCarré, James Bond, etcétera, seguían en el candelero. En los años 80 y 90, el público fue perdiendo interés paulatinamente por estos temas en paralelo a la progresiva defunción de la Guerra Fría, aunque se continuaban realizando aportaciones interesantes como Harlost Ghost (1991), la monumental novela escrita por Norman Mailer.

En la actualidad, poco nos queda (sin mencionara Austin Powers, que aúna la parodia del cine de superagentes secretos con los referentes a la cultura del Swinging London), y quizá por ello ahora sea el momento de volver al origen para encontrar la esencia más pura.

Encarna Castillo.

Artículo aparecido en el libro 4 de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006, Barcelona) y revisado para su publicación en esta web en 2013.

Cold Turkey

Stan Levy, Leonard Gaskin, Charlie Parker, Miles Davis y Dexter Gordon en el Spotlite, en la calle 52 (1945).

Cold Turkey reflexiona sobre las adicciones emocionales y sobre los contrastes. En sus páginas, el jazz del Greenwich Village convive con la rumba catalana templada en las tabernas del Barrio Gótico, las desapariciones involuntarias y las huidas elegidas conducen casi siempre al mismo lugar, las novelas de pulp lésbico retan a la alta literatura, y las oficinas de Madison Avenue resplandecen frente a los grises despachos de la Barcelona de posguerra.