Five Spot Café

Five Spot Café. 5 Cooper Square, New York City.

Pasamos una hora, más o menos, recorriendo la calle Bowery arriba y abajo, buscando el Five Spot Café sin saber que ya no existía. Era como haber salido en busca de un fantasma. Los coches circulaban pausadamente a nuestro lado, sin hacer ruido, con ese sistema de motor americano tan silencioso que les hace parecer vehículos teledirigidos. No encontrábamos el lugar y, al final, como a esas horas había poca gente en la calle casi nos precipitamos sobre una chica que pasaba por allí y que nos miró desconfiadamente –seguramente pensó que era un truco para despistarla y robarle su bolsa del Whole Foods Market–. Le preguntamos por el Five Spot Café. Desilusión. La peatona atropellada por nosotras no lo conocía. Me decepcionó comprobar que no todo el que viviera entre el Bowery y Greenwech Village tenía que estar, por fuerza, interesado en el jazz y en sus anécdotas.

David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn
David Amram en el Five Spot Café. Fotografía: Burt Glinn

Ya nunca podré decir aquello de «No es lo que era, pero al menos pude visitarlo; aunque haya sido años después», como me había ocurrido hacía años ya con el Hotel Algonquin.

El Five Spot Café ya no existe. De hecho, el mismo número 5 de Cooper Square, donde estuvo ubicado durante sus primeros años, es bastante difícil de encontrar. Pasamos varias veces delante del número 4. También del número 7… Pero sin rastro del número 5. Consultando ahora en el Google Earth, supongo que el número 5 lo ocupa la taberna que hay en la esquina, dato que sigue sin quedarme muy claro.

Subimos, bajamos, volvimos a subir, volvimos a bajar por la calle Bowery… Nada. Ni rastro del lugar en el que Thelonious Monk había vuelto a tocar en los clubs de Manhattan –al poco de haber recuperado su «Cabaret Card»– junto a John Coltrane. Monk había perdido su licencia para trabajar en los clubs de Nueva York por haberse negado a testificar contra su amigo Bud Powell en un asunto de posesión de drogas.

Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957.
Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

La colaboración entre Monk y Coltrane empezó el 4 de julio de 1957 y terminó en las navidades de ese año. Seis memorables meses durante los que estos músicos llenaron de magia el pequeño escenario del Five Spot Café, junto a Wilbur Ware al bajo y Shadow Wilson en la batería. Después, en 1958, John Coltrane se incorporó al sexteto de Miles Davis y Thelonious Monk  inició otro periodo de varios meses en el Five Spot Café junto a Johnny Griffin –reemplazado después por Charlie Rouse– Ahmed Abdul-Malik y Roy Haynes.

El Five Spot Café había comenzado su andadura en 1937 con el nombre de Café Bowery. La zona del Bowery estaba poblada de establecimientos donde tatuarse una sirena –un ancla o un puñal…–, comer por poco dinero, beber en las peores compañías, cortarse el pelo y afeitarse en establecimientos repletos de carteles con las tarifas más bajas del mercado… Es decir, el Bowery –habitado sobre todo por la clase trabajadora– aglutinaba el ocio más barato, y donde retar a la Ley era casi una diversión. Y si alguien quisiera obtener información de primera mano sobre el barrio de mediados de los años 50 del siglo XX, solo tendría que pasar un agradable rato en el sofá de casa disfrutando del documental On the Bowery, rodado durante 1955 por Lionel Rogosin.

On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.
On the Bowery (1957), de Lionel Rogosin. Cortesía de Milestone Films.

Las poco iluminadas calles del Bowery mantuvieron su esencia durante la época en la que Salvatore Termini, su propietario, sacó a flote el local y también, después, cuando sus hijos se hicieron cargo de él tras finalizar la segunda guerra mundial. Joe e Iggy Termini lo rebautizaron en 1951 como No. 5 Bar con el deseo de iniciar una nueva época.

La deseada regeneración ¿moral? comenzó a finales de 1955, cuando la Línea de la Tercera Avenida –el tranvía que atravesaba Manhattan por el exterior– fue demolida y provocó la revitalización del barrio. Y el barrio comenzó a acoger a muchos artistas, que se instalaron en la zona debido a que los precios de los alquileres seguían siendo más baratos en el Bowery que en el vecino Greenwich Village.

Una de las cerillas que prendió la llama del éxito del Five Spot Café fue precisamente uno de esos artistas recién llegados, el pianista Don Shoemaker, quien había alquilado un local en el número 1 de Union Square para organizar  jazz sessions. Al poco, Shoemaker, harto de ir y venir a buscar cervezas al No.5 Bar, les propuso a los hermanos Termini hacer allí sus jam sessions si ellos, a cambio, compraban un piano para que los músicos lo pudieran utilizar.

Joe e Iggy, aún neófitos del jazz, pero bien aconsejados por los músicos que, gracias a Shoemaker empezaban a dejarse caer por allí, compraron un piano de segunda mano y la leyenda del Five Spot Café se inició el 30 de agosto de 1956.

Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el  Five Spot Café en 1957
Sonny Rollins (saxo) y Thelonious Monk (Piano), en el Five Spot Café en 1957. Fotógrafo desconocido.

Rápidamente, el lugar se convirtió en epicentro de modernidad y efervescencia cultural. Entre sus parroquianos, era fácil encontrarse con músicos y aficionados al jazz; con pintores como Willem de Kooning, Franz Kline, Joan Mitchell, Howard Kanovitz;  con escritores como Jack Kerouac, Frank O’Hara, Ted Joans o Gregory Corso, y otros artistas del momento. El Five Spot Café ayudó a consolidar el jazz durante la década de los 50 del siglo XX y a mezclar a artistas de múltiples disciplinas. Así, era fácil escuchar a Allen Ginsberg o Kenneth Koch leyendo poesía y ver a Mark Rothko y Norman Mailer escuchando a Lester Young tocar su saxofón.

Don Cherry con Ornette Coleman en el Five Spot Café, Noviembre de 1959. Fotógrafo desconocido.

Las célebres sesiones del Five Spot Café fueron inauguradas por el pianista y poeta Cecil Taylor. El resto es historia: Thelonious Monk, John Coltrane, Ornette Coleman, Eric Dolphy, Don Cherry, Charly Haden, Kenny Burrell, Pepper Adams, Randy Weston, Sonny Rollins, Charles Mingus, David Amram, etcetera, etcetera. Todo aquel que era alguien en el mundillo jazz, pasó por su pequeño escenario, que constaba de una minúscula plataforma con fotografías, posters y recortes de prensa pegados a la pared.

Debido a nuevas reformas urbanísticas en la zona, el Five Spot Café se trasladó en 1962 algunos bloques de pisos más al norte, entre la calle Marks y la Tercera Avenida. Pero ya nada fue igual, y el local cerró a finales de los años 70. Empezaba otra década y se imponía otra manera de relacionarse. Abrían nuevos bares y nuevos clubes, cambiaban las modas y cambiaban algunos hábitos, los beatniks dejaron paso a los hippies… El Five Spot Café duró lo que duró, como muchos locales que nacen y mueren devorados por los caprichos que dictan las modas. Pero supo proyectar su sombra tan poderosamente sobre el resto de establecimientos que lo sucedieron en el tiempo que provocó que  el espacio que ocupaba el número 5 de Cooper Square fuera borrado del lugar,  y se haya convertido en un fantasma al que algunas buscan por las noches.

Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958
Tarjeta de visita del Five Spot Café de 1958

Como compensación por las infructuosas vueltas nocturnas por Cooper Square y la calle Bowery, encontramos un restaurante muy tentador. La pequeña ventana, iluminada por una luz roja, le daba un aire clandestino.  A través de ella se podía observar a una clientela a la que ahora habría que llamar hipster, que comía, charlaba y bebía, como siempre se había hecho en los locales del Bowery. Aquella noche no disfrutamos del jazz, pero sí de un plato de sonoridad mítica que yo nunca había tenido la ocasión de probar hasta entonces, el jambalaya. Se trata de un plato muy típico de la gastronomía cajún, del que me había hablado Celeste, una chica de Louisiana con la que había coincidido una vez en un trabajo.

Thelonious Monk_John Coltrane_Live1958Al final, la noche había sido bastante coherente a pesar de haber estado persiguiendo a un fantasma. Louisiana, en Nueva Orleans –uno de los lugares desde donde músicos como Louis Armstrong o Sidney Bechet propagaron el jazz hacia el resto del mundo–, se había fijado en mi mente como otro lugar al que visitar. No estuvo mal haber llegado al origen a través de la gastronomía, sin habérselo propuesto.

Grabaciones en vivo en el Five Spot Café:

  • Pepper Adams: 10 to 4 at the Five Spot (Riverside, 1958)
  • Kenny Burrell: On View at he Five Spot Cafe (Blue Note, 1959)
  • Eric Dolphy: At the Five Spot (Prestige, 1961)
  • Thelonious Monk: Thelonious in Action (Riverside, 1958)
  • Thelonious Monk: Misterioso (Riverside, 1958)
  • Randy Weston: Live at the Five Spot (United Artist, 1959)

 Randy Weston_Live_at_the_Five_Spot

 Serie: Los bares perdidos.

Encarna Castillo

Agentes secretos, guerra fría, literatura y cintas de vídeo

La II Guerra Mundial había finalizado en 1945 y la inmediata posguerra se centró más en superar la conmoción generalizada por los desastres humanos causados por la guerra que en soluciones de tinte político. Dos años son poco tiempo, especialmente después de una contienda de este tipo, pero la política siempre se ha mostrado impaciente con las debilidades de la Humanidad. Así, en 1948 comienza el periodo que ha pasado a la historia denominado como Guerra Fría (se dice que el término fue acuñado en el siglo XIV por el escritor español don Juan Manuel, y rescatado en 1947 por Bernard Baruch, consejero del presidente norteamericano Rooselvelt), cuando Stalin ordenó el bloqueo de Berlín, impidiendo el tránsito de mercancías entre los dos bloques económicos en los que Occidente había quedado dividida: el bloque capitalista (dominado por EE.UU.) y el bloque comunista (dominado por la antigua URSS y  China, aunque esta siguió más tarde su propio camino).

A pesar de que EE.UU. y la URSS habían sido aliados durante la II Guerra Mundial, tras el final de la contienda la desconfianza era mutua entre ambos bloques, y el clima de tensión política, altamente voltaico. De esta manera, comenzó una de las épocas más inestables políticamente y más fértil en el campo de la literatura y el cine de espías, todo ello en medio de unos cambios culturales de gran relevancia, como fueron la cultura pop, el progreso económico y tecnológico y el omnipresente peligro nuclear.

La Guerra Fría duró desde 1948 hasta 1991, con la caída de la URSS y la implantación de la Perestroika, y tuvo un gran momento simbólico con la caída del muro de Berlín, en 1989. En total, algo más de 40 años de un panorama político en donde los agentes secretos se convirtieron en cultura popular y a los que se les dedicó novelas, cómics, películas y series de televisión cuya repercusión continúa hasta nuestros días.

Cartel de promoción de Dr. No, primera película de James Bond en español.
Cartel de promoción de Dr. No, primera película de James Bond en español.

Para iniciar un itinerario riguroso de la época que nos ocupa, habría que remontarse al año 1953, cuando el exagente británico Ian Fleming publicó la novela Casino Royale, cuyo personaje principal era James Bond, el Agente 007. La experiencia de Flemning como asistente en los servicios secretos le aportará datos para sus historias. De esta manera, dio comienzo la leyenda del agente secreto por antonomasia, el hombre que siempre pedía que le sirvieran el Martini  «agitado, no removido». En total, Fleming escribió 12 novelas largas y 9 novelas cortas sobre «Bond, James Bond». El éxito del personaje se enmarcó primero en las novelas de Fleming durante los años 50, y en 1957 el diario inglés London Express propuso al escritor británico secuenciar las aventuras del Agente 007 en formato cómic, pero este se mostraba reacio debido al temor de que la calidad de su escritura pudiera perderse; sin embargo, finalmente aceptó y en 1958 se publicó la adaptación en cómic de Casino Royale, con guión de Anthony Hearne e ilustraciones de John McLusky.  Durante este proceso de adaptación Fleming explicó a McLusky cómo veía a su personaje, pero a McLusky James Bond le parecía demasiado anticuado, por lo que, para actualizarlo, dotó al personaje de un aspecto muy masculino, basándose en actores de la época, como Robert Taylor o Gary Cooper, imagen que luego serviría de guía para los primeros castings que se realizaron para la primera película de James Bond, Dr. No (1962), personaje que encarnaría el legendario Sean Conery. Our Man Flint, película rodada en 1966, es una parodia de la saga de James Bond, y narra, en tono de humor, cómo unos malvados científicos intentan apoderarse del planeta con una máquina capaz de producir terremotos. Protagonizada por James Coburn, la película fue un éxito en su momento, lo que dio lugar a un segundo filme, titulado In Like Flint (1967), protagonizado también por Coburn en la figura del agente Derek Flint.

Primera edición de The Quiet American (1952)
Primera edición de The Quiet American (1952)

Mientras tanto, la Guerra Fría seguía produciendo escritores de talla en el género del espionaje, como Graham Greene, exagente del servicio secreto británico durante la II Guerra Mundial, se especializó en novelas de espías de marcado tono antiimperialista, como The Quiet American (1952), sobre el sureste asiático; A Burnt-out Case (1961), sobre el Congo Belga o The Human Factor (1978), sobre espías en Londres. El también escritor Evelyn Waugh siempre pensó que Greene nunca había dejado de ser un espía secreto al servicio del bloque capitalista y que sus novelas a favor del bloque comunista solo le servían como tapadera para ganarse la confianza de líderes como Fidel Castro o Ho Chi Ming. Greene también escribió algunos guiones de películas con el mismo tema, como la magnífica The Third Man (1949), dirigida por Carol Reed y protagonizada por Orson Wells y Joseph Cotten.

Por su parte, John LeCarré (pseudónimo de David Cornwell) es conocido, sobre todo, por el personaje de George Smiley, protagonista de la mayoría de sus novelas. Call for the Dead (1961), A Murder of Quality (1962) y la exitosa The Spy Who Came in from the Cold (1963), fueron algunas de las novelas que llevaron a Le Carré a la cima de la fama en el terreno de la literatura de espionaje. En sus novelas, el autor hace que los conceptos patriotismo y espionaje se interrelacionen, siempre en busca de una verdad que aporte sentido a toda la trama narrativa. LeCarré comenzó a fascinarse por el espionaje cuando, hacia 1949, conoció a un diplomático británico que posiblemente desempeñaba trabajos como agente secreto. A finales de la década de los años 50, LeCarré ingresó en el British Foreign Service, pero siempre ha negado que desempeñara trabajos de espionaje, desmarcándose así de Ian Fleming o Graham Greene.

Junto a esta literatura centrada en el espionaje, el cine y la televisión también alimentaron este tipo de personajes. La saga de películas de James Bond comenzó en 1962 y ha llegado hasta hoy en día. Por otro lado, aparte del citado agente Flint, parodia del Agente 007, triunfaron en su momento Super Agente 86 (creada con el objetivo de parodiar las series y películas de superagentes, con elementos especialmente cómicos como el zapatófono, utilizado por Maxwell Smart; o la adopción del número 86 en el título, apodo que los camareros daban en EE.UU. a los clientes borrachos). Ya en un tono más serio, otras series como The Man From U.N.C.L.E, Danger Man o Mission: Impossible, rodadas durante la década de los años 60, lograron gran repercusión mediante trepidantes aventuras que cautivaban a la audiencia. El caso de The Saint, creado por el escritor Leslie Charteris y protagonizado por Richard Moore desde sus comienzos en los años 60, fue diferente: el personaje, Simon Templar (cuyas dos iniciales conforman el apodo, «El Santo»), no era propiamente un espía secreto pero sí recurría a los servicios secretos cuando sus casos se lo requerían.

Por su parte, la serie The Avengers (Los Vengadores, en castellano), creada a comienzos de de la década de los años 60, aportó (como Modesty Blaise en el terreno del cómic y las películas basadas en este que se realizaron), además de situaciones de alto riesgo y momentos de infarto, la incorporación de las estéticas por entonces insurgentes y en boga como la psicodelia y el pop. Así, la «vengadora» Diana Rigg pasará a la historia enfundada en un inolvidable mono de cuero negro y Patrick McNee encarnará para siempre al prototípico gentleman inglés, con sus inseparables bombín y paraguas.

CHARADE(2)
Charade (Director: Stanley Donen, 1963)

Otras películas de temática de espías que alcanzaron gran repercusión fueron Charade, dirigida en 1963 por Stanley Donen (en la que también tenía un papel James Coburn, esta vez el malo malísimo que atormentaba a Audrey Hepburn); Turn Curtain, dirigida en 1966 por Alfred Hitchcock y protagonizada por Paul Newman y Julie Andrews, en la que un físico atómico estadounidense investiga por su cuenta en el Berlín de la Guerra Fría más cruenta. Este breve repaso no podría terminarse sin la referencia a la única comedia rodada por Stanley Kubrick: Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love Bomb (1963), y que en castellano se tradujo como ¿Teléfono rojo?  Volamos hacia Moscú, en la que la sombra del peligro nuclear volvía a sobrevolar Occidente sembrando el terror.

Por lo que hasta aquí se evidencia, el momento de mayor eclosión de los agentes secretos fue en la década de los años 60, cuando literatura, cine y televisión pusieron de moda esta temática. En esos momentos, en la patria de los superagentes eclosionaba el Swinging London, término acuñado por el columnista del canal de televisión norteamericano New York TV John Crosby, cuando se desplazó hasta Londres en 1964. Por entonces, la capital británica era un hervidero de movimientos sociales, musicales y culturales en general. Londres se encontraba viviendo una revolución cultural en la que, junto a las experiencias de nuevas maneras de entender y experimentar la vida en general, imperaba un espíritu optimista y muy vital. Los sufrimientos de la posguerra se iban quedando poco a poco en el pasado y la mejora económica tenía Inglaterra, gracias a lo cual, el país dominaba las industrias del ocio y la cultura, proyectando esos cambios por todo el mundo. Quizás, el mejor resumen visual de todo ese periodo sea la película Blow Up (Deseo de una mañana de verano), rodada por Michelangelo Antonioni en 1966, en la que se incluye esa mágica y memorable escena en la que una jovencísima Vanessa Redgrave se desmelenaba bailando la delirante mezcla de R&B, jazz y pop compuesta por Herbie Hancock para la banda sonora.

Edición española de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006)
Edición española de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006)

Tanto Modesty Blaise como The Avengers beben del espíritu de aquel momento y gran parte del encanto de sus protagonistas procede de la manera en la que, gracias a la moda y a la estética del momento, conectaron con los espectadores y los lectores de la época. De esta manera, la película Modesty Blaise, rodada en 1966 por el director Joseph Losey, es un festival de cultura pop de los años 60 en donde elementos como Carnaby Street, en el Soho londinense, en la que se reunían los mods, repleta de tiendas de jóvenes e innovadores diseñadores de ropa, como la impúdica Mary Quant y sus minifaldas, eran difíciles de evitar.

La década de los 70, en el sector de la cultura del espionaje, vivió del tirón que la anterior década había conseguido, de esa manera, sus protagonistas siguieron siendo los mismos: Greene, LeCarré, James Bond, etcétera, seguían en el candelero. En los años 80 y 90, el público fue perdiendo interés paulatinamente por estos temas en paralelo a la progresiva defunción de la Guerra Fría, aunque se continuaban realizando aportaciones interesantes como Harlost Ghost (1991), la monumental novela escrita por Norman Mailer.

En la actualidad, poco nos queda (sin mencionara Austin Powers, que aúna la parodia del cine de superagentes secretos con los referentes a la cultura del Swinging London), y quizá por ello ahora sea el momento de volver al origen para encontrar la esencia más pura.

Encarna Castillo.

Artículo aparecido en el libro 4 de Modesty Blaise (Planeta DeAgostini, 2006, Barcelona) y revisado para su publicación en esta web en 2013.

Cold Turkey

Stan Levy, Leonard Gaskin, Charlie Parker, Miles Davis y Dexter Gordon en el Spotlite, en la calle 52 (1945).

Cold Turkey reflexiona sobre las adicciones emocionales y sobre los contrastes. En sus páginas, el jazz del Greenwich Village convive con la rumba catalana templada en las tabernas del Barrio Gótico, las desapariciones involuntarias y las huidas elegidas conducen casi siempre al mismo lugar, las novelas de pulp lésbico retan a la alta literatura, y las oficinas de Madison Avenue resplandecen frente a los grises despachos de la Barcelona de posguerra.