Dos crónicas sentimentales sobre Barcelona

Mario Arturo me habló de la Guía secreta de Barcelona (1974), reeditada en 1982 como Nueva Guía secreta de Barcelona, de Josep Maria Carandell. El libro estaba descatalogado hacía años y no me había preocupado en buscarlo. Pero el muy loco lo compró a un coleccionista en Internet y me envió su secreto por sorpresa porque decía que me serviría para mis novelas sobre las Barcelonas perdidas. Muchas gracias, grande.

La guía de Josep María Carandell se ha convertido –junto a Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996)– en uno de mis lugares preferidos donde rastrear anécdotas y antiguos nombres de calles de Barcelona. También me han constatado que cada época ofrece a sus barrios la ración correspondiente de personajes pintorescos, que representan la misma locura, la misma excentricidad, pero vestidas de manera diferente. Y es que estos personajes cambian de nombre y de aspecto con la frecuencia con que la Historia cambia de años.

Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell
Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell

 Carandell dijo en una entrevista: «Nuestra generación –la de Marsé, Vázquez Montalbán, etcétera– se encontró con un país tan oficial que no nos quedó otro remedio que buscar el país no oficial». Y Carandell se dedicó a buscar al margen un país imaginario que le infundiera la vida que la dictadura le había desmochado. Su guía de Barcelona habla de muchos rincones curiosos de la ciudad, pero a su autor se le nota rápidamente la predilección por la Barcelona de los bajos fondos.

También dijo, en otra ocasión, que esta guía había sido su «aportación generacional a obras como El circo, de Juan Goytisolo, o Las afueras, de Luis Goytisolo. No se trataba de descubrir una realidad social, sino de buscar lo extraño y personajes raros. Éramos niños de Acción Católica, pijos de casa bien que queríamos compensarlo».  Me doy cuenta de que esta es una guía letraherida, y que quizás la ciudad y las gentes que Carandell retrata son sobre todo una crónica de personajes potencialmente literarios, en lugar de un registro de personas reales. A su autor se le nota rápidamente la admiración que tenía hacia esos lugares y la profunda psicología con que observaba a esas «extrañas» gentes. Sobre todo,  Carandell parece comprenderlos en su desvarío y se siente su querencia por esa parte de la ciudad que solo se la conoce si se la observa con cariño y atención.

Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar
Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar

En Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996) el enfoque es diferente. Villar evita la deriva urbana y va directo a lo que le interesa: los llamados «bajos fondos». En este libro hay pasión y sentimiento por la Historia, por la cultura popular, por la vida que palpita frente a los ojos de quien la observa. Además, esta crónica –que se desborda y, en la monumentalidad de la documentación rescatada de archivos y de fuentes gráficas, llega hasta otros barrios, como la cercana calle Escudellers y alrededores– es un canto a otras maneras de vivir. Paco Villar prescinde de juicios morales. Al contrario que a Carandell, las personas que formaron parte de la Historia de esa zona, no le parecen ni raros ni extraños. Villar los utiliza como testigos cargados de una valiosa información. Y se limita a rescatar exhaustivamente ese trozo de la Historia de Barcelona.

Siempre me ha parecido muy injusto cómo Barcelona ha tratado –y continúa tratando– a ciertos barrios solo porque en ellos vive gente con «menos posibles» o, si queremos, gente pobre. A los barrios más alejados del centro es fácil obviarlos y hacer como si estos no existieran. Pero el Raval y ciertas zonas del Barri Gòtic, en pleno centro, son dos inconvenientes para esta ciudad. El ayuntamiento se olvida de que en esos barrios aún vive gente que son parte de la Historia y la cultura de esta ciudad; ancianas que podrían pasarse horas explicando anécdotas del barrio, de la guerra civil… y que nunca recogerán los libros de Historia; vecinos que explicarían mil detalles interesantes de la zona y que cuando ellos mueran desaparecerán de la memoria colectiva para siempre; de sus tiendas históricas; del hotel Falcón, en la Rambla, 32, ocupado durante la guerra civil por el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) para alojar a los milicianos que volvían del frente y que ahora es la biblioteca pública del barrio; de las pequeñas industrias que a finales del siglo XIX y principios del XX fueron importantes motores económicos para esta ciudad, de las gentes que trabajaron en ellas y que, gracias a su esfuerzo, esta ciudad ha llegado a ser lo que hoy en día es.

Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.
Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.

Las autoridades han convertido estos lugares en un parking para turistas, y se han limitado a extender autorizaciones firmadas para abrir horripilantes bazares de souvenirs con nombres pseudocatalanes pero con propietarios llegados dese la India o Pakistán, bares-abrevadero para continuar con la juerga y hoteles donde dormir la mona.

Dejemos eso a un lado y continuemos con las guías interesantes sobre la Barcelona secreta y al margen, aunque alguna gente se empeñe en etiquetar como «secretos de las ciudades» aquellos lugares no demasiado concurridos o aquellas anécdotas no demasiado conocidas de las mismas. Es la injusticia del famoseo. Si la pequeña ermita de San Cristóbal, en la calle del Regomir, no es tan famosa como el último –y espantoso– hotel con forma de navío inaugurado en la ciudad, no es porque ella se esconda a los ojos de los ciudadanos. Es que a la mayoría de los ciudadanos les resbala la verdadera historia de su propia ciudad. Motivados, en parte, por el tratamiento que el ayuntamiento potenciado hacia ellos, muchos barceloneses han desarrollado una alergia a las capas de óxido que revisten los lugares antiguos de la Ciudad Condal. El brillo de lo nuevo nos ciega y no nos deja contemplar lo que ya existía. «Lo viejo es cutre», dirán algunos. Y encontrarán más belleza en pasear entre las atestadas terrazas del Maremagnum que entre las estrechas callejas del Raval, Poble Sec o del Barrio Gótico.

Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol.
Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol (junto a Passatge Escudellers)

Guías de lugares curiosos y de anécdotas de Barcelona hay muchas –por ejemplo, la igualmente célebre Barcelona pam a pam–, de Alexander Cirici, Banys; así como crónicas sociales, muchas de ellas servidas por el historiador Manuel Huertas Clevería. Y no nos olvidemos de los centenares de blogs dedicados a rescatar la historia más oculta y olvidada de Barcelona, donde periódicamente sus autores nos regalan y comparten información, muchas veces testimonios directos de vecinos –que incluso aportan las fotos de sus álbumes familiares–, de la historia común de esta ciudad, como los interesantes Bereshit o Cosas de Absenta, entre muchos otros.

Niños jugando en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.
Niños en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.

La «baronesa del jazz» y Thelonious Monk escapan en un Bentley plateado

Terminé de leer El perseguidor, el cuento de Cortázar, y fue como haber visto las dos caras de la luna tras una cortina de lluvia. Porque no paraba de llover. Esa primavera –que en realidad es esta y todas las que son como esta– no paraba de llover. Yo investigaba sobre la llamada «Baronesa del jazz» o«Baronesa del Bebop», aunque también habría podido recibir los motes de la «Baronesa del Hard bop», la «Baronesa del Free jazz»… Y así hasta el momento de su muerte, el 30 de noviembre de 1988. Porque Pannonica de Koenigswarter, una Rosthchild desheredada con nombre de mariposa, pasó 35 años de su vida inmersa en múltiples correrías nocturnas por los clubs de jazz de Nueva York. Tras llegar a la última palabra  del cuento de Cortázar, me di cuenta de que, hasta entonces, toda la información que había leído sobre ella estaba dedicada a resarcirla de una deshonrosa y oscura mala fama, adquirida solo porque había ejercido su derecho a vivir como le había dado la gana. El libro y el documental de su sobrina-nieta envolvían a Nica, como era conocida por sus allegados, de misterio, solemnidad y, casi, santidad. Su pariente la describía como la baronesa que ayudaba, tanto económica como anímicamente, a los cats –como se llamaba en argot a los tipos negros del jazz–, muchos de ellos, con infinitas penalidades: problemas con las drogas, depresiones, apuros económicos…

Pannonica de Koenigswarter
Pannonica de Koenigswarter

Nica pertenecía a  la rama británica de los Rothchild, y su nombre fue eliminado de todos los testamentos de la familia por haber abandonado a su marido, diplomático francés en México, y a sus cinco hijos a principios de los años cincuenta del s.XX. Lo dejó todo tras haber escuchado Round Midnight, de Thelonious Monk, en casa de una amiga, durante una escala en Nueva York. Poco después volvió a la Gran Manzana para quedarse y buscar en ella ese tipo de jazz.

Cuanto más sé de la baronesa, más me parece la suya una de esas existencias vividas a impulsos, como en la anarquía de las jam sessions. Improvisando. Dándose topetazos contra las paredes, girando en las esquinas equivocadas, resbalándose en el asfalto mojado y aterrizando de culo o, peor, apoyándose en el codo derecho al caer –ay, qué dolor– por caminar demasiado veloz y sin cuidado. Los días de lluvia nos deberían crecer ventosas en las plantas de los pies y en el corazón, porque a veces este se tira él solito al suelo.

A partir de su traslado a Nueva York, la de Nica fue una de esas vidas sin ventosas, sin agarraderas. Salía de noche en pandilla con los cats , los llevaba en su Bentley plateado a cualquier lugar donde a estos les saliera un bolo, retaba a carreras nocturnas a Miles Davis al volante de su coche en la Quinta Avenida, congregaba a numerosos músicos en las habitaciones que tenía reservadas en el Stanhope Hotel, fue acusada de posesión de marihuana –aunque en la versión de su sobrina-nieta esta pertenecía a Thelonious Monk y ella se autoinculpó para evitar que a él le retiraran el cabaret card sin el que no podría actuar en los nightclubs, y, sobre todo, se pasó la vida adorando a Thelonious Monk. Su sobrina-nieta asegura que el sexo no fue una cuestión importante en la relación que ambos sostuvieron desde el momento que se conocieron en París, en 1954. Que su adoración era platónica él estaba casado y tenía hijos.

Es posible. Pero pienso que hubiera sido mejor haber obviado ese comentario. Posiblemente Nica no necesitaba que nadie lavara su reputación. Adoraba a Thelonious Monk en público y en privado, en los clubs de jazz, en el interior de su Bentley y en cualquier lugar donde él se encontrara. Y a la baronesa –que había dejado todo atrás– poco le importaba ya lo que pensaran de ella y con quién la relacionaran. En todas las fotografías donde aparecen juntos, los ojos de Nica solo transmiten amor hacia Monk y poco nos importa si este fue correspondido o no.

Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan
Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan

Pero lo que me realmente me produce curiosidad es la inquina de Cortázar hacia esta mujer. Quizás la considerara responsable de la muerte de Charlie Parker, de suministrarle la droga que lo acabara matando. Sin embargo, era más que conocido que Parker se había enganchado a la heroína mucho antes de haberla conocido y que él solito se bastaba para abastecerse de las dosis necesarias que su cuerpo le exigiera. Me pregunto de dónde viene este furor contra ella y no contra otras amantes de Bird. Su animadversión me suena a celos de enamorado. De que siempre hay que culpar a una mala mujer de la desgracia de un gran hombre. También Monk murió en la Cathouse –una casa que Nica compró en New Jersey para poder ser definitivamente libre y donde este vivió los últimos nueve años de su vida–, llamada así porque en ella acogía a numerosos jazzmen y a multitud de gatos. Unas versiones dicen que 306 gatos, otras que 122… El número exacto da lo mismo. En su entierro, su mujer y Nica ejercieron de viudas del músico, con toda la naturalidad del mundo, sentadas codo con codo y recibiendo a dúo el pésame de los asistentes al funeral.

Nica y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.
Nica de Koenigswarter y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.New York, 1964. Fotografía: Ben Martin/Time/Life Pictures/Getty Images

Antes de todo eso, los cats habían acogido a Nica entre ellos de la forma más natural. Se dejaban querer y cuidar por esa mujer, que acudía con sus abrigos de pieles, sus perlas y sus largas boquillas, a la ronda de clubs de jazz del Village, el Bowery o Harlem. Cortázar, en cambio, la dibujó como la ávida amante de Charlie Parker y otros músicos negros. Fumadora de marihuana, promiscua, mantenida por su exmarido, sin más problemas que las quejas de los encargados de los hoteles donde se hospedaba al principio, hasta que se comprara la Cathouse.

Charlie Parker murió en las habitaciones que Nica tenía alquiladas en el Stanhope Hotel, mientras veía The Dorsey Brothers’ Stage Show, un programa humorístico de televisión. Las causas fueron muchas y, en realidad, se trató solo de una. Parker estaba ya hecho polvo tras años y años de adicción a la heroína. Murió con 35 años aparentando 60, según el médico que lo atendió en sus últimos momentos.

Nica era muy conocida en el entorno del jazz. Pero una gran desconocida para el resto de los mortales. Durante este tiempo hemos escuchado canciones de Sonny Clark, Kenny Drew, etcétera, con el nombre de Nica sin saber que fueron inspiradas por ella.

Ross Russell describió a Nica de esta manera en la biografía que escribiera sobre Charlie Parker:

«La baronesa Pannonica, a la que sus amigos llamaban Nica, era alta, entrada en carnes, y tenía la cara de un chaval crecido e incontrolable. Era irónica, chistosa, sincera y distraída, raramente capaz de acordarse de sus citas. Cultivada e intelectual, era también creativa, y pintaba telas extrañas utilizando diferentes materias: acrílicos, leche, whisky y perfume. Poseía una gran simplicidad y modales muy directos que hacían que la gente del jazz la estimara. Como mucha gente influida por la cultura francesa, la baronesa estaba fascinada por la escultura africana, la música afroamericana y la negritud. Vestía descuidadamente ropa comprada en las tiendas más caras. Su Rolls-Royce, al que llamaba la ‘paloma plateada’, y que conducía ella misma, sus pieles, joyas y su cajita de bolsillo de oro eran familiares en los clubs de jazz que había a lo largo de Broadway, en Harlem y en Greenwich Village».

Muchas piezas de jazz llevan su nombre por título como homenaje: Pannonica de Thelonious Monk; Nica’s Tempo, de Gigi Gryce; Nica, de Sonny Clark; Nica’s Dream, de Horace Silver;Tonica, de Kenny Dorham;Blues for Nica, de Kenny Drew; Nica Steps Out, de Freddie Redd; Inca, de Barry Harris; Thelonica, de Tommy Flanagan…

¿Por qué me pondrán tanto este tipo de vidas?

 

Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.
Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.

Barcelona a las puertas de los años cincuenta

Barcelona en postguerra 1939-1945. Una crónica fotográfica

Arxiu Fotogràfic de Barcelona / Del 19 de abril al 28 de septiembre.

La postguerra de Barcelona era morena. Tenía el color del tinte del blanco y negro de las películas fotográficas Kodak, de las sotanas de los curas, de las mantillas de las beatas, de los uniformes militares… Estaba llena de gente que levantaba el brazo, recto, para hacer el saludo fascista y despedir a los voluntarios de la División Azul, que partieron desde la Estación de Francia; de mujeres de oscuros ropajes con delantales blancos que confeccionaban abrigos para destinatarios tristes y, seguramente, del lado de los vencidos. En esa Barcelona 20.000 hombres tomaron juntos la comunión en el anteriormente llamado Paseo de San Juan; las masas adoraban al Cristo de Lepanto en la explanada de la catedral, a quien sacaron del santo templo lo justo para que la fragancia de la adoración colectiva y sometida lo bañara de eternidad.

Adoración del Cristo de Lepanto.- Abril 1944.- Fotografía: Pérez de Rozas
Adoración del Cristo de Lepanto.- Abril 1944.- Fotografía: Pérez de Rozas

Heinrich Himmler visitó la Ciudad Condal y se trajo con él su bandera con la cruz gamada, como si de su neceser personal se tratara –la higiene espiritual nacionalsocialista se aplicaba a las almas de algunos países de Europa–; las mujeres pobres volteaban hacia arriba las palmas de sus pequeñas manos frente a señoras pertrechadas de mantillas y rosarios, que solo tenían ojos para santos y vírgenes, pero ni un segundo de su mirada para el rostro que rogaba limosna y, de paso, servía para que los fotógrafos oficiales del Ayuntamiento de Barcelona inmortalizaran el contraste de uno de los pilares de aquella posguerra de hambre canina y de estraperlo.

Barcelona. Semana Santa, 6 de abril de 1939. Fotógrafo desconocido.
Barcelona. Semana Santa, 6 de abril de 1939.
Fotógrafo desconocido.

Me detengo en esa fotografía en concreto –la que me hace cuestionarme si debo juzgar o no el vuelo raso de la mirada de esa señora, que evitaba bajar la vista para encontrarse de frente con la realidad, con la pobreza–, la que hace que me pregunte por qué me afecta tanto, hoy en día, la indiferencia de la beata hacia la señora bajita que le ruega unas monedas. Y me reafirmo en la importancia y en la urgencia de continuar reflexionando sobre nuestra Historia no tan lejana, de ser conscientes de cómo sus consecuencias, aunque no queramos verlo, alcanzan con saña todavía a dos generaciones posteriores.
Las fotografías que acabo de ver fueron tomadas entre 1939 y 1945 por Pérez de Rozas y otros fotógrafos del Ayuntamiento de Barcelona, y muestran instantáneas de los momentos oficiales de la posguerra. El objetivo era configurar el muestrario visual que el nuevo régimen quería mostrar al mundo. Nada que ver con las fotografías con las que, pocos años después, Francesc Català-Roca tomara el pulso a lo cotidiano e inmortalizara al agente de la Policía Armada que patrullaba la Ciudad Condal a lomos de su caballo o al limpiabotas de la Gran Vía de Barcelona del 1954. Faltarían aún años para que la otra Barcelona –la que iba a trabajar, la que paseaba, la que piropeaba a las chicas en la vía pública…– comenzara a surgir de las cámaras de otros fotógrafos seducidos por los personajes anónimos que poblaban sus calles.

Salida de voluntarios de la División Azul _5 de julio de 1941.- Fotografía: Pérez de Rozas
Salida de voluntarios de la División Azul _5 de julio de 1941.- Fotografía: Pérez de Rozas

Salgo del Arxiu Fotogràfic de Barcelona –que se encuentra en uno de esos edificios grandes y viejos de la parte antigua de la ciudad que siempre me han parecido elegantes buques mercantes– pensando que ojalá todo el mundo fuera a ver esta exposición, que forma parte de otro proyecto general mayor que lleva por nombre Barcelona en posguerra, 1939-1945.  Y que  nadie debería perderse esas imágenes que muestran, a través de los actos para la recristianización del país, las visitas de oficiales de las autoridades franquistas, los lazos del régimen con la Alemania nazi y la Italia fascista, y la escenificación de la victoria franquista, el día a día de una ciudad que en pocos años pasó de ser rubia platino –al estilo de la Jean Harlow de los años 30– a teñirse del moreno de cantaora de copla.

Alma de Dios (Ignacio F. Iquino,1941)
Alma de Dios (Ignacio F. Iquino,1941)

Birth of the Cool, Miles Davis y una explicación innecesaria

El jazz de la década de los cincuenta disco a disco:

  1. Birth of the Cool, Miles Davis (grabado en 1949-1950/Publicado en 1954 y relanzado en 1957. Capitol Records)

La intención era otra bien distinta. La intención era comenzar a elaborar una lista de los discos de jazz más importantes de la década de los cincuenta, año a año, y explicar la importancia de cada uno de ellos. No quería que el texto sonara a sermón académico, así que le di bastantes vueltas a cómo emprender esa tarea. De tanto pensarlo, me estaba atrasando en mi propósito. Por suerte, como otras veces, me salvó la manía –o la necesidad– de literaturizar todo.

Y decidí empezar esta lista en la taberna japonesa de debajo de casa. Allí siempre sonaba jazz. Además, jazz del que me gustaba. Bebop, Hardbop… Un conocido que también vivía por la zona me había dicho que el propietario de la taberna también era disc jockey de jazz.

Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.
Uno de los momentos de la grabación de Birth of the Cool.

Bajé a cenar, como solía hacer algunas noches. La primavera estaba siendo especialmente voluble y había vuelto a refrescar, por lo que me decanté por uno de aquellos udones tan reconfortantes que preparaban en el Simpu, que así se llamaba la taberna.

Entré, saludé al camarero –japonés auténtico, no como en otros restaurantes pretendidamente japoneses donde quienes atienden son camareros chinos– y me senté en una de las dos mesas destinadas, también, a dos personas. Intenté identificar qué sonaba en aquellos momentos. Ni idea. Mi pasión por el jazz se queda en el deleite y la admiración. Pero soy incapaz de reconocer a los músicos si no se trata de alguno de los que suelo escuchar en alguno de mis discos, escuchados tantas y tantas veces.

Aquella noche, la elección de la música en el Simpu, como venía siendo habitual, era impecable. El disco que sonaba en esos momentos ayudaba a crear una atmósfera de novela de Murakami. Siempre he pensado que esa taberna de Escudellers es el mejor escenario para leer al novelista japonés.

El camarero se acercó para tomar nota de mi cena.

–Aún tengo que grabarte aquellos discos que te comenté. Los que compré en Los Encantes… –le dije. Sentía que le debía una explicación.

–Sí, no hay problema –contestó él.

–Ya. Pero como te dije que lo haría…

Miles Davis
Miles Davis

Apuntó mis udon y una copa de vino tinto. Sonrió y se dio la vuelta. Ya había notado de otras veces que el camarero no deseaba demasiada conversación cuando trabajaba. Ignoraba si eso se debía a que hablaba poco español, o simplemente no le interesaba hablar con la gente o porque esa era distancia con la que los camareros japoneses solían tratan a sus clientes.

El camarero volvió al poco con la copa de vino tinto.

–Lo que pasa es que tengo que conectar el tocadiscos al ordenador y los tengo instalados en diferentes habitaciones de la casa –insistí.

–No hay problema –repitió él.

–Ya, pero si prometo una cosa me gusta cumplirla –volví a insistir yo.

El camarero volvió a marcharse y decidí que lo mejor era concentrarme en escribir sobre Birth of the Cool, el disco de Miles Davis que marcó el inicio de un estilo y que representó su primera ocasión para liderar una banda.

La década de 1950 empezaba con la grabación de ese transcendental disco, que no se publicaría hasta 1954 y que sería relanzado en 1957 por la compañía Capitol Records. Birth of Cool se grabó los días 21 de enero y 22 de abril de 1949, y el 9 de marzo de 1950, en los estudios WMGM, en Nueva York, y representó el origen del cool jazz.

Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.
Portada de Birht of the Cool de 1957. Capitol Records.

De título más que prometedor, el disco contenía composiciones que advertían de los giros musicales de esa década. Algunos de los participantes en la banda de Davis para la grabación de este disco fueron posteriores representantes del anteriormente citado cool jazz, como Gerry Mulligan y John Lewis. Mulligan se trasladó a California y allí se unió a Chet Baker, donde colaboraron juntos en un cuarteto. Por su parte, Lewis sería el director de Modern Jazz Quartet, una de las bandas más destacadas de los años cincuenta y sesenta.

Sorprendentemente, después de la grabación de Birth of the Cool, Davis no volvió al cool jazz sino que quedó seducido por el hardbop –de estructuras armónicas– y, eventualmente, por el modal jazz –basado en improvisaciones en modos o escalas–, originado a finales de los años cincuenta y de gran repercusión en los sesenta. Dos ejemplos de la fascinación de Miles Davis por el modal jazz son Milestones (1958) y Kind of Blue (1959), así como las composiciones creadas por el cuarteto de John Coltrane de 1960 a 1964.

Aunque Birth of the Cool está considerado un distanciamiento del bebop por parte de Miles Davis, contiene aún sonoridades típicas de este estilo. Musicalmente, algunas de sus características son la instrumentación en parejas, sonoridades unísonas y una rica armonía. Al referirse a él, tiempo después, Miles Davis dijo: «Quería que los instrumentos sonaran como voces humanas cantando… y lo lograron».

Una de las influencias de Birth of the Cool, fue el trabajo previo de Miles Davis con Charlie Parker. Tras esta experiencia junto a Bird, Davis agotó todo lo que el bebop podía ofrecerle–. Por lo que  su encuentro con el pianista y arreglista Gil Evans –de mentalidad muy abierta y constante investigador de nuevos caminos en el jazz– fue providencial. Ambos se conocieron en 1947 y poco después organizaron la banda de nueve músicos necesarios para la grabación del disco, que en un principio estaba pensada para que Charlie Parker fuera el líder musical –pero este proyecto se frustró por el excesivo ensimismamiento de este con su propio trabajo– . A la trompeta de Miles Davis incorporaron instrumentos como el piano de John Lewis, la batería de Max Roach, la tuba de Bill Barber, el trombón alto de Lee Konitz… y aquello se convirtió, en definitiva, en un festival de sonidos.

Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948
Miles Davis, en el Royal Roost, con Charlie Parker en otoño de1948

Otra de las reconocidas influencias del disco fue el sonido de Claude Thornhill, autor del tema Snowfall –mil veces versionado–, que destacaba en la década de los cincuenta por sus interpretaciones musicales limpias y claras.

Birth of the Cool se interpretó en directo por primera vez en 1948 en el Royal Roost, y su acogida fue templadamente entusiasta. Para algunos reputados músicos y críticos lo que la banda de Miles Davis había interpretado en el club del número 1580 de la calle Broadway no era auténtico jazz. «[…] Es como si Maurice Ravel se pusiera a interpretar jazz», escribió el crítico de música clásica Winthrop Sargeant.

Sin embargo, la influencia a largo plazo de Birth of the Cool fue imparable. Y hoy en día nadie cuestiona que, además de reconocer que abrió las puertas del cool jazz, este disco fue una de las mejores grabaciones e interpretaciones de la historia del jazz del siglo XX.

Empezamos bien.