«Fantasías animadas de ayer y hoy»: el jazz de la infancia

Una bota de cordones ondulantes se contraía y se alargaba, saltando por toda la casa, a la vez que ejecutaba una saltarina coreografía y, a su lado, una tetera emitía sus vapores a toda porcelana –a falta de pulmones–. De pequeños, teníamos los clubs de jazz en el comedor y/o en el salón de casa. Eso dependía de cada casa. Y los clubs se llamaban Primera Cadena y UHF. Gracias a ellos, casi todos los de mi generación sabemos ahora relacionar aquello de «Fantasías animadas de ayer y hoy» con las mentiras con las que, después, nos sedujo la vida.

Sin yo saberlo, me acostumbré al jazz y a los musicales de Broadway gracias a los Silly Simphony, los Merrie Melodies y los Looney Tunes, los créditos de Don Gato y su pandilla o Los Picapiedra, entre muchos otros. Ni siquiera me daba cuenta de que veía esos dibujos en blanco y negro –la tele en color llegó bastante después a mi casa–; y la música tampoco era en estéreo y, mucho menos, en High Fidelity. Comparados con los que se hacen ahora, eran dibujos animados imperfectos, mutilados, y que, sin embargo, han sabido aguantar mucho mejor en el recuerdo que otros con más y mejores medios técnicos. A través de esos dibujos animados, algunos aprendimos que el jazz era la música de los negros y también la de los blancos marchosos. Clean Pastures (1937), que transcurre en Harlem, es un ejemplo maravilloso y allí el cielo se llamaba «Pair-O-Dice» (par de dados) y los ángeles cantaban jazz.

Ver vídeo de Clean Pastures (1937):

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Clean Pastures (1937)

En Music Land (1935), la Isla del Jazz y la Tierra de la Sinfonía se enzarzaban en una desquiciada batalla musical lanzándose corcheas y semicorcheas y un saxofón se enamoraba de un violín vestido de mujer; al final todo se arreglaba y los instrumentos bailaban sobre el Puente de la Armonía.

Ver vídeo Music Land (1935):

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Music Land (1935)

Pero, para mí, el más especial de todos estos dibujos animados es Three Little Bops (1957), donde a los tres cerditos se les iba el santo al cielo en los clubs tocando bebop por las noches hasta que aparecía el lobo feroz con su trompeta y les estropeaba la diversión. A punto estuvieron de echarse «a la carretera» y todo esos cerditos para perder de vista al lobo.

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The Three Little Bops (1957)

Ver vídeo The Three Little Bops (1957).

No puedo dejar de asociar el jazz de mi infancia a una tetera que lanza vapor, a un saxofón que camina solo, a unos personajes de dibujos animados en blanco y negro… Es, por tanto, un jazz visual. Y justo por eso me es imposible dejar de imaginarme a mí misma caminando por las calles de Nueva York cuando escucho a Thad Jones, dejar de ver los humeantes clubs de jazz que aparecen tras las primeras notas del piano de Charles Mingus o sentirme, en pleno año 1955, en la cola de un cine en Times Square esperando ver El hombre del brazo de oro. Y es que, a muchos como yo, el jazz nos entró también por los ojos…

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¡Eso es todo, amigos!

 

El siguiente vídeo recopila algunos títulos donde Cab Calloway, Louis Armstrong, Cats Waller, Louis Prima y otros son convertidos en personajes de dibujos animados. Dura 18:30 minutos, pero, desde luego, vale la pena verlo: Jazz e cartoons.

La «baronesa del jazz» y Thelonious Monk escapan en un Bentley plateado

Terminé de leer El perseguidor, el cuento de Cortázar, y fue como haber visto las dos caras de la luna tras una cortina de lluvia. Porque no paraba de llover. Esa primavera –que en realidad es esta y todas las que son como esta– no paraba de llover. Yo investigaba sobre la llamada «Baronesa del jazz» o«Baronesa del Bebop», aunque también habría podido recibir los motes de la «Baronesa del Hard bop», la «Baronesa del Free jazz»… Y así hasta el momento de su muerte, el 30 de noviembre de 1988. Porque Pannonica de Koenigswarter, una Rosthchild desheredada con nombre de mariposa, pasó 35 años de su vida inmersa en múltiples correrías nocturnas por los clubs de jazz de Nueva York. Tras llegar a la última palabra  del cuento de Cortázar, me di cuenta de que, hasta entonces, toda la información que había leído sobre ella estaba dedicada a resarcirla de una deshonrosa y oscura mala fama, adquirida solo porque había ejercido su derecho a vivir como le había dado la gana. El libro y el documental de su sobrina-nieta envolvían a Nica, como era conocida por sus allegados, de misterio, solemnidad y, casi, santidad. Su pariente la describía como la baronesa que ayudaba, tanto económica como anímicamente, a los cats –como se llamaba en argot a los tipos negros del jazz–, muchos de ellos, con infinitas penalidades: problemas con las drogas, depresiones, apuros económicos…

Pannonica de Koenigswarter
Pannonica de Koenigswarter

Nica pertenecía a  la rama británica de los Rothchild, y su nombre fue eliminado de todos los testamentos de la familia por haber abandonado a su marido, diplomático francés en México, y a sus cinco hijos a principios de los años cincuenta del s.XX. Lo dejó todo tras haber escuchado Round Midnight, de Thelonious Monk, en casa de una amiga, durante una escala en Nueva York. Poco después volvió a la Gran Manzana para quedarse y buscar en ella ese tipo de jazz.

Cuanto más sé de la baronesa, más me parece la suya una de esas existencias vividas a impulsos, como en la anarquía de las jam sessions. Improvisando. Dándose topetazos contra las paredes, girando en las esquinas equivocadas, resbalándose en el asfalto mojado y aterrizando de culo o, peor, apoyándose en el codo derecho al caer –ay, qué dolor– por caminar demasiado veloz y sin cuidado. Los días de lluvia nos deberían crecer ventosas en las plantas de los pies y en el corazón, porque a veces este se tira él solito al suelo.

A partir de su traslado a Nueva York, la de Nica fue una de esas vidas sin ventosas, sin agarraderas. Salía de noche en pandilla con los cats , los llevaba en su Bentley plateado a cualquier lugar donde a estos les saliera un bolo, retaba a carreras nocturnas a Miles Davis al volante de su coche en la Quinta Avenida, congregaba a numerosos músicos en las habitaciones que tenía reservadas en el Stanhope Hotel, fue acusada de posesión de marihuana –aunque en la versión de su sobrina-nieta esta pertenecía a Thelonious Monk y ella se autoinculpó para evitar que a él le retiraran el cabaret card sin el que no podría actuar en los nightclubs, y, sobre todo, se pasó la vida adorando a Thelonious Monk. Su sobrina-nieta asegura que el sexo no fue una cuestión importante en la relación que ambos sostuvieron desde el momento que se conocieron en París, en 1954. Que su adoración era platónica él estaba casado y tenía hijos.

Es posible. Pero pienso que hubiera sido mejor haber obviado ese comentario. Posiblemente Nica no necesitaba que nadie lavara su reputación. Adoraba a Thelonious Monk en público y en privado, en los clubs de jazz, en el interior de su Bentley y en cualquier lugar donde él se encontrara. Y a la baronesa –que había dejado todo atrás– poco le importaba ya lo que pensaran de ella y con quién la relacionaran. En todas las fotografías donde aparecen juntos, los ojos de Nica solo transmiten amor hacia Monk y poco nos importa si este fue correspondido o no.

Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan
Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan

Pero lo que me realmente me produce curiosidad es la inquina de Cortázar hacia esta mujer. Quizás la considerara responsable de la muerte de Charlie Parker, de suministrarle la droga que lo acabara matando. Sin embargo, era más que conocido que Parker se había enganchado a la heroína mucho antes de haberla conocido y que él solito se bastaba para abastecerse de las dosis necesarias que su cuerpo le exigiera. Me pregunto de dónde viene este furor contra ella y no contra otras amantes de Bird. Su animadversión me suena a celos de enamorado. De que siempre hay que culpar a una mala mujer de la desgracia de un gran hombre. También Monk murió en la Cathouse –una casa que Nica compró en New Jersey para poder ser definitivamente libre y donde este vivió los últimos nueve años de su vida–, llamada así porque en ella acogía a numerosos jazzmen y a multitud de gatos. Unas versiones dicen que 306 gatos, otras que 122… El número exacto da lo mismo. En su entierro, su mujer y Nica ejercieron de viudas del músico, con toda la naturalidad del mundo, sentadas codo con codo y recibiendo a dúo el pésame de los asistentes al funeral.

Nica y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.
Nica de Koenigswarter y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.New York, 1964. Fotografía: Ben Martin/Time/Life Pictures/Getty Images

Antes de todo eso, los cats habían acogido a Nica entre ellos de la forma más natural. Se dejaban querer y cuidar por esa mujer, que acudía con sus abrigos de pieles, sus perlas y sus largas boquillas, a la ronda de clubs de jazz del Village, el Bowery o Harlem. Cortázar, en cambio, la dibujó como la ávida amante de Charlie Parker y otros músicos negros. Fumadora de marihuana, promiscua, mantenida por su exmarido, sin más problemas que las quejas de los encargados de los hoteles donde se hospedaba al principio, hasta que se comprara la Cathouse.

Charlie Parker murió en las habitaciones que Nica tenía alquiladas en el Stanhope Hotel, mientras veía The Dorsey Brothers’ Stage Show, un programa humorístico de televisión. Las causas fueron muchas y, en realidad, se trató solo de una. Parker estaba ya hecho polvo tras años y años de adicción a la heroína. Murió con 35 años aparentando 60, según el médico que lo atendió en sus últimos momentos.

Nica era muy conocida en el entorno del jazz. Pero una gran desconocida para el resto de los mortales. Durante este tiempo hemos escuchado canciones de Sonny Clark, Kenny Drew, etcétera, con el nombre de Nica sin saber que fueron inspiradas por ella.

Ross Russell describió a Nica de esta manera en la biografía que escribiera sobre Charlie Parker:

«La baronesa Pannonica, a la que sus amigos llamaban Nica, era alta, entrada en carnes, y tenía la cara de un chaval crecido e incontrolable. Era irónica, chistosa, sincera y distraída, raramente capaz de acordarse de sus citas. Cultivada e intelectual, era también creativa, y pintaba telas extrañas utilizando diferentes materias: acrílicos, leche, whisky y perfume. Poseía una gran simplicidad y modales muy directos que hacían que la gente del jazz la estimara. Como mucha gente influida por la cultura francesa, la baronesa estaba fascinada por la escultura africana, la música afroamericana y la negritud. Vestía descuidadamente ropa comprada en las tiendas más caras. Su Rolls-Royce, al que llamaba la ‘paloma plateada’, y que conducía ella misma, sus pieles, joyas y su cajita de bolsillo de oro eran familiares en los clubs de jazz que había a lo largo de Broadway, en Harlem y en Greenwich Village».

Muchas piezas de jazz llevan su nombre por título como homenaje: Pannonica de Thelonious Monk; Nica’s Tempo, de Gigi Gryce; Nica, de Sonny Clark; Nica’s Dream, de Horace Silver;Tonica, de Kenny Dorham;Blues for Nica, de Kenny Drew; Nica Steps Out, de Freddie Redd; Inca, de Barry Harris; Thelonica, de Tommy Flanagan…

¿Por qué me pondrán tanto este tipo de vidas?

 

Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.
Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.

Birth of the Cool, Miles Davis y una explicación innecesaria

El jazz de la década de los cincuenta disco a disco:

  1. Birth of the Cool, Miles Davis (grabado en 1949-1950/Publicado en 1954 y relanzado en 1957. Capitol Records)

La intención era otra bien distinta. La intención era comenzar a elaborar una lista de los discos de jazz más importantes de la década de los cincuenta, año a año, y explicar la importancia de cada uno de ellos. No quería que el texto sonara a sermón académico, así que le di bastantes vueltas a cómo emprender esa tarea. De tanto pensarlo, me estaba atrasando en mi propósito. Por suerte, como otras veces, me salvó la manía –o la necesidad– de literaturizar todo.

Y decidí empezar esta lista en la taberna japonesa de debajo de casa. Allí siempre sonaba jazz. Además, jazz del que me gustaba. Bebop, Hardbop… Un conocido que también vivía por la zona me había dicho que el propietario de la taberna también era disc jockey de jazz.

Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.
Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.

Bajé a cenar, como solía hacer algunas noches. La primavera estaba siendo especialmente voluble y había vuelto a refrescar, por lo que me decanté por uno de aquellos udones tan reconfortantes que preparaban en el Simpu, que así se llamaba la taberna.

Entré, saludé al camarero –japonés auténtico, no como en otros restaurantes pretendidamente japoneses donde quienes atienden son camareros chinos– y me senté en una de las dos mesas destinadas, también, a dos personas. Intenté identificar qué sonaba en aquellos momentos. Ni idea. Mi pasión por el jazz se queda en el deleite y la admiración. Pero soy incapaz de reconocer a los músicos si no se trata de alguno de los que suelo escuchar en alguno de mis discos, escuchados tantas y tantas veces.

Aquella noche, la elección de la música en el Simpu, como venía siendo habitual, era impecable. El disco que sonaba en esos momentos ayudaba a crear una atmósfera de novela de Murakami. Siempre he pensado que esa taberna de Escudellers es el mejor escenario para leer al novelista japonés.

El camarero se acercó para tomar nota de mi cena.

–Aún tengo que grabarte aquellos discos que te comenté. Los que compré en Los Encantes… –le dije. Sentía que le debía una explicación.

–Sí, no hay problema –contestó él.

–Ya. Pero como te dije que lo haría…

Miles Davis
Miles Davis

Apuntó mis udon y una copa de vino tinto. Sonrió y se dio la vuelta. Ya había notado de otras veces que el camarero no deseaba demasiada conversación cuando trabajaba. Ignoraba si eso se debía a que hablaba poco español, o simplemente no le interesaba hablar con la gente o porque esa era distancia con la que los camareros japoneses solían tratan a sus clientes.

El camarero volvió al poco con la copa de vino tinto.

–Lo que pasa es que tengo que conectar el tocadiscos al ordenador y los tengo instalados en diferentes habitaciones de la casa –insistí.

–No hay problema –repitió él.

–Ya, pero si prometo una cosa me gusta cumplirla –volví a insistir yo.

El camarero volvió a marcharse y decidí que lo mejor era concentrarme en escribir sobre Birth of the Cool, el disco de Miles Davis que marcó el inicio de un estilo y que representó su primera ocasión para liderar una banda.

La década de 1950 empezaba con la grabación de ese transcendental disco, que no se publicaría hasta 1954 y que sería relanzado en 1957 por la compañía Capitol Records. Birth of Cool se grabó los días 21 de enero y 22 de abril de 1949, y el 9 de marzo de 1950, en los estudios WMGM, en Nueva York, y representó el origen del cool jazz.

Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.
Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.

De título más que prometedor, el disco contenía composiciones que advertían de los giros musicales de esa década. Algunos de los participantes en la banda de Davis para la grabación de este disco fueron posteriores representantes del anteriormente citado cool jazz, como Gerry Mulligan y John Lewis. Mulligan se trasladó a California y allí se unió a Chet Baker, donde colaboraron juntos en un cuarteto. Por su parte, Lewis sería el director de Modern Jazz Quartet, una de las bandas más destacadas de los años cincuenta y sesenta.

Sorprendentemente, después de la grabación de Birth of the Cool, Davis no volvió al cool jazz sino que quedó seducido por el hardbop –de estructuras armónicas– y, eventualmente, por el modal jazz –basado en improvisaciones en modos o escalas–, originado a finales de los años cincuenta y de gran repercusión en los sesenta. Dos ejemplos de la fascinación de Miles Davis por el modal jazz son Milestones (1958) y Kind of Blue (1959), así como las composiciones creadas por el cuarteto de John Coltrane de 1960 a 1964.

Aunque Birth of the Cool está considerado un distanciamiento del bebop por parte de Miles Davis, contiene aún sonoridades típicas de este estilo. Musicalmente, algunas de sus características son la instrumentación en parejas, sonoridades unísonas y una rica armonía. Al referirse a él, tiempo después, Miles Davis dijo: «Quería que los instrumentos sonaran como voces humanas cantando… y lo lograron».

Una de las influencias de Birth of the Cool, fue el trabajo previo de Miles Davis con Charlie Parker. Tras esta experiencia junto a Bird, Davis agotó todo lo que el bebop podía ofrecerle–. Por lo que  su encuentro con el pianista y arreglista Gil Evans –de mentalidad muy abierta y constante investigador de nuevos caminos en el jazz– fue providencial. Ambos se conocieron en 1947 y poco después organizaron la banda de nueve músicos necesarios para la grabación del disco, que en un principio estaba pensada para que Charlie Parker fuera el líder musical –pero este proyecto se frustró por el excesivo ensimismamiento de este con su propio trabajo– . A la trompeta de Miles Davis incorporaron instrumentos como el piano de John Lewis, la batería de Max Roach, la tuba de Bill Barber, el trombón alto de Lee Konitz… y aquello se convirtió, en definitiva, en un festival de sonidos.

Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948
Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948

Otra de las reconocidas influencias del disco fue el sonido de Claude Thornhill, autor del tema Snowfall –mil veces versionado–, que destacaba en la década de los cincuenta por sus interpretaciones musicales limpias y claras.

Birth of the Cool se interpretó en directo por primera vez en 1948 en el Royal Roost, y su acogida fue templadamente entusiasta. Para algunos reputados músicos y críticos lo que la banda de Miles Davis había interpretado en el club del número 1580 de la calle Broadway no era auténtico jazz. «[…] Es como si Maurice Ravel se pusiera a interpretar jazz», escribió el crítico de música clásica Winthrop Sargeant.

Sin embargo, la influencia a largo plazo de Birth of the Cool fue imparable. Y hoy en día nadie cuestiona que, además de reconocer que abrió las puertas del cool jazz, este disco fue una de las mejores grabaciones e interpretaciones de la historia del jazz del siglo XX.

Empezamos bien.

Five Spot Café

Five Spot Café. 5 Cooper Square, New York City.

Pasamos una hora, más o menos, recorriendo la calle Bowery arriba y abajo, buscando el Five Spot Café sin saber que ya no existía. Era como haber salido en busca de un fantasma. Los coches circulaban pausadamente a nuestro lado, sin hacer ruido, con ese sistema de motor americano tan silencioso que les hace parecer vehículos teledirigidos. No encontrábamos el lugar y, al final, como a esas horas había poca gente en la calle casi nos precipitamos sobre una chica que pasaba por allí y que nos miró desconfiadamente –seguramente pensó que era un truco para despistarla y robarle su bolsa del Whole Foods Market–. Le preguntamos por el Five Spot Café. Desilusión. La peatona atropellada por nosotras no lo conocía. Me decepcionó comprobar que no todo el que viviera entre el Bowery y Greenwech Village tenía que estar, por fuerza, interesado en el jazz y en sus anécdotas.

David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn
David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn

Ya nunca podré decir aquello de «No es lo que era, pero al menos pude visitarlo; aunque haya sido años después», como me había ocurrido hacía años ya con el Hotel Algonquin.

El Five Spot Café ya no existe. De hecho, el mismo número 5 de Cooper Square, donde estuvo ubicado durante sus primeros años, es bastante difícil de encontrar. Pasamos varias veces delante del número 4. También del número 7… Pero sin rastro del número 5. Consultando ahora en el Google Earth, supongo que el número 5 lo ocupa la taberna que hay en la esquina, dato que sigue sin quedarme muy claro.

Subimos, bajamos, volvimos a subir, volvimos a bajar por la calle Bowery… Nada. Ni rastro del lugar en el que Thelonious Monk había vuelto a tocar en los clubs de Manhattan –al poco de haber recuperado su «Cabaret Card»– junto a John Coltrane. Monk había perdido su licencia para trabajar en los clubs de Nueva York por haberse negado a testificar contra su amigo Bud Powell en un asunto de posesión de drogas.

Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957.
Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

La colaboración entre Monk y Coltrane empezó el 4 de julio de 1957 y terminó en las navidades de ese año. Seis memorables meses durante los que estos músicos llenaron de magia el pequeño escenario del Five Spot Café, junto a Wilbur Ware al bajo y Shadow Wilson en la batería. Después, en 1958, John Coltrane se incorporó al sexteto de Miles Davis y Thelonious Monk  inició otro periodo de varios meses en el Five Spot Café junto a Johnny Griffin –reemplazado después por Charlie Rouse– Ahmed Abdul-Malik y Roy Haynes.

El Five Spot Café había comenzado su andadura en 1937 con el nombre de Café Bowery. La zona del Bowery estaba poblada de establecimientos donde tatuarse una sirena –un ancla o un puñal…–, comer por poco dinero, beber en las peores compañías, cortarse el pelo y afeitarse en establecimientos repletos de carteles con las tarifas más bajas del mercado… Es decir, el Bowery –habitado sobre todo por la clase trabajadora– aglutinaba el ocio más barato, y donde retar a la Ley era casi una diversión. Y si alguien quisiera obtener información de primera mano sobre el barrio de mediados de los años 50 del siglo XX, solo tendría que pasar un agradable rato en el sofá de casa disfrutando del documental On the Bowery, rodado durante 1955 por Lionel Rogosin.

On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.
On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.

Las poco iluminadas calles del Bowery mantuvieron su esencia durante la época en la que Salvatore Termini, su propietario, sacó a flote el local y también, después, cuando sus hijos se hicieron cargo de él tras finalizar la segunda guerra mundial. Joe e Iggy Termini lo rebautizaron en 1951 como No. 5 Bar con el deseo de iniciar una nueva época.

La deseada regeneración ¿moral? comenzó a finales de 1955, cuando la Línea de la Tercera Avenida –el tranvía que atravesaba Manhattan por el exterior– fue demolida y provocó la revitalización del barrio. Y el barrio comenzó a acoger a muchos artistas, que se instalaron en la zona debido a que los precios de los alquileres seguían siendo más baratos en el Bowery que en el vecino Greenwich Village.

Una de las cerillas que prendió la llama del éxito del Five Spot Café fue precisamente uno de esos artistas recién llegados, el pianista Don Shoemaker, quien había alquilado un local en el número 1 de Union Square para organizar  jazz sessions. Al poco, Shoemaker, harto de ir y venir a buscar cervezas al No.5 Bar, les propuso a los hermanos Termini hacer allí sus jam sessions si ellos, a cambio, compraban un piano para que los músicos lo pudieran utilizar.

Joe e Iggy, aún neófitos del jazz, pero bien aconsejados por los músicos que, gracias a Shoemaker empezaban a dejarse caer por allí, compraron un piano de segunda mano y la leyenda del Five Spot Café se inició el 30 de agosto de 1956.

Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el  Five Spot Café en 1957
Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

Rápidamente, el lugar se convirtió en epicentro de modernidad y efervescencia cultural. Entre sus parroquianos, era fácil encontrarse con músicos y aficionados al jazz; con pintores como Willem de Kooning, Franz Kline, Joan Mitchell, Howard Kanovitz;  con escritores como Jack Kerouac, Frank O’Hara, Ted Joans o Gregory Corso, y otros artistas del momento. El Five Spot Café ayudó a consolidar el jazz durante la década de los 50 del siglo XX y a mezclar a artistas de múltiples disciplinas. Así, era fácil escuchar a Allen Ginsberg o Kenneth Koch leyendo poesía y ver a Mark Rothko y Norman Mailer escuchando a Lester Young tocar su saxofón.

Don Cherry con Ornette Coleman en el Five Spot Café, Noviembre de 1959. Fotógrafo desconocido.

Las célebres sesiones del Five Spot Café fueron inauguradas por el pianista y poeta Cecil Taylor. El resto es historia: Thelonious Monk, John Coltrane, Ornette Coleman, Eric Dolphy, Don Cherry, Charly Haden, Kenny Burrell, Pepper Adams, Randy Weston, Sonny Rollins, Charles Mingus, David Amram, etcetera, etcetera. Todo aquel que era alguien en el mundillo jazz, pasó por su pequeño escenario, que constaba de una minúscula plataforma con fotografías, posters y recortes de prensa pegados a la pared.

Debido a nuevas reformas urbanísticas en la zona, el Five Spot Café se trasladó en 1962 algunos bloques de pisos más al norte, entre la calle Marks y la Tercera Avenida. Pero ya nada fue igual, y el local cerró a finales de los años 70. Empezaba otra década y se imponía otra manera de relacionarse. Abrían nuevos bares y nuevos clubes, cambiaban las modas y cambiaban algunos hábitos, los beatniks dejaron paso a los hippies… El Five Spot Café duró lo que duró, como muchos locales que nacen y mueren devorados por los caprichos que dictan las modas. Pero supo proyectar su sombra tan poderosamente sobre el resto de establecimientos que lo sucedieron en el tiempo que provocó que  el espacio que ocupaba el número 5 de Cooper Square fuera borrado del lugar,  y se haya convertido en un fantasma al que algunas buscan por las noches.

Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958
Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958

Como compensación por las infructuosas vueltas nocturnas por Cooper Square y la calle Bowery, encontramos un restaurante muy tentador. La pequeña ventana, iluminada por una luz roja, le daba un aire clandestino.  A través de ella se podía observar a una clientela a la que ahora habría que llamar hipster, que comía, charlaba y bebía, como siempre se había hecho en los locales del Bowery. Aquella noche no disfrutamos del jazz, pero sí de un plato de sonoridad mítica que yo nunca había tenido la ocasión de probar hasta entonces, el jambalaya. Se trata de un plato muy típico de la gastronomía cajún, del que me había hablado Celeste, una chica de Louisiana con la que había coincidido una vez en un trabajo.

Thelonious Monk_John Coltrane_Live1958Al final, la noche había sido bastante coherente a pesar de haber estado persiguiendo a un fantasma. Louisiana, en Nueva Orleans –uno de los lugares desde donde músicos como Louis Armstrong o Sidney Bechet propagaron el jazz hacia el resto del mundo–, se había fijado en mi mente como otro lugar al que visitar. No estuvo mal haber llegado al origen a través de la gastronomía, sin habérselo propuesto.

Grabaciones en vivo en el Five Spot Café:

  • Pepper Adams: 10 to 4 at the Five Spot (Riverside, 1958)
  • Kenny Burrell: On View at he Five Spot Cafe (Blue Note, 1959)
  • Eric Dolphy: At the Five Spot (Prestige, 1961)
  • Thelonious Monk: Thelonious in Action (Riverside, 1958)
  • Thelonious Monk: Misterioso (Riverside, 1958)
  • Randy Weston: Live at the Five Spot (United Artist, 1959)

 Randy Weston_Live_at_the_Five_Spot

 Serie: Los bares perdidos.

Encarna Castillo

Cold Turkey

Stan Levy, Leonard Gaskin, Charlie Parker, Miles Davis y Dexter Gordon en el Spotlite, en la calle 52 (1945).

Cold Turkey reflexiona sobre las adicciones emocionales y sobre los contrastes. En sus páginas, el jazz del Greenwich Village convive con la rumba catalana templada en las tabernas del Barrio Gótico, las desapariciones involuntarias y las huidas elegidas conducen casi siempre al mismo lugar, las novelas de pulp lésbico retan a la alta literatura, y las oficinas de Madison Avenue resplandecen frente a los grises despachos de la Barcelona de posguerra.