El poeta Frank O’Hara se viste para salir

El poeta Frank O’Hara se viste para salir. Saca una de sus impecables camisas blancas del armario, se la pone e introduce los faldones de la misma dentro del pantalón. Se ajusta el cinturón y pasa la horquilla de este por el tercer agujero. Nota que ha adelgazado un poco.

Ha quedado en el 5 Spot con Grace Hartigan, que le dibujó una portada maravillosa hace un par de años para una edición limitada de Meditaciones en una situación de emergencia. También se pasará por allí Larry Rivers,  amante intermitente de O’Hara desde comienzos de los cincuenta. En 1954 Larry lo pintó desnudo y con botas  en su casa de Southampton y lo tituló así. O’Hara desnudo con botas. El cuadro ahondó la leyenda de O’Hara como amante y como  personaje  interesante –son los ojos de los demás los que nos eternizan– y, además, lo convirtió en icono gay.5.O'Hara Nude with Boots, 1954. Copyright Larry Rivers Foundation

Frank O’Hara es de esos poetas sociables y extrovertidos. Todo lo contrario que James Schuyler, un misterio para sus amigos. Frank sale casi cada noche y convierte a estas en una extensión en blanco y negro de sus días, todos repletos de gente, planes, citas… Después, escribe poemas sobre ellos. Crónicas de la vida en el Nueva York de su tiempo. O’Hara sale, suda, bebe, ama, fornica… Cada verbo es una experiencia que no está dispuesto a perderse.

En el 5 Spot –un par de horas después al momento en el que se ajustara el cinturón–, O’Hara y sus amigos se sentarán, como siempre, en la mesa del fondo; la del rincón derecho, según se observa el local desde el escenario. Se encontrarán, más o menos, con las mismas caras. Como en todos los bares, hay tres tipos de clientes: los habituales, los que van de vez en cuando y los que pasan por allí una vez para ver qué se cuece y no vuelven más. Quizás se encuentren esa noche fortuitamente a John Ashberry, Willem De Kooning o a Allen Ginsberg… Quién sabe por sabe por dónde andará cada cual…

O’Hara se levantará para ir al servicio y se detendrá un momento en la barra. Cogerá una servilleta y le pedirá prestado un bolígrafo a uno de los camareros para anotar algo que se la habrá ocurrirido de repente. Lleva todo el día anotando versos. Por la mañana escribió un poema, a propósito de la muerte de Billie Holiday, en un café sin nombre de la ciudad: «y pido como por casualidad un cartón de Gauloises y un cartón / de Picayunes, y un New York Post con la cara de ella / y para entonces estoy sudando cantidad y me acuerdo / apoyado en la puerta de los lavabos en el 5 Spot / mientras ella susurraba una canción en el teclado / para Mal Waldron y todo el mundo y yo conteníamos el aliento».

Frank O’Hara está apurando el 18 de julio de 1959 y aún no sabe que su propia muerte no tardará demasiados años en sorprenderlo disfrazada de absurdidad. Un buggy lo atropellará el 24 de julio de 1966 en la playa de Fire Island –una especie de Sitges de la Costa Este–, en New Jersey, y morirá al día siguiente.

Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O'Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).
Grace Hartigan, Larry Rivers, Frank O’Hara y Worcester en el Five Spot Café (Nueva York).

Tras haber orinado en los mismos lavabos que aparecen en sus versos, de vuelta a la mesa, con el poema anotado en la servilleta guardado en el bolsillo derecho de su blanca camisa, se preguntará por un par de jóvenes a los que hace tiempo que no ve por allí. El chico era guapo, con un perfil que enamoraba. Él le gustaba lo bastante como para haberse presentado a sí mismo cualquiera de esas noches en las que habían coincidido. Pero nunca hablaron. Él y su amiga parecían demasiado concentrado en ellos mismos y O’Hara no quería molestar. La chica tenía pinta de artista, aunque no podría precisar si pintaba, escribía, actuaba… Ambos tenían aspectos de novatos en Nueva York. De encontrarse un poco perdidos. Solía verlos siempre juntos. Solos. Una de esas noches los había visto un poco tensos. Sobre todo a él. «Chris», le pareció escuchar que lo llamaba su amiga.

«Y es que la gente va y viene», se dice O’Hara a sí mismo en voz alta en el mismo instante en el que su trasero aterriza cansadamente en la silla de madera.

-Oye, Frank. ¿Por qué no cambiamos de lugar? Me estoy asando –dijo Larry.

-¿Damos un paseo? –contesta Frank

-¿Puedo ir con vosotros? –pregunta Grace.

-Claro. Busquemos algo más adecuado para este calor –contesta O’Hara.

El sudor de las axilas empapa la blanca camisa y crea un sutil cerco más oscuro. Está contento. Los poemas de su siguiente libro, Second Avenue van saliendo fácilmente y le gusta el dibujo que Larry ha hecho para la portada. Tiene en mente publicar ese mismo año Odes, compuesto por poemas de 1957-58. Seguramente el libro empiece con aquel poema  de 1957 titulado  Ode on Causality, dedicado a Jackson Pollock: «Hay un sentido de la coherencia neurótica/usted piensa tal vez la poesía es demasiado importante y le gusta así…».

Después, escribirá algunos libros más y le llegará la muerte.

Frank O'Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.
Frank O’Hara en 1965. Fotografía de Mario Schifano.

Los años seguirán su goteo. Y la poesía de Frank O’Hara recorrerá toda la segunda temporada de Mad Men, en 2008. Sus poemas serán el papel de celofán perfecto para envolver a algunos personajes de la serie que se buscan a sí mismos tras haber escondido sus propias miserias detrás de las cortinas.

Frank o’Hara es el poeta perfecto para el desequilibrio, el devaneo y de la deriva urbana. Frank o’Hara vestía las camisas más blancas que he visto llevar  a un poeta.

Frank O'Hara y Larry Rivers.
Larry Rivers y Frank O’Hara.
Frank O'Hara y Larry Rivers en la casa de este en Southampton
Frank O’Hara, Larry Rivers y algunos amigos en la casa de Rivers en Southampton

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