Dos crónicas sentimentales sobre Barcelona

Mario Arturo me habló de la Guía secreta de Barcelona (1974), reeditada en 1982 como Nueva Guía secreta de Barcelona, de Josep Maria Carandell. El libro estaba descatalogado hacía años y no me había preocupado en buscarlo. Pero el muy loco lo compró a un coleccionista en Internet y me envió su secreto por sorpresa porque decía que me serviría para mis novelas sobre las Barcelonas perdidas. Muchas gracias, grande.

La guía de Josep María Carandell se ha convertido –junto a Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996)– en uno de mis lugares preferidos donde rastrear anécdotas y antiguos nombres de calles de Barcelona. También me han constatado que cada época ofrece a sus barrios la ración correspondiente de personajes pintorescos, que representan la misma locura, la misma excentricidad, pero vestidas de manera diferente. Y es que estos personajes cambian de nombre y de aspecto con la frecuencia con que la Historia cambia de años.

Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell
Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell

 Carandell dijo en una entrevista: «Nuestra generación –la de Marsé, Vázquez Montalbán, etcétera– se encontró con un país tan oficial que no nos quedó otro remedio que buscar el país no oficial». Y Carandell se dedicó a buscar al margen un país imaginario que le infundiera la vida que la dictadura le había desmochado. Su guía de Barcelona habla de muchos rincones curiosos de la ciudad, pero a su autor se le nota rápidamente la predilección por la Barcelona de los bajos fondos.

También dijo, en otra ocasión, que esta guía había sido su «aportación generacional a obras como El circo, de Juan Goytisolo, o Las afueras, de Luis Goytisolo. No se trataba de descubrir una realidad social, sino de buscar lo extraño y personajes raros. Éramos niños de Acción Católica, pijos de casa bien que queríamos compensarlo».  Me doy cuenta de que esta es una guía letraherida, y que quizás la ciudad y las gentes que Carandell retrata son sobre todo una crónica de personajes potencialmente literarios, en lugar de un registro de personas reales. A su autor se le nota rápidamente la admiración que tenía hacia esos lugares y la profunda psicología con que observaba a esas «extrañas» gentes. Sobre todo,  Carandell parece comprenderlos en su desvarío y se siente su querencia por esa parte de la ciudad que solo se la conoce si se la observa con cariño y atención.

Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar
Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar

En Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996) el enfoque es diferente. Villar evita la deriva urbana y va directo a lo que le interesa: los llamados «bajos fondos». En este libro hay pasión y sentimiento por la Historia, por la cultura popular, por la vida que palpita frente a los ojos de quien la observa. Además, esta crónica –que se desborda y, en la monumentalidad de la documentación rescatada de archivos y de fuentes gráficas, llega hasta otros barrios, como la cercana calle Escudellers y alrededores– es un canto a otras maneras de vivir. Paco Villar prescinde de juicios morales. Al contrario que a Carandell, las personas que formaron parte de la Historia de esa zona, no le parecen ni raros ni extraños. Villar los utiliza como testigos cargados de una valiosa información. Y se limita a rescatar exhaustivamente ese trozo de la Historia de Barcelona.

Siempre me ha parecido muy injusto cómo Barcelona ha tratado –y continúa tratando– a ciertos barrios solo porque en ellos vive gente con «menos posibles» o, si queremos, gente pobre. A los barrios más alejados del centro es fácil obviarlos y hacer como si estos no existieran. Pero el Raval y ciertas zonas del Barri Gòtic, en pleno centro, son dos inconvenientes para esta ciudad. El ayuntamiento se olvida de que en esos barrios aún vive gente que son parte de la Historia y la cultura de esta ciudad; ancianas que podrían pasarse horas explicando anécdotas del barrio, de la guerra civil… y que nunca recogerán los libros de Historia; vecinos que explicarían mil detalles interesantes de la zona y que cuando ellos mueran desaparecerán de la memoria colectiva para siempre; de sus tiendas históricas; del hotel Falcón, en la Rambla, 32, ocupado durante la guerra civil por el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) para alojar a los milicianos que volvían del frente y que ahora es la biblioteca pública del barrio; de las pequeñas industrias que a finales del siglo XIX y principios del XX fueron importantes motores económicos para esta ciudad, de las gentes que trabajaron en ellas y que, gracias a su esfuerzo, esta ciudad ha llegado a ser lo que hoy en día es.

Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.
Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.

Las autoridades han convertido estos lugares en un parking para turistas, y se han limitado a extender autorizaciones firmadas para abrir horripilantes bazares de souvenirs con nombres pseudocatalanes pero con propietarios llegados dese la India o Pakistán, bares-abrevadero para continuar con la juerga y hoteles donde dormir la mona.

Dejemos eso a un lado y continuemos con las guías interesantes sobre la Barcelona secreta y al margen, aunque alguna gente se empeñe en etiquetar como «secretos de las ciudades» aquellos lugares no demasiado concurridos o aquellas anécdotas no demasiado conocidas de las mismas. Es la injusticia del famoseo. Si la pequeña ermita de San Cristóbal, en la calle del Regomir, no es tan famosa como el último –y espantoso– hotel con forma de navío inaugurado en la ciudad, no es porque ella se esconda a los ojos de los ciudadanos. Es que a la mayoría de los ciudadanos les resbala la verdadera historia de su propia ciudad. Motivados, en parte, por el tratamiento que el ayuntamiento potenciado hacia ellos, muchos barceloneses han desarrollado una alergia a las capas de óxido que revisten los lugares antiguos de la Ciudad Condal. El brillo de lo nuevo nos ciega y no nos deja contemplar lo que ya existía. «Lo viejo es cutre», dirán algunos. Y encontrarán más belleza en pasear entre las atestadas terrazas del Maremagnum que entre las estrechas callejas del Raval, Poble Sec o del Barrio Gótico.

Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol.
Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol (junto a Passatge Escudellers)

Guías de lugares curiosos y de anécdotas de Barcelona hay muchas –por ejemplo, la igualmente célebre Barcelona pam a pam–, de Alexander Cirici, Banys; así como crónicas sociales, muchas de ellas servidas por el historiador Manuel Huertas Clevería. Y no nos olvidemos de los centenares de blogs dedicados a rescatar la historia más oculta y olvidada de Barcelona, donde periódicamente sus autores nos regalan y comparten información, muchas veces testimonios directos de vecinos –que incluso aportan las fotos de sus álbumes familiares–, de la historia común de esta ciudad, como los interesantes Bereshit o Cosas de Absenta, entre muchos otros.

Niños jugando en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.
Niños en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.

La «baronesa del jazz» y Thelonious Monk escapan en un Bentley plateado

Terminé de leer El perseguidor, el cuento de Cortázar, y fue como haber visto las dos caras de la luna tras una cortina de lluvia. Porque no paraba de llover. Esa primavera –que en realidad es esta y todas las que son como esta– no paraba de llover. Yo investigaba sobre la llamada «Baronesa del jazz» o«Baronesa del Bebop», aunque también habría podido recibir los motes de la «Baronesa del Hard bop», la «Baronesa del Free jazz»… Y así hasta el momento de su muerte, el 30 de noviembre de 1988. Porque Pannonica de Koenigswarter, una Rosthchild desheredada con nombre de mariposa, pasó 35 años de su vida inmersa en múltiples correrías nocturnas por los clubs de jazz de Nueva York. Tras llegar a la última palabra  del cuento de Cortázar, me di cuenta de que, hasta entonces, toda la información que había leído sobre ella estaba dedicada a resarcirla de una deshonrosa y oscura mala fama, adquirida solo porque había ejercido su derecho a vivir como le había dado la gana. El libro y el documental de su sobrina-nieta envolvían a Nica, como era conocida por sus allegados, de misterio, solemnidad y, casi, santidad. Su pariente la describía como la baronesa que ayudaba, tanto económica como anímicamente, a los cats –como se llamaba en argot a los tipos negros del jazz–, muchos de ellos, con infinitas penalidades: problemas con las drogas, depresiones, apuros económicos…

Pannonica de Koenigswarter
Pannonica de Koenigswarter

Nica pertenecía a  la rama británica de los Rothchild, y su nombre fue eliminado de todos los testamentos de la familia por haber abandonado a su marido, diplomático francés en México, y a sus cinco hijos a principios de los años cincuenta del s.XX. Lo dejó todo tras haber escuchado Round Midnight, de Thelonious Monk, en casa de una amiga, durante una escala en Nueva York. Poco después volvió a la Gran Manzana para quedarse y buscar en ella ese tipo de jazz.

Cuanto más sé de la baronesa, más me parece la suya una de esas existencias vividas a impulsos, como en la anarquía de las jam sessions. Improvisando. Dándose topetazos contra las paredes, girando en las esquinas equivocadas, resbalándose en el asfalto mojado y aterrizando de culo o, peor, apoyándose en el codo derecho al caer –ay, qué dolor– por caminar demasiado veloz y sin cuidado. Los días de lluvia nos deberían crecer ventosas en las plantas de los pies y en el corazón, porque a veces este se tira él solito al suelo.

A partir de su traslado a Nueva York, la de Nica fue una de esas vidas sin ventosas, sin agarraderas. Salía de noche en pandilla con los cats , los llevaba en su Bentley plateado a cualquier lugar donde a estos les saliera un bolo, retaba a carreras nocturnas a Miles Davis al volante de su coche en la Quinta Avenida, congregaba a numerosos músicos en las habitaciones que tenía reservadas en el Stanhope Hotel, fue acusada de posesión de marihuana –aunque en la versión de su sobrina-nieta esta pertenecía a Thelonious Monk y ella se autoinculpó para evitar que a él le retiraran el cabaret card sin el que no podría actuar en los nightclubs, y, sobre todo, se pasó la vida adorando a Thelonious Monk. Su sobrina-nieta asegura que el sexo no fue una cuestión importante en la relación que ambos sostuvieron desde el momento que se conocieron en París, en 1954. Que su adoración era platónica él estaba casado y tenía hijos.

Es posible. Pero pienso que hubiera sido mejor haber obviado ese comentario. Posiblemente Nica no necesitaba que nadie lavara su reputación. Adoraba a Thelonious Monk en público y en privado, en los clubs de jazz, en el interior de su Bentley y en cualquier lugar donde él se encontrara. Y a la baronesa –que había dejado todo atrás– poco le importaba ya lo que pensaran de ella y con quién la relacionaran. En todas las fotografías donde aparecen juntos, los ojos de Nica solo transmiten amor hacia Monk y poco nos importa si este fue correspondido o no.

Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan
Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan

Pero lo que me realmente me produce curiosidad es la inquina de Cortázar hacia esta mujer. Quizás la considerara responsable de la muerte de Charlie Parker, de suministrarle la droga que lo acabara matando. Sin embargo, era más que conocido que Parker se había enganchado a la heroína mucho antes de haberla conocido y que él solito se bastaba para abastecerse de las dosis necesarias que su cuerpo le exigiera. Me pregunto de dónde viene este furor contra ella y no contra otras amantes de Bird. Su animadversión me suena a celos de enamorado. De que siempre hay que culpar a una mala mujer de la desgracia de un gran hombre. También Monk murió en la Cathouse –una casa que Nica compró en New Jersey para poder ser definitivamente libre y donde este vivió los últimos nueve años de su vida–, llamada así porque en ella acogía a numerosos jazzmen y a multitud de gatos. Unas versiones dicen que 306 gatos, otras que 122… El número exacto da lo mismo. En su entierro, su mujer y Nica ejercieron de viudas del músico, con toda la naturalidad del mundo, sentadas codo con codo y recibiendo a dúo el pésame de los asistentes al funeral.

Nica y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.
Nica de Koenigswarter y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.New York, 1964. Fotografía: Ben Martin/Time/Life Pictures/Getty Images

Antes de todo eso, los cats habían acogido a Nica entre ellos de la forma más natural. Se dejaban querer y cuidar por esa mujer, que acudía con sus abrigos de pieles, sus perlas y sus largas boquillas, a la ronda de clubs de jazz del Village, el Bowery o Harlem. Cortázar, en cambio, la dibujó como la ávida amante de Charlie Parker y otros músicos negros. Fumadora de marihuana, promiscua, mantenida por su exmarido, sin más problemas que las quejas de los encargados de los hoteles donde se hospedaba al principio, hasta que se comprara la Cathouse.

Charlie Parker murió en las habitaciones que Nica tenía alquiladas en el Stanhope Hotel, mientras veía The Dorsey Brothers’ Stage Show, un programa humorístico de televisión. Las causas fueron muchas y, en realidad, se trató solo de una. Parker estaba ya hecho polvo tras años y años de adicción a la heroína. Murió con 35 años aparentando 60, según el médico que lo atendió en sus últimos momentos.

Nica era muy conocida en el entorno del jazz. Pero una gran desconocida para el resto de los mortales. Durante este tiempo hemos escuchado canciones de Sonny Clark, Kenny Drew, etcétera, con el nombre de Nica sin saber que fueron inspiradas por ella.

Ross Russell describió a Nica de esta manera en la biografía que escribiera sobre Charlie Parker:

«La baronesa Pannonica, a la que sus amigos llamaban Nica, era alta, entrada en carnes, y tenía la cara de un chaval crecido e incontrolable. Era irónica, chistosa, sincera y distraída, raramente capaz de acordarse de sus citas. Cultivada e intelectual, era también creativa, y pintaba telas extrañas utilizando diferentes materias: acrílicos, leche, whisky y perfume. Poseía una gran simplicidad y modales muy directos que hacían que la gente del jazz la estimara. Como mucha gente influida por la cultura francesa, la baronesa estaba fascinada por la escultura africana, la música afroamericana y la negritud. Vestía descuidadamente ropa comprada en las tiendas más caras. Su Rolls-Royce, al que llamaba la ‘paloma plateada’, y que conducía ella misma, sus pieles, joyas y su cajita de bolsillo de oro eran familiares en los clubs de jazz que había a lo largo de Broadway, en Harlem y en Greenwich Village».

Muchas piezas de jazz llevan su nombre por título como homenaje: Pannonica de Thelonious Monk; Nica’s Tempo, de Gigi Gryce; Nica, de Sonny Clark; Nica’s Dream, de Horace Silver;Tonica, de Kenny Dorham;Blues for Nica, de Kenny Drew; Nica Steps Out, de Freddie Redd; Inca, de Barry Harris; Thelonica, de Tommy Flanagan…

¿Por qué me pondrán tanto este tipo de vidas?

 

Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.
Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.

Five Spot Café

Five Spot Café. 5 Cooper Square, New York City.

Pasamos una hora, más o menos, recorriendo la calle Bowery arriba y abajo, buscando el Five Spot Café sin saber que ya no existía. Era como haber salido en busca de un fantasma. Los coches circulaban pausadamente a nuestro lado, sin hacer ruido, con ese sistema de motor americano tan silencioso que les hace parecer vehículos teledirigidos. No encontrábamos el lugar y, al final, como a esas horas había poca gente en la calle casi nos precipitamos sobre una chica que pasaba por allí y que nos miró desconfiadamente –seguramente pensó que era un truco para despistarla y robarle su bolsa del Whole Foods Market–. Le preguntamos por el Five Spot Café. Desilusión. La peatona atropellada por nosotras no lo conocía. Me decepcionó comprobar que no todo el que viviera entre el Bowery y Greenwech Village tenía que estar, por fuerza, interesado en el jazz y en sus anécdotas.

David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn
David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn

Ya nunca podré decir aquello de «No es lo que era, pero al menos pude visitarlo; aunque haya sido años después», como me había ocurrido hacía años ya con el Hotel Algonquin.

El Five Spot Café ya no existe. De hecho, el mismo número 5 de Cooper Square, donde estuvo ubicado durante sus primeros años, es bastante difícil de encontrar. Pasamos varias veces delante del número 4. También del número 7… Pero sin rastro del número 5. Consultando ahora en el Google Earth, supongo que el número 5 lo ocupa la taberna que hay en la esquina, dato que sigue sin quedarme muy claro.

Subimos, bajamos, volvimos a subir, volvimos a bajar por la calle Bowery… Nada. Ni rastro del lugar en el que Thelonious Monk había vuelto a tocar en los clubs de Manhattan –al poco de haber recuperado su «Cabaret Card»– junto a John Coltrane. Monk había perdido su licencia para trabajar en los clubs de Nueva York por haberse negado a testificar contra su amigo Bud Powell en un asunto de posesión de drogas.

Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957.
Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

La colaboración entre Monk y Coltrane empezó el 4 de julio de 1957 y terminó en las navidades de ese año. Seis memorables meses durante los que estos músicos llenaron de magia el pequeño escenario del Five Spot Café, junto a Wilbur Ware al bajo y Shadow Wilson en la batería. Después, en 1958, John Coltrane se incorporó al sexteto de Miles Davis y Thelonious Monk  inició otro periodo de varios meses en el Five Spot Café junto a Johnny Griffin –reemplazado después por Charlie Rouse– Ahmed Abdul-Malik y Roy Haynes.

El Five Spot Café había comenzado su andadura en 1937 con el nombre de Café Bowery. La zona del Bowery estaba poblada de establecimientos donde tatuarse una sirena –un ancla o un puñal…–, comer por poco dinero, beber en las peores compañías, cortarse el pelo y afeitarse en establecimientos repletos de carteles con las tarifas más bajas del mercado… Es decir, el Bowery –habitado sobre todo por la clase trabajadora– aglutinaba el ocio más barato, y donde retar a la Ley era casi una diversión. Y si alguien quisiera obtener información de primera mano sobre el barrio de mediados de los años 50 del siglo XX, solo tendría que pasar un agradable rato en el sofá de casa disfrutando del documental On the Bowery, rodado durante 1955 por Lionel Rogosin.

On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.
On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.

Las poco iluminadas calles del Bowery mantuvieron su esencia durante la época en la que Salvatore Termini, su propietario, sacó a flote el local y también, después, cuando sus hijos se hicieron cargo de él tras finalizar la segunda guerra mundial. Joe e Iggy Termini lo rebautizaron en 1951 como No. 5 Bar con el deseo de iniciar una nueva época.

La deseada regeneración ¿moral? comenzó a finales de 1955, cuando la Línea de la Tercera Avenida –el tranvía que atravesaba Manhattan por el exterior– fue demolida y provocó la revitalización del barrio. Y el barrio comenzó a acoger a muchos artistas, que se instalaron en la zona debido a que los precios de los alquileres seguían siendo más baratos en el Bowery que en el vecino Greenwich Village.

Una de las cerillas que prendió la llama del éxito del Five Spot Café fue precisamente uno de esos artistas recién llegados, el pianista Don Shoemaker, quien había alquilado un local en el número 1 de Union Square para organizar  jazz sessions. Al poco, Shoemaker, harto de ir y venir a buscar cervezas al No.5 Bar, les propuso a los hermanos Termini hacer allí sus jam sessions si ellos, a cambio, compraban un piano para que los músicos lo pudieran utilizar.

Joe e Iggy, aún neófitos del jazz, pero bien aconsejados por los músicos que, gracias a Shoemaker empezaban a dejarse caer por allí, compraron un piano de segunda mano y la leyenda del Five Spot Café se inició el 30 de agosto de 1956.

Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el  Five Spot Café en 1957
Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

Rápidamente, el lugar se convirtió en epicentro de modernidad y efervescencia cultural. Entre sus parroquianos, era fácil encontrarse con músicos y aficionados al jazz; con pintores como Willem de Kooning, Franz Kline, Joan Mitchell, Howard Kanovitz;  con escritores como Jack Kerouac, Frank O’Hara, Ted Joans o Gregory Corso, y otros artistas del momento. El Five Spot Café ayudó a consolidar el jazz durante la década de los 50 del siglo XX y a mezclar a artistas de múltiples disciplinas. Así, era fácil escuchar a Allen Ginsberg o Kenneth Koch leyendo poesía y ver a Mark Rothko y Norman Mailer escuchando a Lester Young tocar su saxofón.

Don Cherry con Ornette Coleman en el Five Spot Café, Noviembre de 1959. Fotógrafo desconocido.

Las célebres sesiones del Five Spot Café fueron inauguradas por el pianista y poeta Cecil Taylor. El resto es historia: Thelonious Monk, John Coltrane, Ornette Coleman, Eric Dolphy, Don Cherry, Charly Haden, Kenny Burrell, Pepper Adams, Randy Weston, Sonny Rollins, Charles Mingus, David Amram, etcetera, etcetera. Todo aquel que era alguien en el mundillo jazz, pasó por su pequeño escenario, que constaba de una minúscula plataforma con fotografías, posters y recortes de prensa pegados a la pared.

Debido a nuevas reformas urbanísticas en la zona, el Five Spot Café se trasladó en 1962 algunos bloques de pisos más al norte, entre la calle Marks y la Tercera Avenida. Pero ya nada fue igual, y el local cerró a finales de los años 70. Empezaba otra década y se imponía otra manera de relacionarse. Abrían nuevos bares y nuevos clubes, cambiaban las modas y cambiaban algunos hábitos, los beatniks dejaron paso a los hippies… El Five Spot Café duró lo que duró, como muchos locales que nacen y mueren devorados por los caprichos que dictan las modas. Pero supo proyectar su sombra tan poderosamente sobre el resto de establecimientos que lo sucedieron en el tiempo que provocó que  el espacio que ocupaba el número 5 de Cooper Square fuera borrado del lugar,  y se haya convertido en un fantasma al que algunas buscan por las noches.

Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958
Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958

Como compensación por las infructuosas vueltas nocturnas por Cooper Square y la calle Bowery, encontramos un restaurante muy tentador. La pequeña ventana, iluminada por una luz roja, le daba un aire clandestino.  A través de ella se podía observar a una clientela a la que ahora habría que llamar hipster, que comía, charlaba y bebía, como siempre se había hecho en los locales del Bowery. Aquella noche no disfrutamos del jazz, pero sí de un plato de sonoridad mítica que yo nunca había tenido la ocasión de probar hasta entonces, el jambalaya. Se trata de un plato muy típico de la gastronomía cajún, del que me había hablado Celeste, una chica de Louisiana con la que había coincidido una vez en un trabajo.

Thelonious Monk_John Coltrane_Live1958Al final, la noche había sido bastante coherente a pesar de haber estado persiguiendo a un fantasma. Louisiana, en Nueva Orleans –uno de los lugares desde donde músicos como Louis Armstrong o Sidney Bechet propagaron el jazz hacia el resto del mundo–, se había fijado en mi mente como otro lugar al que visitar. No estuvo mal haber llegado al origen a través de la gastronomía, sin habérselo propuesto.

Grabaciones en vivo en el Five Spot Café:

  • Pepper Adams: 10 to 4 at the Five Spot (Riverside, 1958)
  • Kenny Burrell: On View at he Five Spot Cafe (Blue Note, 1959)
  • Eric Dolphy: At the Five Spot (Prestige, 1961)
  • Thelonious Monk: Thelonious in Action (Riverside, 1958)
  • Thelonious Monk: Misterioso (Riverside, 1958)
  • Randy Weston: Live at the Five Spot (United Artist, 1959)

 Randy Weston_Live_at_the_Five_Spot

 Serie: Los bares perdidos.

Encarna Castillo