Las claves del pulp (lésbico) de los años 50 y 60 a través de sus portadas

Me gusta pensar que una sociedad se puede analizar a través de las portadas de sus libros, que sus elementos gráficos la ilustran y, además, iluminan sus rincones. Por ello, es fascinante observar los códigos morales de los años 50 y 60 del siglo XX a través del lenguaje visual de las portadas pulp.  Desde el inicio del pulp –heredero de las dime novels, novela de diez centavos, del siglo XIX–, a principios de los años 20, el número de publicaciones de este tipo alcanzaron cifras astronómicas, y sus portadas debían competir entre ellas para acaparar la atención del comprador. Iconos de la cultura popular, villanos que atemorizan a damiselas, femme fatales tentando a pobres diablos que –sabes– caerán en sus redes y eso será su perdición… Elementos gráficos, todos ellos, que intentaban atraer al potencial lector resumiendo en pocos rasgos el argumento de sus historias –aunque todas ellas fueran realmente muy parecidas–.

Perfume and Pain. Portada de Robert A. Maguire
Perfume and Pain. Portada de Robert A. Maguire

Nos centraremos, sobre todo, en las cubiertas producidas a mitad del siglo XX –entre 1955 y 1969–, porque fue durante esa época en la que se desarrolló el pulp lésbico (la otra variante de pulp destinado al público homosexual), aunque estas se publicaran hasta bien entrados los años 80.

A pesar de que existían muchos elementos y claves comunes, y es verdad que la mayoría de cubiertas se parecen entre sí, a lo largo de esos años destacaron algunos ilustradores que supieron imprimir su propio estilo y que sobresalieron en la ilustración de ciertos temas. A algunos de estos artistas se les recuerda por su maestría. Por ejemplo, al sensual Robert A. Maguire –un maestro dibujando seductoras mujeres–, que produjo unas 600 ilustraciones para los varios géneros del pulp; James Bama, de estilo fotorealista, especializado en novelas del oeste y en ciencia-ficción; o Clark Hulings, quien quizás cubrió más variedad de estilos que los dos anteriores…  En España destacaron, entre muchos otros, José Luis Macías Sampedro, Boixcar (ilustrador e historietista), Isidre Monés, Segrelles, etcétera.

El artista recibía el siguiente encargo: concentrar un emocionante, y muchas veces tórrido, universo en 10,5 cm x 15 cm. Esas eran las medidas de la portada. Colores estridentes, ilustraciones sugerentes e impactantes frases de reclamo servían para realizar dicho encargo. Muchos artistas encontraron en estas portadas y en la floreciente industria del pulp una atractiva fuente extra de ingresos, al igual que muchos escritores. El volumen de trabajo era de órdago, y para muchos de ellos representó una práctica forma de asegurarse un sueldo y dedicarse de forma cómoda a otros menesteres artísticos más arriesgados pero menos lucrativos.

Olivia. Portada de Robert A. Maguire.
Olivia. Portada de Robert A. Maguire.

Cada género, dentro del pulp, tenía sus propias reglas y su iconografía moldeada a base de los éxitos de venta. Por ejemplo, las novelas bélicas mostraban a hombres fuertes y rudos, a veces descamisados, tras el fragor de la batalla; las novelas del oeste incluían carromatos que atravesaban áridos desiertos o escarpados desfiladeros del lejano oeste; las novelas de la serie negra retrataban a hombres de aspecto sospechoso que se escondían entre las sombras que proyectan las ciudades o que acababan de realizar alguna fechoría…

En el caso del pulp lésbico, las ilustraciones aglutinaban las características y las claves que la industria del pulp transmitía a una sociedad todavía muy sacudida por el macartismo y la persecución a comunistas, homosexuales y a cualquiera que supusiera un peligro para el modelo de vida que proponía el American Way of Life. En estas portadas, eran muy comunes las mujeres ligeras de ropa seducidas por otras mujeres con caras de mala o pinta de camioneras –butches– que incitaban al pecado a angelicales chicas.

Beebo Brinker, de Ann Bannon (la "reina del pulp lésbico").
Beebo Brinker, de Ann Bannon (la «reina del pulp lésbico»).

Cuenta Ann Bannon, la reina del pulp lésbico, que «los hombres interpretaban las portadas de forma literal, atraídos por las escenas de mujeres semidesnudas en un dormitorio, y las mujeres interpretaban las portadas de forma irónica: dos mujeres mirándose o una mujer de pie y otra en la cama, con las palabras clave strange (extraña) o twilight (crepúsculo), que significaba que el libro tenía contenido lésbico».

Sin embargo, en las cubiertas de pulp lésbico de Robert A. Maguire, las mujeres rara vez tenían aspecto masculino. Todo lo contrario. Su arte escapaba de los estereotipos en los que una lesbiana debía ser camionera, aunque esto se debiera a una respusta a la expresión de la fantasía sexual masculina. Además, Maguire solía incluir una rubia y una morena, para ampliar el espectro de gustos.

La diferencia argumental respecto al pulp generado para hombres homosexuales se traducía en que las historias del pulp lésbico solían ser más románticas y hablaban de amores imposibles ambientados en campus universitarios, cárceles de mujeres…

Degraded Women. Portada de Robert A. Maguire
Degraded Women. Portada de Robert A. Maguire

Las ilustraciones se apoyaban en textos igualmente atrayentes. La moralidad de la época convertía estas relaciones ilícitas en escandalosas y malsanas, y por eso se utilizaban adjetivos como twilight (crepúsculo), odd (raro), strange (extraño), shadows (sombras) y queer (marica, extraño, etcétera) en los títulos. Es el caso de I prefer girls: «Un extraña historia de amor crepuscular, celos y odio» , donde una mujer yace en la cama a la espera de otra no menos despampanante mujer que está a punto de hacer el salto del tigre sobre ella; Young and Innocent: «Fueron amantes crepusculares en un mundo entre sexos»; Perfume and Pain: «No conocía ningún deseo excepto por otra mujer»; Degraded Women: «No hay hombres en una prisión de mujeres pero esta está llena de sexo. Laura aprendió esto de la manera más dura, como las lobas lesbianas comenzaron a acecharla»; u Olivia: «La historia de una amor cuyo nombre no se osa pronunciar».

En España tuvimos novelas de a duro. Y su temática era del oeste, ciencia ficción, bélico, suspense, detectives y novela romántica. Pero nunca nos llegó el pulp lésbico por cuestiones obvias. El esplendor de este género se desarrolló en Estados Unidos desde mediados de los años 50 a finales de los años 60 del siglo XX. En España, en esos momentos la censura moral, religiosa y política de la dictadura franquista impedía que cualquier publicación con contenido homosexual saliera a la luz  –si hasta una ley prohibía a dos hombres tomar juntos una habitación en una pensión o un hotel…–.

Pero siempre nos quedarán esas portadas, retazos de la cultura popular, resumiendo de manera chillona todo lo que aquella época representó, y sirviendo de vistoso material para otra enésima revisión vintage.

Dead Sure. Portada de James Bama
Dead Sure. Portada de James Bama

 

The Tiger's Wife. Portada de Clark Hulings.
The Tiger’s Wife. Portada de Clark Hulings.

«Fantasías animadas de ayer y hoy»: el jazz de la infancia

Una bota de cordones ondulantes se contraía y se alargaba, saltando por toda la casa, a la vez que ejecutaba una saltarina coreografía y, a su lado, una tetera emitía sus vapores a toda porcelana –a falta de pulmones–. De pequeños, teníamos los clubs de jazz en el comedor y/o en el salón de casa. Eso dependía de cada casa. Y los clubs se llamaban Primera Cadena y UHF. Gracias a ellos, casi todos los de mi generación sabemos ahora relacionar aquello de «Fantasías animadas de ayer y hoy» con las mentiras con las que, después, nos sedujo la vida.

Sin yo saberlo, me acostumbré al jazz y a los musicales de Broadway gracias a los Silly Simphony, los Merrie Melodies y los Looney Tunes, los créditos de Don Gato y su pandilla o Los Picapiedra, entre muchos otros. Ni siquiera me daba cuenta de que veía esos dibujos en blanco y negro –la tele en color llegó bastante después a mi casa–; y la música tampoco era en estéreo y, mucho menos, en High Fidelity. Comparados con los que se hacen ahora, eran dibujos animados imperfectos, mutilados, y que, sin embargo, han sabido aguantar mucho mejor en el recuerdo que otros con más y mejores medios técnicos. A través de esos dibujos animados, algunos aprendimos que el jazz era la música de los negros y también la de los blancos marchosos. Clean Pastures (1937), que transcurre en Harlem, es un ejemplo maravilloso y allí el cielo se llamaba «Pair-O-Dice» (par de dados) y los ángeles cantaban jazz.

Ver vídeo de Clean Pastures (1937):

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Clean Pastures (1937)

En Music Land (1935), la Isla del Jazz y la Tierra de la Sinfonía se enzarzaban en una desquiciada batalla musical lanzándose corcheas y semicorcheas y un saxofón se enamoraba de un violín vestido de mujer; al final todo se arreglaba y los instrumentos bailaban sobre el Puente de la Armonía.

Ver vídeo Music Land (1935):

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Music Land (1935)

Pero, para mí, el más especial de todos estos dibujos animados es Three Little Bops (1957), donde a los tres cerditos se les iba el santo al cielo en los clubs tocando bebop por las noches hasta que aparecía el lobo feroz con su trompeta y les estropeaba la diversión. A punto estuvieron de echarse «a la carretera» y todo esos cerditos para perder de vista al lobo.

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The Three Little Bops (1957)

Ver vídeo The Three Little Bops (1957).

No puedo dejar de asociar el jazz de mi infancia a una tetera que lanza vapor, a un saxofón que camina solo, a unos personajes de dibujos animados en blanco y negro… Es, por tanto, un jazz visual. Y justo por eso me es imposible dejar de imaginarme a mí misma caminando por las calles de Nueva York cuando escucho a Thad Jones, dejar de ver los humeantes clubs de jazz que aparecen tras las primeras notas del piano de Charles Mingus o sentirme, en pleno año 1955, en la cola de un cine en Times Square esperando ver El hombre del brazo de oro. Y es que, a muchos como yo, el jazz nos entró también por los ojos…

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¡Eso es todo, amigos!

 

El siguiente vídeo recopila algunos títulos donde Cab Calloway, Louis Armstrong, Cats Waller, Louis Prima y otros son convertidos en personajes de dibujos animados. Dura 18:30 minutos, pero, desde luego, vale la pena verlo: Jazz e cartoons.