‘La cápsula del tiempo’. Fotografías de Carmen Sánchez Escribano

Carmen Sánchez Escribano

Si observamos bien, todas las ciudades poseen diferentes capas cronológicas, cápsulas del tiempo que Carmen Sánchez Escribano detecta con su cámara y con las que nos transporta a un pasado aún reconocible para muchos de nosotros; captando, así, lo que de recuerdo de estos lugares comunes aún permanece en nuestra memoria. Su clic es el resorte de la memoria colectiva, de momentos contemporáneos en un decorado donde el tiempo es el concepto: el concepto de anacronía. 

Y todo ello desde la contemporaneidad, convirtiéndose esta anacronía en el lugar desde donde sus fotografías retratan el pulso individualizado de la ciudad, el día a día entre el gris cemento reflejado de individuo en individuo. Más que en paisajes urbanos, el objetivo de su cámara se centra, sobre todo, en personas que se relacionan con esta ciudad, cual islas sobre el asfalto, o consigo mismas, pero pocas de ellas interactúan con otras personas. Encontramos pocos grupos y, si los hay, sus integrantes parecen desatomizados, desgregados del bodegón humano que componen. Asimismo, las personas que contemplamos en sus fotografías poseen una razón para permanecer en ellas, pero nunca nos será desvelada porque las fotografías de Carmen Sánchez Escribano no muestran sino que transportan, del ojo de la fotógrafa al ojo del espectador, momentos íntimos. En la estela de Lissete Model, Helen Leavitt o Joan Colom, entre otros, Sánchez Escribano «hace la calle» en busca de ese maravilloso momento: paseantes solitarios, señoras ancianas que van a la compra, jóvenes que caminan con el aire de llegar tarde a una cita y, de reojo, se contemplan en el escaparate, señores que deambulan con el decorado urbano a sus espaldas…

Asimismo, observamos en la obra de Sánchez Escribano una atracción por los escaparates, elementos predominantes y sugerentes en todas nuestras ciudades. Sus fotografías son la simbiosis entre el reflejo y la persona reflejada. Y es que ciertos escaparates de algunas ciudades poseen la capacidad de ejercer de involuntaria cámara urbana, así como de expositor de vidas. Por ello, mercancías y personas se exponen paralelamente, engañando a los sentidos acerca de si es el individuo el que ofrece la razón de ser a un escaparate o es ese escaparate el que expone anónimos retazos de existencias. No nos referimos a los consabidos juegos de espejos, sino al escaparate como soporte fotográfico, al reflejo a través del reflejo, a las vidas a través de la propia vida. 

El reportaje con el que arranca la publicación de su serie Las ciudades, está dedicado, precisamente, a la ciudad de las ciudades: Nueva York. No podía tratarse de otra ya que es este lugar sinónimo de algunos de los elementos que caracterizan sus fotografías: anacronía, la ciudad como un inmenso escaparate, la continuidad entre asfalto y personas y, por último, el retrato de la individualidad extrema.

Algunas de las fotografías de Sánchez Escribano dan la sensación de tratarse de momentos robados, de que la fotógrafa espere agazapada tras la esquina para apretar con su dedo el botón disparador de la máquina y así componer un escenario ideal para sus instantáneas. A medio camino entre este punto voyeur y el del mero tránsito urbano, la serie que hoy se inicia con Nueva York continuará en los próximos números con París, Barcelona y Madrid. 

Esquina de mundo, Óscar Sotillos

Leí Esquina de mundo en el lugar adecuado, creo. En otra esquina de mundo, en la sierra granadina. Realmente, no a tanta distancia el uno del otro y no tan lejos culturalmente como podría parecer, rodeados ambos por restos arqueológicos que certifican la presencia de vida humana en el lugar desde tiempos inmemoriales. En nada se parecían los paisajes, pero tintineaban en la cercanía paradójicamente idénticos. Y poco tenían en común las costumbres de uno y otro lugar, pero no me resultaban en nada extrañas. Debe ser que la esencia de los paraísos rurales de verano alimentados desde la infancia fueron todos construidos con similar atrezo.

Esquina de mundo es un libro para leer despacio y viajar mentalmente. La atmósfera de Montejo de Tiermes, junto a las ruinas de una ciudad celtíbera de Soria donde transcurre este libro, es el viaje destilado por los sueños de un niño que al hacerse mayor viajó siempre llevando consigo el paraíso de la infancia en la retina y el gusto por describirlo en el paladar proustiano. Combray es Tiermes, y la sierra de Granada, y Barcelona, y cualquier lugar donde sus páginas sean leídas. Y es la curiosidad de un niño tatuada en la memoria: “Yo no sé si hace falta irse tan lejos, igual que tampoco sé si la Arcadia soñada se encuentra en el páramo soriano. Lo que sí sospecho es que para ver cumplidos los sueños hay que salir a buscarlos».

Quizás porque lo local sí resulta universal, quizás porque nuestra retina solo conserva una manera de mirar, la que transcurre a través de aquello que una vez atravesó su pureza, Óscar Sotillos salió a buscar sus sueños donde la curiosidad de adulto lo llevó a viajar; y allí, por sorpresa, encontró elementos comunes con su Montejo de Tiermes familiar. Por ello, Esquina de mundo es, como todo buen libro de memorias, un estupendo libro de viajes: geográfico y existencial. El escritor nos conduce de la India a Mongolia; de Portbou a Essaouira, en Marruecos; de Ibort, en el Pirineo aragonés, al Senegal; de Montejo de Tiermes a Barcelona en el viejo Changai -llamado así por el Shangai Express de la película donde sale Marlene Dietrich-, el tren que recorría los 1.331 kilómetros de Galicia a Barcelona por la antigua vía de Valladolid-Ariza, hoy desmantelada, y describe aquello que su atenta mirada descubrió años atrás, con la que creció y se hizo hombre, con la que años después volvió acompañado ya de su propia hija, alargándole la vida a la tierra –Raíces y ramas lleva por título uno de los últimos capítulos- y regalándole a su hija una patria para dudar -“Los laberintos son la patria de los que dudan”, escuchó el autor decir a Juan Goytisolo en un documental a propósito de las laberínticas callejuelas de Tánger, un símil que él aplicó a su páramo soriano, a su “paisaje primigenio que se multiplica hasta el infinito”-.

Sotillos
Óscar Sotillos y su hija en Sotillos de Caracena, Tiermes, Soria.

El autor transmite de maravilla la sorpresa, la curiosidad y el cariño por este fragmento de paraíso iniciático en tierras de Soria. Tanto que las páginas de este libro despiertan unas inmensas ganas de jugar a las Tabas, escuchar cantar la Tarara a los mozos del pueblo durante las fiestas patronales, conocer el castillo de Medinaceli, tocar la Huella del diablo de Peña Lagarto… De lanzarnos a la carretera y de vivirlo en primera persona tras haberlo experimentado en la lectura. Y es que: “El cemento es tan áspero que la tentación de imaginar paraísos naturales es demasiado poderosa. Es tan fácil dejarse llevar por la idea de que un día encontraremos un lugar en el mundo como en la película de Adolfo Aristarain, que la nostalgia se vuelve del revés y nos encontramos mirando hacia delante, atisbando entre las brumas un futuro más verde, más embriagador, hecho a nuestra medida”.

Otra Esquina de mundo que convertir en nuestra.

Óscar Sotillos, Esquina de mundo, Baile del Sol, Colección Dando Pata, 2016.

Montejo de Tiermes
Vista nocturna de Montejo de Tiermes, Soria.

Una temporada para silbar en «La casita del maestro»

Tuve la suerte de leer Una temporada para silbar cerca de una escuela rural -o escuela unitaria, como se la denomina en el lenguaje técnico académico- semejante a la que se describe en la evocadora novela de Ivan Doig. Una suerte que añadía a mi lectura un componente emocional que me llegaba por partida doble, desde el papel impreso y también desde la cercana realidad.

Tras casi cinco años de trasiego por mi retina -porque se encuentra en la zona del cortijillo donde pasamos algunas temporadas-, esta escuela rural, en cuya fachada aún puede leerse Escuelas Nacionales, ha producido ya algunos de los momentos más gratamente inesperados de mi experiencia emocional. No tantos como el protagonista de la novela de Ivan Doig pudiera coleccionar a lo largo de su vida, pero sí los suficientes como para que ya despierte en mí buenos recuerdos.

Al principio, solo fue de un interesante vestigio de otra época. Una muestra más que el destino nos colocaba delante de las narices para entender lo que había sido vivir en ese paraje, llamado así realmente en cartografía, siendo una niña o un niño sin agua corriente ni luz eléctrica en casa, pero con una escuela a algunos metros de donde se dormía y donde varios chaveas de varias edades, mezclados, compartían aula, profesor, horarios, bocadillos y peleas.

Colegio Los Arenales-Años 60
Escuela rural de la década de los años 60, s. XX (Loja, Granada).

La escuela, actualmente en desuso, es una construcción de los años sesenta del pasado siglo XX, y consta de una única aula, donde aún duermen el sueño eterno los pupitres, las sillas y la pizarra originales. Desconozco todo sobre la historia de esta escuela rural y, precisamente por ello, la imaginación se me dispara imaginando cómo fue estudiar allí. En una de las escasas veces que he preguntado sobre ella, alguien me informó que la valla que la circunda era necesaria -en respuesta a mi sorpresa por la existencia de esta valla justo en medio del campo- para que los chavales no se escaparan y volvieran a sus casas donde seguramente harían más falta para ayudar en las labores del campo o con los animales que quedarse allí y estudiar los ríos y los afluentes de España.

Adyacente a la escuela, una pequeña casa desempeñaba las funciones de habitáculo del profesor o la profesora de turno. En la zona, a esta se la conoce como “La casita del maestro” -¡igual que en la novela de Ivan Doig!- y se alquila actualmente como casa rural desde hace un par de años. Aunque conozco a sus próximos moradores y sé que la van a tratar más que bien, no sé en qué estará pensando el ayuntamiento para exponer su patrimonio histórico así como así sin protegerlo como merece.

Lo que de verdad me emociona de esta escuela es lo que representa como conquista de la Educación en un entorno rural, además del valiosísimo testimonio de cómo fue vivir en el paraje al que esta pertenece, actuando como elemento cohesionador de la vida social del mismo. Aún hoy, cuando los vecinos de la zona queremos hacer una reunión o una fiesta popular, continuamos acudiendo a “La casita del maestro”. Durante estos cinco años, allí he compartido las reuniones para aportar dinero para arreglar un poco los caminos de tierra, comido platos cocinados por mis vecinos en las verbenas organizadas por nosotros mismos, presenciado cómo se mataban algunas gallinas para el arroz popular del domingo, conocido a nuevas personas…

Según me han explicado, muchos de los cortijillos de esta zona de Granada pertenecían a colonos -como los de Montana, otra coincidencia tipo ‘Tan lejos, tan cerca’- a quienes les habían donado un trozo de tierra en el intento de dotar de vida esta sierra austera, de escasa población y terreno seco e irregular.

“Lo que me han pedido, o más bien ordenado, no es solo extinción forzosa de las escuelas unitarias. Con ellas morirán también los distritos rurales, que han venido batallando desde los días de la colonización para sacar adelante sus granjas y sus sembrados en las secas tierras de Montana. (Supongo que es lo ideal para que Billings se llene de gente y sus vendedores de coches hagan negocio.) Ya no habrá escuelas para que los niños estudien. No habrá escuelas para los bailes de los sábados por la noche. No habrá escuelas para el día de las elecciones, ni para las reuniones de las asociaciones de granjeros, ni para el club de jóvenes, ni para el concurso de bordado, ni para el torneo de canasta, ni para el grupo de lectura. Para ninguno de esos encuentros que son el pan y la sal de la comunidad ” (página 298).

Berneta, Ivan, and Charlie Doig in Montana; ranch life before the winter of '44
Berneta, Ivan y Charlie Doig en el rancho familiar, Montana. Foto tomada antes del invierno de 1944.

“En nuestra vida de granjeros los inviernos eran como los anillos de los árboles, circunferencias finas o gruesas que luego crecían hasta fijar un patrón en el recuerdo”. (página 213)

Un libro excelente. Y una escuela rural a la que, gracias a la novela de Ivan Doig, entenderé de otra manera y querré diferente.

Doig, Ivan; Una temporada para silbar, Libros del Asteroide, 2011, Barcelona.

Crónica de la tercera búsqueda de Federico García Lorca

Comencé a escribir sobre la tercera -y última- búsqueda de Federico García Lorca como si de un diario íntimo se tratara. Me pareció la manera más rigurosa de hacerlo y me propuse registrar día a día el avance de los trabajos llevados a cabo en el Peñón del Colorado, Alfacar, por el arqueólogo Javier Navarro en colaboración con el historiador Miguel Caballero. Esta vez se trataba de una iniciativa puesta en marcha por la asociación cultural Regreso con Honor tras haber recaudado unos 12.000 euros de fondos privados procedentes de España, Puerto Rico e Inglaterra. Primer tema espinoso antes de comenzar: España no cuenta con dinero público para realizar este tipo de trabajos y la ley de Memoria Democrática no dispone de ningún tipo de partida económica. Mientras, la Convocatoría Cívica y el juez Baltasar Garzón continúan intentando llevar al parlamento una “Comisión de la Verdad sobre los crímenes del franquismo”, para lo que se ha puesto en marcha una recogida de firmas a través de Change.org que -a día de hoy- necesita 42.220 firmas más para alcanzar las 150.000 necesarias.

Anotaba y contrastaba las noticias a diario. La mañana del 19 de septiembre, primer día de la búsqueda, comenzó tranquila respecto a las informaciones sobre el inicio de los trabajos de este tercer intento. A primera hora aparecieron reseñas en el Ideal de Granada, el ABC edición Andalucía….Y a medida que la tarde avanzaba la gran mayoría de la prensa nacional ya se había hecho eco de la noticia. Al Ideal se le notaba que llevaba ya muchas líneas escritas sobre ello a lo largo de los años y sabía que ese volvería a ser un tema polémico en la ciudad, por lo que, para evitar susceptibilidades, destacaba la cantidad de dinero que costarían dichos trabajados y especificaba quién lo pagaría. Efectivamente, varios de los escasos comentarios de los lectores de ese periódico se centraban en quejarse de que el dinero público se gastase en buscar restos de la guerra civil. En total, media docena de lectores que criticaban dicha búsqueda y otros tantos que la defendían, todos ellos enzarzados en una reyerta con texto de por medio.

El embrollo informativo era grande porque llevábamos ya tres búsquedas y cada una de ellas poseía su propia personalidad. Para aclararme un poco yo misma, me documenté rápidamente sobre las otras dos. La primera la había realizado la Junta de Andalucía, en 2009, siguiendo instrucciones del historiador Ian Gibson, en Fuente Grande, sin resultado alguno. 70.000 euros para buscar los restos del maestro Dióscoro Galindo y de los banderilleros anarquistas Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, fusilados junto a Federico García Lorca. La segunda, en 2014, realizada por la asociación cultural Regreso con Honor siguiendo las pistas que el escritor falangista Eduardo Molina Fajardo -a 500 metros de donde Ian Gibson señalaba como el lugar donde se encontraban las fosas-, había señalado en Los últimos días de García Lorca tras recopilar los testimonios directos de los tres guardias de asalto que la madrugada del 18 de agosto de 1936 estuvieron junto al pelotón de fusilamiento en la zona de Víznar y Alfacar. Los trabajos terminaron cuando se acabó el dinero -unos 23.000 euros que había aportado la Dirección General de Memoria Andaluza- y el georradar dio como resultado que las alteraciones del terreno no eran más que grandes bloques de tierra.

Volvemos al presente y, al parecer, actualmente para encontrar los restos de Lorca hay que echar mano de triquiñuelas legales ya que, como ha señalado el arqueólogo Javier Navarro, el objetivo esta vez se centra en el hallazgo de los pozos que sirvieron a los golpistas para arrojar a más de 400 víctimas de la represión franquista, aunque se calcula que son los restos de unas 2.000 personas los que se encuentran en las fosas de la zona de Alfacar y Víznar. Para lograr el permiso, Sonia Turón -representante desde el sindicato de la CNT de la familia política de Francisco Galadí y Joaquín Arcollas- y Nieves García Catalán -nieta del profesor Dióscoro Galindo-, presentaron una petición de exhumación a la Dirección General de Memoria a mediados del pasado mes de junio de 2016.

A pesar este birlibirloque, en la mayoría de las informaciones aparecidas en la prensa la noticia continúa siendo la búsqueda de Federico García Lorca y no la de los restos de las cuatrocientas personas asesinadas por el franquismo que permanecen enterrados en los tres pozos ubicados en el Peñón del Colorado.

Y es que en España la totalidad de las víctimas de la represión franquista enterradas en fosas comunes sigue teniendo un único apellido: Lorca. Una versión de “Lorca somos todos” que ha llegado desde 1936 hasta la actualidad. Hasta el punto de que encontrar al poeta simboliza una pequeña victoria en la lucha sobre la casi nula aplicación la Ley de la Memoria Histórica, con el permiso y el consenso colectivo que simbólicamente todos hemos rubricado. Encontrar a Lorca es comenzar a recibir el reconocimiento de la historia, porque las instituciones actuales nunca nos ofrecerán ese derecho. Y recuperar sus huesos es otorgar el carácter de incuestionable a lo que las leyes de este país se encargan de dificultar: recuperar los huesos de los nuestros. El conjunto de víctimas ha relegado su protagonismo a los hombres y mujeres próceres, a los forjadores de mitos -como Federico García Lorca para los enterrados en las fosas comunes, Antonio Machado para los muertos camino del exilio o Rafael Alberti para la resistencia en tierras extranjeras- ya que solo así se podrá recuperar el reflejo de nuestra historia personal fragmentada en cada uno de ellos, y porque aún no poseemos legal y plenamente el derecho para poder hacerlo.

El cuarto día de la tercera búsqueda de Lorca, a las 16:21h, comenzó el otoño en España. Los trabajos en el Peñón del Colorado avanzaron más rápido de lo normal y ya habían llegado al nivel de tierra del año 1936. En tres días, se hizo el trabajo de dos semanas gracias a las máquinas aportadas a última hora por la Junta de Andalucía. Se extrajeron 1.500 metros cúbicos y ya destacaba la tierra negruzca sobre la de color ocre, perteneciente a la tierra que se había lanzado sobre ella para construir el fallido campo de fútbol proyectado durante los años ochenta. Era como si el fútbol, además de haberse impuesto a otras formas de ocio, como la misma cultura, se hubiera propuesto mancillar también la memoria.

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Trabajos realizados en el Peñón del Colorado. © EFE

La alarma de Google que creé para la búsqueda de Lorca me trajo también la noticia de la representación de La piedra oscura en Madrid, obra en la que se relata el romance del poeta con Rafael Rodríguez Rapún. Ojalá pueda llegar a verla en noviembre o diciembre, que aún seguirá en cartel.

Pronto, la repetición de contenidos de las noticias que se publicaban casi a diario me pareció tediosa. Pequeñas variantes añadían emoción, como un casquillo de bala encontrado, algún fragmento de cerámica, un trozo de neumático que “podría proceder de una motocicleta militar, lo que aportaría un dato sobre el campo de instrucción situado en esta zona en el verano de 1936 y en cuya cabecera podría situarse la fosa de Lorca”, según informaba el Ideal de Granada el 22 de septiembre… Así que dejé de anotar las escasas novedades que los periódicos desgranaban a diario.

El sexto día, el sábado 24 de septiembre, apareció el segundo tema espinoso que siempre suele aparecer en toda búsqueda de Lorca: la posición del PP en este tema. No tardaron mucho, aunque esperaba que se sumaran antes a la fiesta. Ese día La Vanguardia publicó: “El PP de Granada ha anunciado que pedirá a la Junta explicaciones por la cesión de medios públicos que trabajan en el proyecto de búsqueda de fosas comunes de la Guerra Civil en terrenos de Alfacar (Granada) donde podrían yacer los restos de Federico García Lorca.”

Como siempre, buscaban la grieta por la que seguir regando las raíces de la planta venenosa. La razón que el PP argumentaba se centraba en una situación “anómala y preocupante” en la adjudicación del contrato de conservación de carreteras en la zona Oeste de Granda, ya que en ella se prohibía que esta maquinaria fuera utilizada con fines distintos a la conservación de las carreteras. A la parlamentaria del PP de Granada le preocupaba especialmente la “correcta inversión y el destino de los fondos públicos”, ya que, según ella, los 352 kilómetros de carreteras que comunicaban la zona Oeste con el resto de la provincia quedarían desatendidos y mermaría mucho su trabajo.

Se refería a una retroexcavadora y un camión. Federico García Lorca ya dijo en su momento que «en Granada se agita la peor burguesía de España», y esta parecía empeñada en continuar dándole la razón.

El martes 27 y el miércoles 29 de septiembre se publicaron varias noticias sobre el tercer tema espinoso en la búsqueda del poeta: la reacción de la familia Lorca. En La Vanguardia apareció un artículo donde esta expresaba sentir «cierto escepticismo e indignación» por la búsqueda del poeta. Al parecer, en una entrevista a Andrés Soria, catedrático de Literatura y marido de Laura García Lorca -sobrina del poeta-, en la Cadena Ser, en Granada, este calificó de “paradójico» que encabezara la búsqueda un historiador -Miguel Caballero- que consideraba que el asesinato de Lorca había sido un ajuste de cuentas entre familias de la Vega granadina, en lugar de un crimen político. Además, Andrés Soria mantenía de forma tajante que la familia de Lorca desconocía absolutamente el paradero del poeta.

En otra de las noticias aparecidas el miércoles, la familia Lorca cargaba las tintas para mostrar su desacuerdo con la tercera búsqueda. Y, de nuevo en La Vanguardia, Javier Navarro expresaba que se sentía «molesto» por las declaraciones que el día anterior había realizado la sobrina de Federico y presidenta de la Fundación dedicada al poeta, Laura García Lorca, quien había criticado las teorías del investigador Miguel Caballero.

Además, diecinueve comentarios de lectores del Ideal digital persistían en los rifirrafes entre quienes criticaban que se destinara dinero público para buscar a los muertos y quienes lo defendían. Entre los que oponían abundaba el insulto y el mal gusto. Un tal yester escribió: “A ver si se van un poquito mas abajo que tengo una finquilla, la quiero poner de olivos y los agujeros me saldrían gratis.”

Constato que es en la provincia de Granada donde más comentarios se escriben como colofón a las noticias sobre ese tema. En el resto de provincias resultan escasos.

Pasan los días y a principios de octubre, se encuentran restos balísticos en la zona donde se realizan los trabajos, la que se ubica en el margen izquierdo del sendero que llevaba al campo de instrucción de la Falange, por el que, según los testimonios publicados por los investigadores Eduardo Molina Fajardo y Miguel Caballero, dieron sus últimos pasos Lorca y sus compañeros en la muerte. El equipo de arqueólogos e historiadores se mostraba muy esperanzado en encontrar los restos que buscaban: «Es un hallazgo que nos ha entusiasmado a todos”. Destellos de alegría que se manifestaban en breves entrevistas que mantenían la esperanza y la dosis de noticias sobre la noticia. Pero el mes de octubre avanzaba lentamente y no se encontraban más evidencias de fosas que las reveladas hasta entonces. Nada de restos óseos ni de grandes descubrimientos históricos. Tan solo un pozo, que sí fue hallado aunque muy deteriorado y sin ningún objeto significativo en su interior.

El jueves 20 de octubre la tercera búsqueda de Lorca, Galindo, Arcollas y Galadí llegó a su fin. El equipo de investigación se mostraba abatido por este nuevo fracaso y la esperanza volvía a depositarse en teorías alternativas -nuevos caminos de investigación, los llamaron en los diarios-, que volvían a salir a la luz, como las defendidas por Miguel Caballero, asesor histórico de esta tercera búsqueda: “Importantes evidencias sobre la teoría de que Lorca fuera desenterrado de su propia fosa”, declaraba en el diario Público el 22 de octubre. El periodista Fernando Guijarro había escrito una obra al respecto titulada A Lorca lo desenterraron, en la que explicaba que Lorca había sido desenterrado al poco de haber sido fusilado, y que la familia Lorca había pagado 300.000 pesetas de entonces -que nunca recuperó- por proteger a Federico y que, a cambio, ya que no habían servido para salvarlo, sí permitieron una exhumación de su cadáver, que la familia enterró para siempre en la Huerta de San Vicente, Granada, pero que esta, aclaraba el periodista, “nunca va a querer sacar a la luz la noticia para no perder el mito del poeta”.

El mismo día, leo que La piedra oscura, de Alberto Conejero,se ha estrenado en Bogotá. Lorca no para de viajar a pesar de que no sepamos dónde se encuentra.

El colofón de las noticias llegó también el 22 de octubre con un artículo en el que se explicaba que el ayuntamiento de Alfacar había advertido al equipo de investigadores de la obligación de dejar la zona del Peñón del Colorado tal y como este la había encontrado -como cuando un niño hace una travesura y deber restaurar el orden que con su osadía se atrevió a transgredir- frente a la intención del equipo de investigadores, que pretendía dejar abierta la zona excavada por si hubiera que retomar los trabajos -ya que aún quedaban por excavar algunos metros cuando se les terminó la financiación-, o simplemente recuperar la morfología original del pasaje en lugar de reponer la tierra retirada.

Federico García Lorca moría de nuevo, esta vez por cuarta vez. La tercera búsqueda no resultó ser la definitiva, como esperaba el equipo multidisciplinar -palabra repetida hasta la saciedad en las noticias dedicadas a su tercera búsqueda, junto a retroexcavadora y georradar- que la había llevado a cabo.

Por mi parte, fui a Fuente Vaqueros el verano pasado, en 2015, para visitar la casa-museo de Lorca. Resultó interesante contemplar tan de cerca, y tocar, algunos de los objetos personales del poeta, como un piano que aparece en una de sus célebres fotos de juventud, la cuna -real-, algunos cuadros pintados por el poeta… Casi todo conservado, según nos explicó el guía, gracias a la señora que había cuidado a Federico desde pequeño, ya que esta había guardado en su propia casa todos aquellos reflejos del mito.

Tras la visita, paramos en un bar ubicado cerca de la rotonda de la entrada a Fuente Vaqueros. Hacía muchísimo calor y la sola visión de un cartel publicitario de cervezas nos hacía salivar -si saliva nos quedaba aún-. Nos atendió un camarero muy simpático y, animados por su afabilidad, le preguntamos si él había nacido en allí. Nos contestó que sí, que era de allí de toda la vida. Y, ya lanzados, le perpetramos la pregunta a la que, seguramente, ya se había visto expuesto en otras ocasiones, lanzada por despiadados turistas como nosotros. El camarero respondió pacientemente, tomándose su tiempo e interés, en responder a nuestra, nada original, inquisitiva frase:“Pero en el pueblo, ¿qué se dice sobre dónde está Lorca?”.

El camarero no dudó ni un momento: “Hombre, si tú tuvieras dinero y te hubieran matado al hijo, pues habrías pagado lo que fuera por rescatar su cuerpo, ¿no? Yo ya no sé si se lo llevaron a la Huerta de San Vicente o a otro sitio. Pero que en la fosa esa de Alfacar seguro que ya no está”.

Las noticias cesaron a finales de octubre. Y, seguramente, no se vuelva a hablar de ello hasta que Ian Gibson saque un nuevo libro sobre Federico García Lorca o alguno de los investigadores que mantienen la tesis del desentierro del cuerpo del poeta vuelva a insistir en el tema. Mientras, la Ley de la Memoria Histórica continúa casi tan paralizada como el país mismo y los mitos muertos parecen ser los únicos que nos representan legítimamente.

El poeta Frank O’Hara se viste para salir

El poeta Frank O’Hara se viste para salir. Saca una de sus impecables camisas blancas del armario, se la pone e introduce los faldones de la misma dentro del pantalón. Se ajusta el cinturón y pasa la horquilla de este por el tercer agujero. Nota que ha adelgazado un poco.

Ha quedado en el 5 Spot con Grace Hartigan, que le dibujó una portada maravillosa hace un par de años para una edición limitada de Meditaciones en una situación de emergencia. También se pasará por allí Larry Rivers,  amante intermitente de O’Hara desde comienzos de los cincuenta. En 1954 Larry lo pintó desnudo y con botas  en su casa de Southampton y lo tituló así. O’Hara desnudo con botas. El cuadro ahondó la leyenda de O’Hara como amante y como  personaje  interesante –son los ojos de los demás los que nos eternizan– y, además, lo convirtió en icono gay.5.O'Hara Nude with Boots, 1954. Copyright Larry Rivers Foundation

Frank O’Hara es de esos poetas sociables y extrovertidos. Todo lo contrario que James Schuyler, un misterio para sus amigos. Frank sale casi cada noche y convierte a estas en una extensión en blanco y negro de sus días, todos repletos de gente, planes, citas… Después, escribe poemas sobre ellos. Crónicas de la vida en el Nueva York de su tiempo. O’Hara sale, suda, bebe, ama, fornica… Cada verbo es una experiencia que no está dispuesto a perderse.

En el 5 Spot –un par de horas después al momento en el que se ajustara el cinturón–, O’Hara y sus amigos se sentarán, como siempre, en la mesa del fondo; la del rincón derecho, según se observa el local desde el escenario. Se encontrarán, más o menos, con las mismas caras. Como en todos los bares, hay tres tipos de clientes: los habituales, los que van de vez en cuando y los que pasan por allí una vez para ver qué se cuece y no vuelven más. Quizás se encuentren esa noche fortuitamente a John Ashberry, Willem De Kooning o a Allen Ginsberg… Quién sabe por sabe por dónde andará cada cual…

O’Hara se levantará para ir al servicio y se detendrá un momento en la barra. Cogerá una servilleta y le pedirá prestado un bolígrafo a uno de los camareros para anotar algo que se la habrá ocurrirido de repente. Lleva todo el día anotando versos. Por la mañana escribió un poema, a propósito de la muerte de Billie Holiday, en un café sin nombre de la ciudad: «y pido como por casualidad un cartón de Gauloises y un cartón / de Picayunes, y un New York Post con la cara de ella / y para entonces estoy sudando cantidad y me acuerdo / apoyado en la puerta de los lavabos en el 5 Spot / mientras ella susurraba una canción en el teclado / para Mal Waldron y todo el mundo y yo conteníamos el aliento».

Frank O’Hara está apurando el 18 de julio de 1959 y aún no sabe que su propia muerte no tardará demasiados años en sorprenderlo disfrazada de absurdidad. Un buggy lo atropellará el 24 de julio de 1966 en la playa de Fire Island –una especie de Sitges de la Costa Este–, en New Jersey, y morirá al día siguiente.

Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O'Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).
Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O’Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).

Tras haber orinado en los mismos lavabos que aparecen en sus versos, de vuelta a la mesa, con el poema anotado en la servilleta guardado en el bolsillo derecho de su blanca camisa, se preguntará por un par de jóvenes a los que hace tiempo que no ve por allí. El chico era guapo, con un perfil que enamoraba. Él le gustaba lo bastante como para haberse presentado a sí mismo cualquiera de esas noches en las que habían coincidido. Pero nunca hablaron. Él y su amiga parecían demasiado concentrado en ellos mismos y O’Hara no quería molestar. La chica tenía pinta de artista, aunque no podría precisar si pintaba, escribía, actuaba… Ambos tenían aspectos de novatos en Nueva York. De encontrarse un poco perdidos. Solía verlos siempre juntos. Solos. Una de esas noches los había visto un poco tensos. Sobre todo a él. «Chris», le pareció escuchar que lo llamaba su amiga.

«Y es que la gente va y viene», se dice O’Hara a sí mismo en voz alta en el mismo instante en el que su trasero aterriza cansadamente en la silla de madera.

-Oye, Frank. ¿Por qué no cambiamos de lugar? Me estoy asando –dijo Larry.

-¿Damos un paseo? –contesta Frank

-¿Puedo ir con vosotros? –pregunta Grace.

-Claro. Busquemos algo más adecuado para este calor –contesta O’Hara.

El sudor de las axilas empapa la blanca camisa y crea un sutil cerco más oscuro. Está contento. Los poemas de su siguiente libro, Second Avenue van saliendo fácilmente y le gusta el dibujo que Larry ha hecho para la portada. Tiene en mente publicar ese mismo año Odes, compuesto por poemas de 1957-58. Seguramente el libro empiece con aquel poema  de 1957 titulado  Ode on Causality, dedicado a Jackson Pollock: «Hay un sentido de la coherencia neurótica/usted piensa tal vez la poesía es demasiado importante y le gusta así…».

Después, escribirá algunos libros más y le llegará la muerte.

Frank O'Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.
Frank O’Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.

Los años seguirán su goteo. Y la poesía de Frank O’Hara recorrerá toda la segunda temporada de Mad Men, en 2008. Sus poemas serán el papel de celofán perfecto para envolver a algunos personajes de la serie que se buscan a sí mismos tras haber escondido sus propias miserias detrás de las cortinas.

Frank o’Hara es el poeta perfecto para el desequilibrio, el devaneo y de la deriva urbana. Frank o’Hara vestía las camisas más blancas que he visto llevar  a un poeta.

Frank O'Hara y Larry Rivers.
Larry Rivers y Frank O’Hara.

Frank O'Hara y Larry Rivers en la casa de este en Southampton
Frank O’Hara, Larry Rivers y algunos amigos en la casa de Rivers en Southampton