Peinados alzados en la calle Escudellers

Lo que parecía un desconchón en la pared era realmente la palabra PUTA transformada posteriormente en la palabra BOTA, seguramente por la portera, y dulcificada después por la indulgencia del tiempo en forma de borrón sobre el estucado.

La portera no se llevaba bien con la vecina del 4º 4ª y esta, en venganza por alguna antigua y absurda discusión, había tallado PUTA –seguramente con la llave, lo que resultaba aún más vulgar – frente a su portería. Una rivalidad que se remontaba a cuando el barrio era otra cosa y la segunda se dedicaba, según se encargaba de propagar la primera, al ancestral arte erótico que había dado fama a la zona cuando la eclosión de los marines a mediados de los años cincuenta.

La portera y la vecina trajinaban la portería del Pasaje Escudellers todo lo que el resto de vecinos nos absteníamos de hacer. Y se encargaban de darle la vidilla que siempre se espera que haya en una cosmopolita comunidad de vecinos, solo que ellas lo llevaban a cabo más galdosianamente.

Calle Escudellers, 1962
Calle Escudellers, 1962. © Xavier Miserach

La vecina del 4º 4ª vivía en la zona de Escudellers desde que llegara, sola, a Barcelona en los años sesenta. Se abrió paso en la vida y sobrevivió de la mejor manera que pudo, lo cual le reportó la censura de la portera. La inquina entre las dos mujeres era legendaria en la escalera. Los vecinos éramos testigos de ciertas formas de boicot al más puro estilo 13, Rue del Percebe:  la vecina del 4º 4ª dejaba orinar al perro en el rellano de la portera para que esta tuviera que limpiarlo o, cuando nadie la veía, desperdigaba por el suelo de la portería el correo publicitario de los buzones que habían ido a parar a una papelera instalada junto a los buzones para comodidad de los vecinos –y que todos agradecimos porque así no había que subirse a casa la publicidad sobre lampistas, videntes, dentistas o supermercados, para después ser lanzada al cubo de basura de cada uno–.

Estas escenas cotidianas de la circunscripción de Escudellers durante los años 90 del siglo XX supusieron mi bautizo de la zona. El Barrio Chino se había llevado la (mala) fama. Pero  lo salvó el barniz que la atracción por lo prohibido confiere a las cosas y, al final, les quedó un barrio muy literario. Jean Genet,  Terenci Moix, Vázquez Montalbán…  le regalaron algunas de sus mejores páginas de sus más estupendos libros.

Pero Escudellers –o Escudillers, como se escribía antes–  se quedó en el rango de barrio cutre. Hasta se le negó la Denominación de Origen y, a lo largo del tiempo, mucha gente se ha referido a él con etiquetas como «la zona de la parte baja de la Rambla», que es como decir aquello que decía Francisco Candel de Donde la ciudad cambia su nombre. Mis referencias sobre la literatura generada por esa zona solo alcanzan a André Pieyre de Mandiargues, en Al margen;  Sergio Pitol, en Diario de Escudillers;  y la puntual referencia de Juan Marsé al bar Saint-Germain-des-Prés, en la calle Nou de Sant Francesc, en su novela Últimas tardes con Teresa –y cuya propietaria, allá por los años sesenta, qué coincidencia, se llamaba Encarna–.«¡Encarna! –llamó Teresa, levantándose–. Una ginebra Giró y un vaso de leche», refería Marsé.

Escudellers siempre ha sido una calle incomprendida porque ha ido a destiempo. Demasiado avanzada a veces y demasiado anclada en el tiempo otras. Su boom en el ocio de la ciudad se produjo cuando el Barrio Chino ya no daba más de sí y la degeneración era ya más ancha que sus estrechas calles.  Sobre todo, a partir del momento en el que Barcelona se convertía en un puerto más de los Estados Unidos de América pero a miles de kilómetros de distancia. Con la llegada de los marines, la calle se fue adecuando a los usos y necesidades de estos y la zona se fue llenando de un ocio de nightclubs, más acorde a los tiempos. Se trataban de diversiones  y de interiores de bar norteamericanos que los hosteleros de la ciudad imitaban de algunas películas, con sus bares de barras americanas, sus whisky, sus Coca-Colas y su rock and roll en las máquinas de discos.

Sereno en la calle Nou de Sant Francesc, frente al restaurante Los Caracoles, 1962. © Xavier Miserach
Sereno en la calle Nou de Sant Francesc, frente al restaurante Los Caracoles, 1962. © Xavier Miserach

Al otro lado de las Ramblas, el Barrio Chino aún resistía como representante del ocio más afrancesado con meublés y salas de fiestas con nombres con sabor a otras ciudades y a otras épocas, como Madame Petit o Bodega Bohemia. Restos de los tiempos de la Belle Époque y de los locos años veinte. De cuando París era la modernidad.

Pero en la calle Escudellers los establecimientos respondían a nombres como Bar Kentucky, Kit Kat, New York, Cosmos… y anticipaban un nuevo mundo, lleno de peinados alzados y de películas norteamericanas en tecnicolor. Otra manera de vender lo mismo, pero desde otra modernidad.

Solo en Escudellers podría darse un caso como el de la hostilidad entre la portera y la vecina del 4º 4ª, porque Escudellers tuvo su pasado esplendoroso  –el barrio acogía a la burguesía catalana antes de que las murallas de la ciudad cedieran, dispersándose Plaza Cataluña hacia arriba y hacia los laterales– y seguía conservando a algunas porteras y también a algunas señoras que habían ayudado a que los marines se lo pasaran mucho mejor en Barcelona durante su servicio militar.

La vecina murió hace algunos años y la portera se jubiló. Actualmente, la escalera necesita un par de capas de pintura con urgencia. Tarde o temprano, tendrán que pintar. Hace como diez años que el proceso de descascaramiento continúa su implacable proceso. Cuando eso ocurra la palabra BOTA y la historia que la generó desaparecerá, como desaparecieron sus protagonistas, el Bar Heaven o el Colmado Antolín, que abastecía a todo el barrio. De la misma manera como acaban algunas cosas, bajo otra nueva capa de pintura y con un «arréglate que nos vamos».

Mujeres de Nueva York. © Diane Arbus
Mujeres de Nueva York. © Diane Arbus

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