Barcelona a las puertas de los años cincuenta

Barcelona en postguerra 1939-1945. Una crónica fotográfica

Arxiu Fotogràfic de Barcelona / Del 19 de abril al 28 de septiembre.

La postguerra de Barcelona era morena. Tenía el color del tinte del blanco y negro de las películas fotográficas Kodak, de las sotanas de los curas, de las mantillas de las beatas, de los uniformes militares… Estaba llena de gente que levantaba el brazo, recto, para hacer el saludo fascista y despedir a los voluntarios de la División Azul, que partieron desde la Estación de Francia; de mujeres de oscuros ropajes con delantales blancos que confeccionaban abrigos para destinatarios tristes y, seguramente, del lado de los vencidos. En esa Barcelona 20.000 hombres tomaron juntos la comunión en el anteriormente llamado Paseo de San Juan; las masas adoraban al Cristo de Lepanto en la explanada de la catedral, a quien sacaron del santo templo lo justo para que la fragancia de la adoración colectiva y sometida lo bañara de eternidad.

Adoración del Cristo de Lepanto.- Abril 1944.- Fotografía: Pérez de Rozas
Adoración del Cristo de Lepanto.- Abril 1944.- Fotografía: Pérez de Rozas

Heinrich Himmler visitó la Ciudad Condal y se trajo con él su bandera con la cruz gamada, como si de su neceser personal se tratara –la higiene espiritual nacionalsocialista se aplicaba a las almas de algunos países de Europa–; las mujeres pobres volteaban hacia arriba las palmas de sus pequeñas manos frente a señoras pertrechadas de mantillas y rosarios, que solo tenían ojos para santos y vírgenes, pero ni un segundo de su mirada para el rostro que rogaba limosna y, de paso, servía para que los fotógrafos oficiales del Ayuntamiento de Barcelona inmortalizaran el contraste de uno de los pilares de aquella posguerra de hambre canina y de estraperlo.

Barcelona. Semana Santa, 6 de abril de 1939. Fotógrafo desconocido.
Barcelona. Semana Santa, 6 de abril de 1939.
Fotógrafo desconocido.

Me detengo en esa fotografía en concreto –la que me hace cuestionarme si debo juzgar o no el vuelo raso de la mirada de esa señora, que evitaba bajar la vista para encontrarse de frente con la realidad, con la pobreza–, la que hace que me pregunte por qué me afecta tanto, hoy en día, la indiferencia de la beata hacia la señora bajita que le ruega unas monedas. Y me reafirmo en la importancia y en la urgencia de continuar reflexionando sobre nuestra Historia no tan lejana, de ser conscientes de cómo sus consecuencias, aunque no queramos verlo, alcanzan con saña todavía a dos generaciones posteriores.
Las fotografías que acabo de ver fueron tomadas entre 1939 y 1945 por Pérez de Rozas y otros fotógrafos del Ayuntamiento de Barcelona, y muestran instantáneas de los momentos oficiales de la posguerra. El objetivo era configurar el muestrario visual que el nuevo régimen quería mostrar al mundo. Nada que ver con las fotografías con las que, pocos años después, Francesc Català-Roca tomara el pulso a lo cotidiano e inmortalizara al agente de la Policía Armada que patrullaba la Ciudad Condal a lomos de su caballo o al limpiabotas de la Gran Vía de Barcelona del 1954. Faltarían aún años para que la otra Barcelona –la que iba a trabajar, la que paseaba, la que piropeaba a las chicas en la vía pública…– comenzara a surgir de las cámaras de otros fotógrafos seducidos por los personajes anónimos que poblaban sus calles.

Salida de voluntarios de la División Azul _5 de julio de 1941.- Fotografía: Pérez de Rozas
Salida de voluntarios de la División Azul _5 de julio de 1941.- Fotografía: Pérez de Rozas

Salgo del Arxiu Fotogràfic de Barcelona –que se encuentra en uno de esos edificios grandes y viejos de la parte antigua de la ciudad que siempre me han parecido elegantes buques mercantes– pensando que ojalá todo el mundo fuera a ver esta exposición, que forma parte de otro proyecto general mayor que lleva por nombre Barcelona en posguerra, 1939-1945.  Y que  nadie debería perderse esas imágenes que muestran, a través de los actos para la recristianización del país, las visitas de oficiales de las autoridades franquistas, los lazos del régimen con la Alemania nazi y la Italia fascista, y la escenificación de la victoria franquista, el día a día de una ciudad que en pocos años pasó de ser rubia platino –al estilo de la Jean Harlow de los años 30– a teñirse del moreno de cantaora de copla.

Alma de Dios (Ignacio F. Iquino,1941)
Alma de Dios (Ignacio F. Iquino,1941)

Birth of the Cool, Miles Davis y una explicación innecesaria

El jazz de la década de los cincuenta disco a disco:

  1. Birth of the Cool, Miles Davis (grabado en 1949-1950/Publicado en 1954 y relanzado en 1957. Capitol Records)

La intención era otra bien distinta. La intención era comenzar a elaborar una lista de los discos de jazz más importantes de la década de los cincuenta, año a año, y explicar la importancia de cada uno de ellos. No quería que el texto sonara a sermón académico, así que le di bastantes vueltas a cómo emprender esa tarea. De tanto pensarlo, me estaba atrasando en mi propósito. Por suerte, como otras veces, me salvó la manía –o la necesidad– de literaturizar todo.

Y decidí empezar esta lista en la taberna japonesa de debajo de casa. Allí siempre sonaba jazz. Además, jazz del que me gustaba. Bebop, Hardbop… Un conocido que también vivía por la zona me había dicho que el propietario de la taberna también era disc jockey de jazz.

Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.
Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.

Bajé a cenar, como solía hacer algunas noches. La primavera estaba siendo especialmente voluble y había vuelto a refrescar, por lo que me decanté por uno de aquellos udones tan reconfortantes que preparaban en el Simpu, que así se llamaba la taberna.

Entré, saludé al camarero –japonés auténtico, no como en otros restaurantes pretendidamente japoneses donde quienes atienden son camareros chinos– y me senté en una de las dos mesas destinadas, también, a dos personas. Intenté identificar qué sonaba en aquellos momentos. Ni idea. Mi pasión por el jazz se queda en el deleite y la admiración. Pero soy incapaz de reconocer a los músicos si no se trata de alguno de los que suelo escuchar en alguno de mis discos, escuchados tantas y tantas veces.

Aquella noche, la elección de la música en el Simpu, como venía siendo habitual, era impecable. El disco que sonaba en esos momentos ayudaba a crear una atmósfera de novela de Murakami. Siempre he pensado que esa taberna de Escudellers es el mejor escenario para leer al novelista japonés.

El camarero se acercó para tomar nota de mi cena.

–Aún tengo que grabarte aquellos discos que te comenté. Los que compré en Los Encantes… –le dije. Sentía que le debía una explicación.

–Sí, no hay problema –contestó él.

–Ya. Pero como te dije que lo haría…

Miles Davis
Miles Davis

Apuntó mis udon y una copa de vino tinto. Sonrió y se dio la vuelta. Ya había notado de otras veces que el camarero no deseaba demasiada conversación cuando trabajaba. Ignoraba si eso se debía a que hablaba poco español, o simplemente no le interesaba hablar con la gente o porque esa era distancia con la que los camareros japoneses solían tratan a sus clientes.

El camarero volvió al poco con la copa de vino tinto.

–Lo que pasa es que tengo que conectar el tocadiscos al ordenador y los tengo instalados en diferentes habitaciones de la casa –insistí.

–No hay problema –repitió él.

–Ya, pero si prometo una cosa me gusta cumplirla –volví a insistir yo.

El camarero volvió a marcharse y decidí que lo mejor era concentrarme en escribir sobre Birth of the Cool, el disco de Miles Davis que marcó el inicio de un estilo y que representó su primera ocasión para liderar una banda.

La década de 1950 empezaba con la grabación de ese transcendental disco, que no se publicaría hasta 1954 y que sería relanzado en 1957 por la compañía Capitol Records. Birth of Cool se grabó los días 21 de enero y 22 de abril de 1949, y el 9 de marzo de 1950, en los estudios WMGM, en Nueva York, y representó el origen del cool jazz.

Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.
Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.

De título más que prometedor, el disco contenía composiciones que advertían de los giros musicales de esa década. Algunos de los participantes en la banda de Davis para la grabación de este disco fueron posteriores representantes del anteriormente citado cool jazz, como Gerry Mulligan y John Lewis. Mulligan se trasladó a California y allí se unió a Chet Baker, donde colaboraron juntos en un cuarteto. Por su parte, Lewis sería el director de Modern Jazz Quartet, una de las bandas más destacadas de los años cincuenta y sesenta.

Sorprendentemente, después de la grabación de Birth of the Cool, Davis no volvió al cool jazz sino que quedó seducido por el hardbop –de estructuras armónicas– y, eventualmente, por el modal jazz –basado en improvisaciones en modos o escalas–, originado a finales de los años cincuenta y de gran repercusión en los sesenta. Dos ejemplos de la fascinación de Miles Davis por el modal jazz son Milestones (1958) y Kind of Blue (1959), así como las composiciones creadas por el cuarteto de John Coltrane de 1960 a 1964.

Aunque Birth of the Cool está considerado un distanciamiento del bebop por parte de Miles Davis, contiene aún sonoridades típicas de este estilo. Musicalmente, algunas de sus características son la instrumentación en parejas, sonoridades unísonas y una rica armonía. Al referirse a él, tiempo después, Miles Davis dijo: «Quería que los instrumentos sonaran como voces humanas cantando… y lo lograron».

Una de las influencias de Birth of the Cool, fue el trabajo previo de Miles Davis con Charlie Parker. Tras esta experiencia junto a Bird, Davis agotó todo lo que el bebop podía ofrecerle–. Por lo que  su encuentro con el pianista y arreglista Gil Evans –de mentalidad muy abierta y constante investigador de nuevos caminos en el jazz– fue providencial. Ambos se conocieron en 1947 y poco después organizaron la banda de nueve músicos necesarios para la grabación del disco, que en un principio estaba pensada para que Charlie Parker fuera el líder musical –pero este proyecto se frustró por el excesivo ensimismamiento de este con su propio trabajo– . A la trompeta de Miles Davis incorporaron instrumentos como el piano de John Lewis, la batería de Max Roach, la tuba de Bill Barber, el trombón alto de Lee Konitz… y aquello se convirtió, en definitiva, en un festival de sonidos.

Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948
Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948

Otra de las reconocidas influencias del disco fue el sonido de Claude Thornhill, autor del tema Snowfall –mil veces versionado–, que destacaba en la década de los cincuenta por sus interpretaciones musicales limpias y claras.

Birth of the Cool se interpretó en directo por primera vez en 1948 en el Royal Roost, y su acogida fue templadamente entusiasta. Para algunos reputados músicos y críticos lo que la banda de Miles Davis había interpretado en el club del número 1580 de la calle Broadway no era auténtico jazz. «[…] Es como si Maurice Ravel se pusiera a interpretar jazz», escribió el crítico de música clásica Winthrop Sargeant.

Sin embargo, la influencia a largo plazo de Birth of the Cool fue imparable. Y hoy en día nadie cuestiona que, además de reconocer que abrió las puertas del cool jazz, este disco fue una de las mejores grabaciones e interpretaciones de la historia del jazz del siglo XX.

Empezamos bien.

Peinados alzados en la calle Escudellers

Lo que parecía un desconchón en la pared era realmente la palabra PUTA transformada posteriormente en la palabra BOTA, seguramente por la portera, y dulcificada después por la indulgencia del tiempo en forma de borrón sobre el estucado.

La portera no se llevaba bien con la vecina del 4º 4ª y esta, en venganza por alguna antigua y absurda discusión, había tallado PUTA –seguramente con la llave, lo que resultaba aún más vulgar – frente a su portería. Una rivalidad que se remontaba a cuando el barrio era otra cosa y la segunda se dedicaba, según se encargaba de propagar la primera, al ancestral arte erótico que había dado fama a la zona cuando la eclosión de los marines a mediados de los años cincuenta.

La portera y la vecina trajinaban la portería del Pasaje Escudellers todo lo que el resto de vecinos nos absteníamos de hacer. Y se encargaban de darle la vidilla que siempre se espera que haya en una cosmopolita comunidad de vecinos, solo que ellas lo llevaban a cabo más galdosianamente.

Calle Escudellers, 1962
Calle Escudellers, 1962. © Xavier Miserach

La vecina del 4º 4ª vivía en la zona de Escudellers desde que llegara, sola, a Barcelona en los años sesenta. Se abrió paso en la vida y sobrevivió de la mejor manera que pudo, lo cual le reportó la censura de la portera. La inquina entre las dos mujeres era legendaria en la escalera. Los vecinos éramos testigos de ciertas formas de boicot al más puro estilo 13, Rue del Percebe:  la vecina del 4º 4ª dejaba orinar al perro en el rellano de la portera para que esta tuviera que limpiarlo o, cuando nadie la veía, desperdigaba por el suelo de la portería el correo publicitario de los buzones que habían ido a parar a una papelera instalada junto a los buzones para comodidad de los vecinos –y que todos agradecimos porque así no había que subirse a casa la publicidad sobre lampistas, videntes, dentistas o supermercados, para después ser lanzada al cubo de basura de cada uno–.

Estas escenas cotidianas de la circunscripción de Escudellers durante los años 90 del siglo XX supusieron mi bautizo de la zona. El Barrio Chino se había llevado la (mala) fama. Pero  lo salvó el barniz que la atracción por lo prohibido confiere a las cosas y, al final, les quedó un barrio muy literario. Jean Genet,  Terenci Moix, Vázquez Montalbán…  le regalaron algunas de sus mejores páginas de sus más estupendos libros.

Pero Escudellers –o Escudillers, como se escribía antes–  se quedó en el rango de barrio cutre. Hasta se le negó la Denominación de Origen y, a lo largo del tiempo, mucha gente se ha referido a él con etiquetas como «la zona de la parte baja de la Rambla», que es como decir aquello que decía Francisco Candel de Donde la ciudad cambia su nombre. Mis referencias sobre la literatura generada por esa zona solo alcanzan a André Pieyre de Mandiargues, en Al margen;  Sergio Pitol, en Diario de Escudillers;  y la puntual referencia de Juan Marsé al bar Saint-Germain-des-Prés, en la calle Nou de Sant Francesc, en su novela Últimas tardes con Teresa –y cuya propietaria, allá por los años sesenta, qué coincidencia, se llamaba Encarna–.«¡Encarna! –llamó Teresa, levantándose–. Una ginebra Giró y un vaso de leche», refería Marsé.

Escudellers siempre ha sido una calle incomprendida porque ha ido a destiempo. Demasiado avanzada a veces y demasiado anclada en el tiempo otras. Su boom en el ocio de la ciudad se produjo cuando el Barrio Chino ya no daba más de sí y la degeneración era ya más ancha que sus estrechas calles.  Sobre todo, a partir del momento en el que Barcelona se convertía en un puerto más de los Estados Unidos de América pero a miles de kilómetros de distancia. Con la llegada de los marines, la calle se fue adecuando a los usos y necesidades de estos y la zona se fue llenando de un ocio de nightclubs, más acorde a los tiempos. Se trataban de diversiones  y de interiores de bar norteamericanos que los hosteleros de la ciudad imitaban de algunas películas, con sus bares de barras americanas, sus whisky, sus Coca-Colas y su rock and roll en las máquinas de discos.

Sereno en la calle Nou de Sant Francesc, frente al restaurante Los Caracoles, 1962. © Xavier Miserach
Sereno en la calle Nou de Sant Francesc, frente al restaurante Los Caracoles, 1962. © Xavier Miserach

Al otro lado de las Ramblas, el Barrio Chino aún resistía como representante del ocio más afrancesado con meublés y salas de fiestas con nombres con sabor a otras ciudades y a otras épocas, como Madame Petit o Bodega Bohemia. Restos de los tiempos de la Belle Époque y de los locos años veinte. De cuando París era la modernidad.

Pero en la calle Escudellers los establecimientos respondían a nombres como Bar Kentucky, Kit Kat, New York, Cosmos… y anticipaban un nuevo mundo, lleno de peinados alzados y de películas norteamericanas en tecnicolor. Otra manera de vender lo mismo, pero desde otra modernidad.

Solo en Escudellers podría darse un caso como el de la hostilidad entre la portera y la vecina del 4º 4ª, porque Escudellers tuvo su pasado esplendoroso  –el barrio acogía a la burguesía catalana antes de que las murallas de la ciudad cedieran, dispersándose Plaza Cataluña hacia arriba y hacia los laterales– y seguía conservando a algunas porteras y también a algunas señoras que habían ayudado a que los marines se lo pasaran mucho mejor en Barcelona durante su servicio militar.

La vecina murió hace algunos años y la portera se jubiló. Actualmente, la escalera necesita un par de capas de pintura con urgencia. Tarde o temprano, tendrán que pintar. Hace como diez años que el proceso de descascaramiento continúa su implacable proceso. Cuando eso ocurra la palabra BOTA y la historia que la generó desaparecerá, como desaparecieron sus protagonistas, el Bar Heaven o el Colmado Antolín, que abastecía a todo el barrio. De la misma manera como acaban algunas cosas, bajo otra nueva capa de pintura y con un «arréglate que nos vamos».

Mujeres de Nueva York. © Diane Arbus
Mujeres de Nueva York. © Diane Arbus

El poeta Frank O’Hara se viste para salir

El poeta Frank O’Hara se viste para salir. Saca una de sus impecables camisas blancas del armario, se la pone e introduce los faldones de la misma dentro del pantalón. Se ajusta el cinturón y pasa la horquilla de este por el tercer agujero. Nota que ha adelgazado un poco.

Ha quedado en el 5 Spot con Grace Hartigan, que le dibujó una portada maravillosa hace un par de años para una edición limitada de Meditaciones en una situación de emergencia. También se pasará por allí Larry Rivers,  amante intermitente de O’Hara desde comienzos de los cincuenta. En 1954 Larry lo pintó desnudo y con botas  en su casa de Southampton y lo tituló así. O’Hara desnudo con botas. El cuadro ahondó la leyenda de O’Hara como amante y como  personaje  interesante –son los ojos de los demás los que nos eternizan– y, además, lo convirtió en icono gay.5.O'Hara Nude with Boots, 1954. Copyright Larry Rivers Foundation

Frank O’Hara es de esos poetas sociables y extrovertidos. Todo lo contrario que James Schuyler, un misterio para sus amigos. Frank sale casi cada noche y convierte a estas en una extensión en blanco y negro de sus días, todos repletos de gente, planes, citas… Después, escribe poemas sobre ellos. Crónicas de la vida en el Nueva York de su tiempo. O’Hara sale, suda, bebe, ama, fornica… Cada verbo es una experiencia que no está dispuesto a perderse.

En el 5 Spot –un par de horas después al momento en el que se ajustara el cinturón–, O’Hara y sus amigos se sentarán, como siempre, en la mesa del fondo; la del rincón derecho, según se observa el local desde el escenario. Se encontrarán, más o menos, con las mismas caras. Como en todos los bares, hay tres tipos de clientes: los habituales, los que van de vez en cuando y los que pasan por allí una vez para ver qué se cuece y no vuelven más. Quizás se encuentren esa noche fortuitamente a John Ashberry, Willem De Kooning o a Allen Ginsberg… Quién sabe por sabe por dónde andará cada cual…

O’Hara se levantará para ir al servicio y se detendrá un momento en la barra. Cogerá una servilleta y le pedirá prestado un bolígrafo a uno de los camareros para anotar algo que se la habrá ocurrirido de repente. Lleva todo el día anotando versos. Por la mañana escribió un poema, a propósito de la muerte de Billie Holiday, en un café sin nombre de la ciudad: «y pido como por casualidad un cartón de Gauloises y un cartón / de Picayunes, y un New York Post con la cara de ella / y para entonces estoy sudando cantidad y me acuerdo / apoyado en la puerta de los lavabos en el 5 Spot / mientras ella susurraba una canción en el teclado / para Mal Waldron y todo el mundo y yo conteníamos el aliento».

Frank O’Hara está apurando el 18 de julio de 1959 y aún no sabe que su propia muerte no tardará demasiados años en sorprenderlo disfrazada de absurdidad. Un buggy lo atropellará el 24 de julio de 1966 en la playa de Fire Island –una especie de Sitges de la Costa Este–, en New Jersey, y morirá al día siguiente.

Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O'Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).
Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O’Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).

Tras haber orinado en los mismos lavabos que aparecen en sus versos, de vuelta a la mesa, con el poema anotado en la servilleta guardado en el bolsillo derecho de su blanca camisa, se preguntará por un par de jóvenes a los que hace tiempo que no ve por allí. El chico era guapo, con un perfil que enamoraba. Él le gustaba lo bastante como para haberse presentado a sí mismo cualquiera de esas noches en las que habían coincidido. Pero nunca hablaron. Él y su amiga parecían demasiado concentrado en ellos mismos y O’Hara no quería molestar. La chica tenía pinta de artista, aunque no podría precisar si pintaba, escribía, actuaba… Ambos tenían aspectos de novatos en Nueva York. De encontrarse un poco perdidos. Solía verlos siempre juntos. Solos. Una de esas noches los había visto un poco tensos. Sobre todo a él. «Chris», le pareció escuchar que lo llamaba su amiga.

«Y es que la gente va y viene», se dice O’Hara a sí mismo en voz alta en el mismo instante en el que su trasero aterriza cansadamente en la silla de madera.

-Oye, Frank. ¿Por qué no cambiamos de lugar? Me estoy asando –dijo Larry.

-¿Damos un paseo? –contesta Frank

-¿Puedo ir con vosotros? –pregunta Grace.

-Claro. Busquemos algo más adecuado para este calor –contesta O’Hara.

El sudor de las axilas empapa la blanca camisa y crea un sutil cerco más oscuro. Está contento. Los poemas de su siguiente libro, Second Avenue van saliendo fácilmente y le gusta el dibujo que Larry ha hecho para la portada. Tiene en mente publicar ese mismo año Odes, compuesto por poemas de 1957-58. Seguramente el libro empiece con aquel poema  de 1957 titulado  Ode on Causality, dedicado a Jackson Pollock: «Hay un sentido de la coherencia neurótica/usted piensa tal vez la poesía es demasiado importante y le gusta así…».

Después, escribirá algunos libros más y le llegará la muerte.

Frank O'Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.
Frank O’Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.

Los años seguirán su goteo. Y la poesía de Frank O’Hara recorrerá toda la segunda temporada de Mad Men, en 2008. Sus poemas serán el papel de celofán perfecto para envolver a algunos personajes de la serie que se buscan a sí mismos tras haber escondido sus propias miserias detrás de las cortinas.

Frank o’Hara es el poeta perfecto para el desequilibrio, el devaneo y de la deriva urbana. Frank o’Hara vestía las camisas más blancas que he visto llevar  a un poeta.

Frank O'Hara y Larry Rivers.
Larry Rivers y Frank O’Hara.
Frank O'Hara y Larry Rivers en la casa de este en Southampton
Frank O’Hara, Larry Rivers y algunos amigos en la casa de Rivers en Southampton