Ya en tu librería preferida

‘La luz en su ausencia’ hubiera debido presentarse en la librería La Central, de Barcelona, el pasado 14 de abril. Debido a la actual situación de pandemia, aún no sabemos si aún será posible retomar las presentaciones del libro. Mientras tanto, mi última novela puede encontrarse en cualquiera de vuestras librerías favoritas y también en la web de la editorial Carpe Noctem.

‘La cápsula del tiempo’. Fotografías de Carmen Sánchez Escribano

Carmen Sánchez Escribano

Si observamos bien, todas las ciudades poseen diferentes capas cronológicas, cápsulas del tiempo que Carmen Sánchez Escribano detecta con su cámara y con las que nos transporta a un pasado aún reconocible para muchos de nosotros; captando, así, lo que de recuerdo de estos lugares comunes aún permanece en nuestra memoria. Su clic es el resorte de la memoria colectiva, de momentos contemporáneos en un decorado donde el tiempo es el concepto: el concepto de anacronía. 

Y todo ello desde la contemporaneidad, convirtiéndose esta anacronía en el lugar desde donde sus fotografías retratan el pulso individualizado de la ciudad, el día a día entre el gris cemento reflejado de individuo en individuo. Más que en paisajes urbanos, el objetivo de su cámara se centra, sobre todo, en personas que se relacionan con esta ciudad, cual islas sobre el asfalto, o consigo mismas, pero pocas de ellas interactúan con otras personas. Encontramos pocos grupos y, si los hay, sus integrantes parecen desatomizados, desgregados del bodegón humano que componen. Asimismo, las personas que contemplamos en sus fotografías poseen una razón para permanecer en ellas, pero nunca nos será desvelada porque las fotografías de Carmen Sánchez Escribano no muestran sino que transportan, del ojo de la fotógrafa al ojo del espectador, momentos íntimos. En la estela de Lissete Model, Helen Leavitt o Joan Colom, entre otros, Sánchez Escribano «hace la calle» en busca de ese maravilloso momento: paseantes solitarios, señoras ancianas que van a la compra, jóvenes que caminan con el aire de llegar tarde a una cita y, de reojo, se contemplan en el escaparate, señores que deambulan con el decorado urbano a sus espaldas…

Asimismo, observamos en la obra de Sánchez Escribano una atracción por los escaparates, elementos predominantes y sugerentes en todas nuestras ciudades. Sus fotografías son la simbiosis entre el reflejo y la persona reflejada. Y es que ciertos escaparates de algunas ciudades poseen la capacidad de ejercer de involuntaria cámara urbana, así como de expositor de vidas. Por ello, mercancías y personas se exponen paralelamente, engañando a los sentidos acerca de si es el individuo el que ofrece la razón de ser a un escaparate o es ese escaparate el que expone anónimos retazos de existencias. No nos referimos a los consabidos juegos de espejos, sino al escaparate como soporte fotográfico, al reflejo a través del reflejo, a las vidas a través de la propia vida. 

El reportaje con el que arranca la publicación de su serie Las ciudades, está dedicado, precisamente, a la ciudad de las ciudades: Nueva York. No podía tratarse de otra ya que es este lugar sinónimo de algunos de los elementos que caracterizan sus fotografías: anacronía, la ciudad como un inmenso escaparate, la continuidad entre asfalto y personas y, por último, el retrato de la individualidad extrema.

Algunas de las fotografías de Sánchez Escribano dan la sensación de tratarse de momentos robados, de que la fotógrafa espere agazapada tras la esquina para apretar con su dedo el botón disparador de la máquina y así componer un escenario ideal para sus instantáneas. A medio camino entre este punto voyeur y el del mero tránsito urbano, la serie que hoy se inicia con Nueva York continuará en los próximos números con París, Barcelona y Madrid. 

Esquina de mundo, Óscar Sotillos

Leí Esquina de mundo en el lugar adecuado, creo. En otra esquina de mundo, en la sierra granadina. Realmente, no a tanta distancia el uno del otro y no tan lejos culturalmente como podría parecer, rodeados ambos por restos arqueológicos que certifican la presencia de vida humana en el lugar desde tiempos inmemoriales. En nada se parecían los paisajes, pero tintineaban en la cercanía paradójicamente idénticos. Y poco tenían en común las costumbres de uno y otro lugar, pero no me resultaban en nada extrañas. Debe ser que la esencia de los paraísos rurales de verano alimentados desde la infancia fueron todos construidos con similar atrezo.

Esquina de mundo es un libro para leer despacio y viajar mentalmente. La atmósfera de Montejo de Tiermes, junto a las ruinas de una ciudad celtíbera de Soria donde transcurre este libro, es el viaje destilado por los sueños de un niño que al hacerse mayor viajó siempre llevando consigo el paraíso de la infancia en la retina y el gusto por describirlo en el paladar proustiano. Combray es Tiermes, y la sierra de Granada, y Barcelona, y cualquier lugar donde sus páginas sean leídas. Y es la curiosidad de un niño tatuada en la memoria: “Yo no sé si hace falta irse tan lejos, igual que tampoco sé si la Arcadia soñada se encuentra en el páramo soriano. Lo que sí sospecho es que para ver cumplidos los sueños hay que salir a buscarlos».

Quizás porque lo local sí resulta universal, quizás porque nuestra retina solo conserva una manera de mirar, la que transcurre a través de aquello que una vez atravesó su pureza, Óscar Sotillos salió a buscar sus sueños donde la curiosidad de adulto lo llevó a viajar; y allí, por sorpresa, encontró elementos comunes con su Montejo de Tiermes familiar. Por ello, Esquina de mundo es, como todo buen libro de memorias, un estupendo libro de viajes: geográfico y existencial. El escritor nos conduce de la India a Mongolia; de Portbou a Essaouira, en Marruecos; de Ibort, en el Pirineo aragonés, al Senegal; de Montejo de Tiermes a Barcelona en el viejo Changai -llamado así por el Shangai Express de la película donde sale Marlene Dietrich-, el tren que recorría los 1.331 kilómetros de Galicia a Barcelona por la antigua vía de Valladolid-Ariza, hoy desmantelada, y describe aquello que su atenta mirada descubrió años atrás, con la que creció y se hizo hombre, con la que años después volvió acompañado ya de su propia hija, alargándole la vida a la tierra –Raíces y ramas lleva por título uno de los últimos capítulos- y regalándole a su hija una patria para dudar -“Los laberintos son la patria de los que dudan”, escuchó el autor decir a Juan Goytisolo en un documental a propósito de las laberínticas callejuelas de Tánger, un símil que él aplicó a su páramo soriano, a su “paisaje primigenio que se multiplica hasta el infinito”-.

Sotillos
Óscar Sotillos y su hija en Sotillos de Caracena, Tiermes, Soria.

El autor transmite de maravilla la sorpresa, la curiosidad y el cariño por este fragmento de paraíso iniciático en tierras de Soria. Tanto que las páginas de este libro despiertan unas inmensas ganas de jugar a las Tabas, escuchar cantar la Tarara a los mozos del pueblo durante las fiestas patronales, conocer el castillo de Medinaceli, tocar la Huella del diablo de Peña Lagarto… De lanzarnos a la carretera y de vivirlo en primera persona tras haberlo experimentado en la lectura. Y es que: “El cemento es tan áspero que la tentación de imaginar paraísos naturales es demasiado poderosa. Es tan fácil dejarse llevar por la idea de que un día encontraremos un lugar en el mundo como en la película de Adolfo Aristarain, que la nostalgia se vuelve del revés y nos encontramos mirando hacia delante, atisbando entre las brumas un futuro más verde, más embriagador, hecho a nuestra medida”.

Otra Esquina de mundo que convertir en nuestra.

Óscar Sotillos, Esquina de mundo, Baile del Sol, Colección Dando Pata, 2016.

Montejo de Tiermes
Vista nocturna de Montejo de Tiermes, Soria.

Una temporada para silbar en «La casita del maestro»

Tuve la suerte de leer Una temporada para silbar cerca de una escuela rural -o escuela unitaria, como se la denomina en el lenguaje técnico académico- semejante a la que se describe en la evocadora novela de Ivan Doig. Una suerte que añadía a mi lectura un componente emocional que me llegaba por partida doble, desde el papel impreso y también desde la cercana realidad.

Tras casi cinco años de trasiego por mi retina -porque se encuentra en la zona del cortijillo donde pasamos algunas temporadas-, esta escuela rural, en cuya fachada aún puede leerse Escuelas Nacionales, ha producido ya algunos de los momentos más gratamente inesperados de mi experiencia emocional. No tantos como el protagonista de la novela de Ivan Doig pudiera coleccionar a lo largo de su vida, pero sí los suficientes como para que ya despierte en mí buenos recuerdos.

Al principio, solo fue de un interesante vestigio de otra época. Una muestra más que el destino nos colocaba delante de las narices para entender lo que había sido vivir en ese paraje, llamado así realmente en cartografía, siendo una niña o un niño sin agua corriente ni luz eléctrica en casa, pero con una escuela a algunos metros de donde se dormía y donde varios chaveas de varias edades, mezclados, compartían aula, profesor, horarios, bocadillos y peleas.

Colegio Los Arenales-Años 60
Escuela rural de la década de los años 60, s. XX (Loja, Granada).

La escuela, actualmente en desuso, es una construcción de los años sesenta del pasado siglo XX, y consta de una única aula, donde aún duermen el sueño eterno los pupitres, las sillas y la pizarra originales. Desconozco todo sobre la historia de esta escuela rural y, precisamente por ello, la imaginación se me dispara imaginando cómo fue estudiar allí. En una de las escasas veces que he preguntado sobre ella, alguien me informó que la valla que la circunda era necesaria -en respuesta a mi sorpresa por la existencia de esta valla justo en medio del campo- para que los chavales no se escaparan y volvieran a sus casas donde seguramente harían más falta para ayudar en las labores del campo o con los animales que quedarse allí y estudiar los ríos y los afluentes de España.

Adyacente a la escuela, una pequeña casa desempeñaba las funciones de habitáculo del profesor o la profesora de turno. En la zona, a esta se la conoce como “La casita del maestro” -¡igual que en la novela de Ivan Doig!- y se alquila actualmente como casa rural desde hace un par de años. Aunque conozco a sus próximos moradores y sé que la van a tratar más que bien, no sé en qué estará pensando el ayuntamiento para exponer su patrimonio histórico así como así sin protegerlo como merece.

Lo que de verdad me emociona de esta escuela es lo que representa como conquista de la Educación en un entorno rural, además del valiosísimo testimonio de cómo fue vivir en el paraje al que esta pertenece, actuando como elemento cohesionador de la vida social del mismo. Aún hoy, cuando los vecinos de la zona queremos hacer una reunión o una fiesta popular, continuamos acudiendo a “La casita del maestro”. Durante estos cinco años, allí he compartido las reuniones para aportar dinero para arreglar un poco los caminos de tierra, comido platos cocinados por mis vecinos en las verbenas organizadas por nosotros mismos, presenciado cómo se mataban algunas gallinas para el arroz popular del domingo, conocido a nuevas personas…

Según me han explicado, muchos de los cortijillos de esta zona de Granada pertenecían a colonos -como los de Montana, otra coincidencia tipo ‘Tan lejos, tan cerca’- a quienes les habían donado un trozo de tierra en el intento de dotar de vida esta sierra austera, de escasa población y terreno seco e irregular.

“Lo que me han pedido, o más bien ordenado, no es solo extinción forzosa de las escuelas unitarias. Con ellas morirán también los distritos rurales, que han venido batallando desde los días de la colonización para sacar adelante sus granjas y sus sembrados en las secas tierras de Montana. (Supongo que es lo ideal para que Billings se llene de gente y sus vendedores de coches hagan negocio.) Ya no habrá escuelas para que los niños estudien. No habrá escuelas para los bailes de los sábados por la noche. No habrá escuelas para el día de las elecciones, ni para las reuniones de las asociaciones de granjeros, ni para el club de jóvenes, ni para el concurso de bordado, ni para el torneo de canasta, ni para el grupo de lectura. Para ninguno de esos encuentros que son el pan y la sal de la comunidad ” (página 298).

Berneta, Ivan, and Charlie Doig in Montana; ranch life before the winter of '44
Berneta, Ivan y Charlie Doig en el rancho familiar, Montana. Foto tomada antes del invierno de 1944.

“En nuestra vida de granjeros los inviernos eran como los anillos de los árboles, circunferencias finas o gruesas que luego crecían hasta fijar un patrón en el recuerdo”. (página 213)

Un libro excelente. Y una escuela rural a la que, gracias a la novela de Ivan Doig, entenderé de otra manera y querré diferente.

Doig, Ivan; Una temporada para silbar, Libros del Asteroide, 2011, Barcelona.

Crónica de la tercera búsqueda de Federico García Lorca

Comencé a escribir sobre la tercera -y última- búsqueda de Federico García Lorca como si de un diario íntimo se tratara. Me pareció la manera más rigurosa de hacerlo y me propuse registrar día a día el avance de los trabajos llevados a cabo en el Peñón del Colorado, Alfacar, por el arqueólogo Javier Navarro en colaboración con el historiador Miguel Caballero. Esta vez se trataba de una iniciativa puesta en marcha por la asociación cultural Regreso con Honor tras haber recaudado unos 12.000 euros de fondos privados procedentes de España, Puerto Rico e Inglaterra. Primer tema espinoso antes de comenzar: España no cuenta con dinero público para realizar este tipo de trabajos y la ley de Memoria Democrática no dispone de ningún tipo de partida económica. Mientras, la Convocatoría Cívica y el juez Baltasar Garzón continúan intentando llevar al parlamento una “Comisión de la Verdad sobre los crímenes del franquismo”, para lo que se ha puesto en marcha una recogida de firmas a través de Change.org que -a día de hoy- necesita 42.220 firmas más para alcanzar las 150.000 necesarias.

Anotaba y contrastaba las noticias a diario. La mañana del 19 de septiembre, primer día de la búsqueda, comenzó tranquila respecto a las informaciones sobre el inicio de los trabajos de este tercer intento. A primera hora aparecieron reseñas en el Ideal de Granada, el ABC edición Andalucía….Y a medida que la tarde avanzaba la gran mayoría de la prensa nacional ya se había hecho eco de la noticia. Al Ideal se le notaba que llevaba ya muchas líneas escritas sobre ello a lo largo de los años y sabía que ese volvería a ser un tema polémico en la ciudad, por lo que, para evitar susceptibilidades, destacaba la cantidad de dinero que costarían dichos trabajados y especificaba quién lo pagaría. Efectivamente, varios de los escasos comentarios de los lectores de ese periódico se centraban en quejarse de que el dinero público se gastase en buscar restos de la guerra civil. En total, media docena de lectores que criticaban dicha búsqueda y otros tantos que la defendían, todos ellos enzarzados en una reyerta con texto de por medio.

El embrollo informativo era grande porque llevábamos ya tres búsquedas y cada una de ellas poseía su propia personalidad. Para aclararme un poco yo misma, me documenté rápidamente sobre las otras dos. La primera la había realizado la Junta de Andalucía, en 2009, siguiendo instrucciones del historiador Ian Gibson, en Fuente Grande, sin resultado alguno. 70.000 euros para buscar los restos del maestro Dióscoro Galindo y de los banderilleros anarquistas Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, fusilados junto a Federico García Lorca. La segunda, en 2014, realizada por la asociación cultural Regreso con Honor siguiendo las pistas que el escritor falangista Eduardo Molina Fajardo -a 500 metros de donde Ian Gibson señalaba como el lugar donde se encontraban las fosas-, había señalado en Los últimos días de García Lorca tras recopilar los testimonios directos de los tres guardias de asalto que la madrugada del 18 de agosto de 1936 estuvieron junto al pelotón de fusilamiento en la zona de Víznar y Alfacar. Los trabajos terminaron cuando se acabó el dinero -unos 23.000 euros que había aportado la Dirección General de Memoria Andaluza- y el georradar dio como resultado que las alteraciones del terreno no eran más que grandes bloques de tierra.

Volvemos al presente y, al parecer, actualmente para encontrar los restos de Lorca hay que echar mano de triquiñuelas legales ya que, como ha señalado el arqueólogo Javier Navarro, el objetivo esta vez se centra en el hallazgo de los pozos que sirvieron a los golpistas para arrojar a más de 400 víctimas de la represión franquista, aunque se calcula que son los restos de unas 2.000 personas los que se encuentran en las fosas de la zona de Alfacar y Víznar. Para lograr el permiso, Sonia Turón -representante desde el sindicato de la CNT de la familia política de Francisco Galadí y Joaquín Arcollas- y Nieves García Catalán -nieta del profesor Dióscoro Galindo-, presentaron una petición de exhumación a la Dirección General de Memoria a mediados del pasado mes de junio de 2016.

A pesar este birlibirloque, en la mayoría de las informaciones aparecidas en la prensa la noticia continúa siendo la búsqueda de Federico García Lorca y no la de los restos de las cuatrocientas personas asesinadas por el franquismo que permanecen enterrados en los tres pozos ubicados en el Peñón del Colorado.

Y es que en España la totalidad de las víctimas de la represión franquista enterradas en fosas comunes sigue teniendo un único apellido: Lorca. Una versión de “Lorca somos todos” que ha llegado desde 1936 hasta la actualidad. Hasta el punto de que encontrar al poeta simboliza una pequeña victoria en la lucha sobre la casi nula aplicación la Ley de la Memoria Histórica, con el permiso y el consenso colectivo que simbólicamente todos hemos rubricado. Encontrar a Lorca es comenzar a recibir el reconocimiento de la historia, porque las instituciones actuales nunca nos ofrecerán ese derecho. Y recuperar sus huesos es otorgar el carácter de incuestionable a lo que las leyes de este país se encargan de dificultar: recuperar los huesos de los nuestros. El conjunto de víctimas ha relegado su protagonismo a los hombres y mujeres próceres, a los forjadores de mitos -como Federico García Lorca para los enterrados en las fosas comunes, Antonio Machado para los muertos camino del exilio o Rafael Alberti para la resistencia en tierras extranjeras- ya que solo así se podrá recuperar el reflejo de nuestra historia personal fragmentada en cada uno de ellos, y porque aún no poseemos legal y plenamente el derecho para poder hacerlo.

El cuarto día de la tercera búsqueda de Lorca, a las 16:21h, comenzó el otoño en España. Los trabajos en el Peñón del Colorado avanzaron más rápido de lo normal y ya habían llegado al nivel de tierra del año 1936. En tres días, se hizo el trabajo de dos semanas gracias a las máquinas aportadas a última hora por la Junta de Andalucía. Se extrajeron 1.500 metros cúbicos y ya destacaba la tierra negruzca sobre la de color ocre, perteneciente a la tierra que se había lanzado sobre ella para construir el fallido campo de fútbol proyectado durante los años ochenta. Era como si el fútbol, además de haberse impuesto a otras formas de ocio, como la misma cultura, se hubiera propuesto mancillar también la memoria.

efe
Trabajos realizados en el Peñón del Colorado. © EFE

La alarma de Google que creé para la búsqueda de Lorca me trajo también la noticia de la representación de La piedra oscura en Madrid, obra en la que se relata el romance del poeta con Rafael Rodríguez Rapún. Ojalá pueda llegar a verla en noviembre o diciembre, que aún seguirá en cartel.

Pronto, la repetición de contenidos de las noticias que se publicaban casi a diario me pareció tediosa. Pequeñas variantes añadían emoción, como un casquillo de bala encontrado, algún fragmento de cerámica, un trozo de neumático que “podría proceder de una motocicleta militar, lo que aportaría un dato sobre el campo de instrucción situado en esta zona en el verano de 1936 y en cuya cabecera podría situarse la fosa de Lorca”, según informaba el Ideal de Granada el 22 de septiembre… Así que dejé de anotar las escasas novedades que los periódicos desgranaban a diario.

El sexto día, el sábado 24 de septiembre, apareció el segundo tema espinoso que siempre suele aparecer en toda búsqueda de Lorca: la posición del PP en este tema. No tardaron mucho, aunque esperaba que se sumaran antes a la fiesta. Ese día La Vanguardia publicó: “El PP de Granada ha anunciado que pedirá a la Junta explicaciones por la cesión de medios públicos que trabajan en el proyecto de búsqueda de fosas comunes de la Guerra Civil en terrenos de Alfacar (Granada) donde podrían yacer los restos de Federico García Lorca.”

Como siempre, buscaban la grieta por la que seguir regando las raíces de la planta venenosa. La razón que el PP argumentaba se centraba en una situación “anómala y preocupante” en la adjudicación del contrato de conservación de carreteras en la zona Oeste de Granda, ya que en ella se prohibía que esta maquinaria fuera utilizada con fines distintos a la conservación de las carreteras. A la parlamentaria del PP de Granada le preocupaba especialmente la “correcta inversión y el destino de los fondos públicos”, ya que, según ella, los 352 kilómetros de carreteras que comunicaban la zona Oeste con el resto de la provincia quedarían desatendidos y mermaría mucho su trabajo.

Se refería a una retroexcavadora y un camión. Federico García Lorca ya dijo en su momento que «en Granada se agita la peor burguesía de España», y esta parecía empeñada en continuar dándole la razón.

El martes 27 y el miércoles 29 de septiembre se publicaron varias noticias sobre el tercer tema espinoso en la búsqueda del poeta: la reacción de la familia Lorca. En La Vanguardia apareció un artículo donde esta expresaba sentir «cierto escepticismo e indignación» por la búsqueda del poeta. Al parecer, en una entrevista a Andrés Soria, catedrático de Literatura y marido de Laura García Lorca -sobrina del poeta-, en la Cadena Ser, en Granada, este calificó de “paradójico» que encabezara la búsqueda un historiador -Miguel Caballero- que consideraba que el asesinato de Lorca había sido un ajuste de cuentas entre familias de la Vega granadina, en lugar de un crimen político. Además, Andrés Soria mantenía de forma tajante que la familia de Lorca desconocía absolutamente el paradero del poeta.

En otra de las noticias aparecidas el miércoles, la familia Lorca cargaba las tintas para mostrar su desacuerdo con la tercera búsqueda. Y, de nuevo en La Vanguardia, Javier Navarro expresaba que se sentía «molesto» por las declaraciones que el día anterior había realizado la sobrina de Federico y presidenta de la Fundación dedicada al poeta, Laura García Lorca, quien había criticado las teorías del investigador Miguel Caballero.

Además, diecinueve comentarios de lectores del Ideal digital persistían en los rifirrafes entre quienes criticaban que se destinara dinero público para buscar a los muertos y quienes lo defendían. Entre los que oponían abundaba el insulto y el mal gusto. Un tal yester escribió: “A ver si se van un poquito mas abajo que tengo una finquilla, la quiero poner de olivos y los agujeros me saldrían gratis.”

Constato que es en la provincia de Granada donde más comentarios se escriben como colofón a las noticias sobre ese tema. En el resto de provincias resultan escasos.

Pasan los días y a principios de octubre, se encuentran restos balísticos en la zona donde se realizan los trabajos, la que se ubica en el margen izquierdo del sendero que llevaba al campo de instrucción de la Falange, por el que, según los testimonios publicados por los investigadores Eduardo Molina Fajardo y Miguel Caballero, dieron sus últimos pasos Lorca y sus compañeros en la muerte. El equipo de arqueólogos e historiadores se mostraba muy esperanzado en encontrar los restos que buscaban: «Es un hallazgo que nos ha entusiasmado a todos”. Destellos de alegría que se manifestaban en breves entrevistas que mantenían la esperanza y la dosis de noticias sobre la noticia. Pero el mes de octubre avanzaba lentamente y no se encontraban más evidencias de fosas que las reveladas hasta entonces. Nada de restos óseos ni de grandes descubrimientos históricos. Tan solo un pozo, que sí fue hallado aunque muy deteriorado y sin ningún objeto significativo en su interior.

El jueves 20 de octubre la tercera búsqueda de Lorca, Galindo, Arcollas y Galadí llegó a su fin. El equipo de investigación se mostraba abatido por este nuevo fracaso y la esperanza volvía a depositarse en teorías alternativas -nuevos caminos de investigación, los llamaron en los diarios-, que volvían a salir a la luz, como las defendidas por Miguel Caballero, asesor histórico de esta tercera búsqueda: “Importantes evidencias sobre la teoría de que Lorca fuera desenterrado de su propia fosa”, declaraba en el diario Público el 22 de octubre. El periodista Fernando Guijarro había escrito una obra al respecto titulada A Lorca lo desenterraron, en la que explicaba que Lorca había sido desenterrado al poco de haber sido fusilado, y que la familia Lorca había pagado 300.000 pesetas de entonces -que nunca recuperó- por proteger a Federico y que, a cambio, ya que no habían servido para salvarlo, sí permitieron una exhumación de su cadáver, que la familia enterró para siempre en la Huerta de San Vicente, Granada, pero que esta, aclaraba el periodista, “nunca va a querer sacar a la luz la noticia para no perder el mito del poeta”.

El mismo día, leo que La piedra oscura, de Alberto Conejero,se ha estrenado en Bogotá. Lorca no para de viajar a pesar de que no sepamos dónde se encuentra.

El colofón de las noticias llegó también el 22 de octubre con un artículo en el que se explicaba que el ayuntamiento de Alfacar había advertido al equipo de investigadores de la obligación de dejar la zona del Peñón del Colorado tal y como este la había encontrado -como cuando un niño hace una travesura y deber restaurar el orden que con su osadía se atrevió a transgredir- frente a la intención del equipo de investigadores, que pretendía dejar abierta la zona excavada por si hubiera que retomar los trabajos -ya que aún quedaban por excavar algunos metros cuando se les terminó la financiación-, o simplemente recuperar la morfología original del pasaje en lugar de reponer la tierra retirada.

Federico García Lorca moría de nuevo, esta vez por cuarta vez. La tercera búsqueda no resultó ser la definitiva, como esperaba el equipo multidisciplinar -palabra repetida hasta la saciedad en las noticias dedicadas a su tercera búsqueda, junto a retroexcavadora y georradar- que la había llevado a cabo.

Por mi parte, fui a Fuente Vaqueros el verano pasado, en 2015, para visitar la casa-museo de Lorca. Resultó interesante contemplar tan de cerca, y tocar, algunos de los objetos personales del poeta, como un piano que aparece en una de sus célebres fotos de juventud, la cuna -real-, algunos cuadros pintados por el poeta… Casi todo conservado, según nos explicó el guía, gracias a la señora que había cuidado a Federico desde pequeño, ya que esta había guardado en su propia casa todos aquellos reflejos del mito.

Tras la visita, paramos en un bar ubicado cerca de la rotonda de la entrada a Fuente Vaqueros. Hacía muchísimo calor y la sola visión de un cartel publicitario de cervezas nos hacía salivar -si saliva nos quedaba aún-. Nos atendió un camarero muy simpático y, animados por su afabilidad, le preguntamos si él había nacido en allí. Nos contestó que sí, que era de allí de toda la vida. Y, ya lanzados, le perpetramos la pregunta a la que, seguramente, ya se había visto expuesto en otras ocasiones, lanzada por despiadados turistas como nosotros. El camarero respondió pacientemente, tomándose su tiempo e interés, en responder a nuestra, nada original, inquisitiva frase:“Pero en el pueblo, ¿qué se dice sobre dónde está Lorca?”.

El camarero no dudó ni un momento: “Hombre, si tú tuvieras dinero y te hubieran matado al hijo, pues habrías pagado lo que fuera por rescatar su cuerpo, ¿no? Yo ya no sé si se lo llevaron a la Huerta de San Vicente o a otro sitio. Pero que en la fosa esa de Alfacar seguro que ya no está”.

Las noticias cesaron a finales de octubre. Y, seguramente, no se vuelva a hablar de ello hasta que Ian Gibson saque un nuevo libro sobre Federico García Lorca o alguno de los investigadores que mantienen la tesis del desentierro del cuerpo del poeta vuelva a insistir en el tema. Mientras, la Ley de la Memoria Histórica continúa casi tan paralizada como el país mismo y los mitos muertos parecen ser los únicos que nos representan legítimamente.

Las claves del pulp (lésbico) de los años 50 y 60 a través de sus portadas

Me gusta pensar que una sociedad se puede analizar a través de las portadas de sus libros, que sus elementos gráficos la ilustran y, además, iluminan sus rincones. Por ello, es fascinante observar los códigos morales de los años 50 y 60 del siglo XX a través del lenguaje visual de las portadas pulp.  Desde el inicio del pulp –heredero de las dime novels, novela de diez centavos, del siglo XIX–, a principios de los años 20, el número de publicaciones de este tipo alcanzaron cifras astronómicas, y sus portadas debían competir entre ellas para acaparar la atención del comprador. Iconos de la cultura popular, villanos que atemorizan a damiselas, femme fatales tentando a pobres diablos que –sabes– caerán en sus redes y eso será su perdición… Elementos gráficos, todos ellos, que intentaban atraer al potencial lector resumiendo en pocos rasgos el argumento de sus historias –aunque todas ellas fueran realmente muy parecidas–.

Perfume and Pain. Portada de Robert A. Maguire
Perfume and Pain. Portada de Robert A. Maguire

Nos centraremos, sobre todo, en las cubiertas producidas a mitad del siglo XX –entre 1955 y 1969–, porque fue durante esa época en la que se desarrolló el pulp lésbico (la otra variante de pulp destinado al público homosexual), aunque estas se publicaran hasta bien entrados los años 80.

A pesar de que existían muchos elementos y claves comunes, y es verdad que la mayoría de cubiertas se parecen entre sí, a lo largo de esos años destacaron algunos ilustradores que supieron imprimir su propio estilo y que sobresalieron en la ilustración de ciertos temas. A algunos de estos artistas se les recuerda por su maestría. Por ejemplo, al sensual Robert A. Maguire –un maestro dibujando seductoras mujeres–, que produjo unas 600 ilustraciones para los varios géneros del pulp; James Bama, de estilo fotorealista, especializado en novelas del oeste y en ciencia-ficción; o Clark Hulings, quien quizás cubrió más variedad de estilos que los dos anteriores…  En España destacaron, entre muchos otros, José Luis Macías Sampedro, Boixcar (ilustrador e historietista), Isidre Monés, Segrelles, etcétera.

El artista recibía el siguiente encargo: concentrar un emocionante, y muchas veces tórrido, universo en 10,5 cm x 15 cm. Esas eran las medidas de la portada. Colores estridentes, ilustraciones sugerentes e impactantes frases de reclamo servían para realizar dicho encargo. Muchos artistas encontraron en estas portadas y en la floreciente industria del pulp una atractiva fuente extra de ingresos, al igual que muchos escritores. El volumen de trabajo era de órdago, y para muchos de ellos representó una práctica forma de asegurarse un sueldo y dedicarse de forma cómoda a otros menesteres artísticos más arriesgados pero menos lucrativos.

Olivia. Portada de Robert A. Maguire.
Olivia. Portada de Robert A. Maguire.

Cada género, dentro del pulp, tenía sus propias reglas y su iconografía moldeada a base de los éxitos de venta. Por ejemplo, las novelas bélicas mostraban a hombres fuertes y rudos, a veces descamisados, tras el fragor de la batalla; las novelas del oeste incluían carromatos que atravesaban áridos desiertos o escarpados desfiladeros del lejano oeste; las novelas de la serie negra retrataban a hombres de aspecto sospechoso que se escondían entre las sombras que proyectan las ciudades o que acababan de realizar alguna fechoría…

En el caso del pulp lésbico, las ilustraciones aglutinaban las características y las claves que la industria del pulp transmitía a una sociedad todavía muy sacudida por el macartismo y la persecución a comunistas, homosexuales y a cualquiera que supusiera un peligro para el modelo de vida que proponía el American Way of Life. En estas portadas, eran muy comunes las mujeres ligeras de ropa seducidas por otras mujeres con caras de mala o pinta de camioneras –butches– que incitaban al pecado a angelicales chicas.

Beebo Brinker, de Ann Bannon (la "reina del pulp lésbico").
Beebo Brinker, de Ann Bannon (la «reina del pulp lésbico»).

Cuenta Ann Bannon, la reina del pulp lésbico, que «los hombres interpretaban las portadas de forma literal, atraídos por las escenas de mujeres semidesnudas en un dormitorio, y las mujeres interpretaban las portadas de forma irónica: dos mujeres mirándose o una mujer de pie y otra en la cama, con las palabras clave strange (extraña) o twilight (crepúsculo), que significaba que el libro tenía contenido lésbico».

Sin embargo, en las cubiertas de pulp lésbico de Robert A. Maguire, las mujeres rara vez tenían aspecto masculino. Todo lo contrario. Su arte escapaba de los estereotipos en los que una lesbiana debía ser camionera, aunque esto se debiera a una respusta a la expresión de la fantasía sexual masculina. Además, Maguire solía incluir una rubia y una morena, para ampliar el espectro de gustos.

La diferencia argumental respecto al pulp generado para hombres homosexuales se traducía en que las historias del pulp lésbico solían ser más románticas y hablaban de amores imposibles ambientados en campus universitarios, cárceles de mujeres…

Degraded Women. Portada de Robert A. Maguire
Degraded Women. Portada de Robert A. Maguire

Las ilustraciones se apoyaban en textos igualmente atrayentes. La moralidad de la época convertía estas relaciones ilícitas en escandalosas y malsanas, y por eso se utilizaban adjetivos como twilight (crepúsculo), odd (raro), strange (extraño), shadows (sombras) y queer (marica, extraño, etcétera) en los títulos. Es el caso de I prefer girls: «Un extraña historia de amor crepuscular, celos y odio» , donde una mujer yace en la cama a la espera de otra no menos despampanante mujer que está a punto de hacer el salto del tigre sobre ella; Young and Innocent: «Fueron amantes crepusculares en un mundo entre sexos»; Perfume and Pain: «No conocía ningún deseo excepto por otra mujer»; Degraded Women: «No hay hombres en una prisión de mujeres pero esta está llena de sexo. Laura aprendió esto de la manera más dura, como las lobas lesbianas comenzaron a acecharla»; u Olivia: «La historia de una amor cuyo nombre no se osa pronunciar».

En España tuvimos novelas de a duro. Y su temática era del oeste, ciencia ficción, bélico, suspense, detectives y novela romántica. Pero nunca nos llegó el pulp lésbico por cuestiones obvias. El esplendor de este género se desarrolló en Estados Unidos desde mediados de los años 50 a finales de los años 60 del siglo XX. En España, en esos momentos la censura moral, religiosa y política de la dictadura franquista impedía que cualquier publicación con contenido homosexual saliera a la luz  –si hasta una ley prohibía a dos hombres tomar juntos una habitación en una pensión o un hotel…–.

Pero siempre nos quedarán esas portadas, retazos de la cultura popular, resumiendo de manera chillona todo lo que aquella época representó, y sirviendo de vistoso material para otra enésima revisión vintage.

Dead Sure. Portada de James Bama
Dead Sure. Portada de James Bama

 

The Tiger's Wife. Portada de Clark Hulings.
The Tiger’s Wife. Portada de Clark Hulings.

«Fantasías animadas de ayer y hoy»: el jazz de la infancia

Una bota de cordones ondulantes se contraía y se alargaba, saltando por toda la casa, a la vez que ejecutaba una saltarina coreografía y, a su lado, una tetera emitía sus vapores a toda porcelana –a falta de pulmones–. De pequeños, teníamos los clubs de jazz en el comedor y/o en el salón de casa. Eso dependía de cada casa. Y los clubs se llamaban Primera Cadena y UHF. Gracias a ellos, casi todos los de mi generación sabemos ahora relacionar aquello de «Fantasías animadas de ayer y hoy» con las mentiras con las que, después, nos sedujo la vida.

Sin yo saberlo, me acostumbré al jazz y a los musicales de Broadway gracias a los Silly Simphony, los Merrie Melodies y los Looney Tunes, los créditos de Don Gato y su pandilla o Los Picapiedra, entre muchos otros. Ni siquiera me daba cuenta de que veía esos dibujos en blanco y negro –la tele en color llegó bastante después a mi casa–; y la música tampoco era en estéreo y, mucho menos, en High Fidelity. Comparados con los que se hacen ahora, eran dibujos animados imperfectos, mutilados, y que, sin embargo, han sabido aguantar mucho mejor en el recuerdo que otros con más y mejores medios técnicos. A través de esos dibujos animados, algunos aprendimos que el jazz era la música de los negros y también la de los blancos marchosos. Clean Pastures (1937), que transcurre en Harlem, es un ejemplo maravilloso y allí el cielo se llamaba «Pair-O-Dice» (par de dados) y los ángeles cantaban jazz.

Ver vídeo de Clean Pastures (1937):

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Clean Pastures (1937)

En Music Land (1935), la Isla del Jazz y la Tierra de la Sinfonía se enzarzaban en una desquiciada batalla musical lanzándose corcheas y semicorcheas y un saxofón se enamoraba de un violín vestido de mujer; al final todo se arreglaba y los instrumentos bailaban sobre el Puente de la Armonía.

Ver vídeo Music Land (1935):

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Music Land (1935)

Pero, para mí, el más especial de todos estos dibujos animados es Three Little Bops (1957), donde a los tres cerditos se les iba el santo al cielo en los clubs tocando bebop por las noches hasta que aparecía el lobo feroz con su trompeta y les estropeaba la diversión. A punto estuvieron de echarse «a la carretera» y todo esos cerditos para perder de vista al lobo.

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The Three Little Bops (1957)

Ver vídeo The Three Little Bops (1957).

No puedo dejar de asociar el jazz de mi infancia a una tetera que lanza vapor, a un saxofón que camina solo, a unos personajes de dibujos animados en blanco y negro… Es, por tanto, un jazz visual. Y justo por eso me es imposible dejar de imaginarme a mí misma caminando por las calles de Nueva York cuando escucho a Thad Jones, dejar de ver los humeantes clubs de jazz que aparecen tras las primeras notas del piano de Charles Mingus o sentirme, en pleno año 1955, en la cola de un cine en Times Square esperando ver El hombre del brazo de oro. Y es que, a muchos como yo, el jazz nos entró también por los ojos…

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¡Eso es todo, amigos!

 

El siguiente vídeo recopila algunos títulos donde Cab Calloway, Louis Armstrong, Cats Waller, Louis Prima y otros son convertidos en personajes de dibujos animados. Dura 18:30 minutos, pero, desde luego, vale la pena verlo: Jazz e cartoons.

Dos crónicas sentimentales sobre Barcelona

Mario Arturo me habló de la Guía secreta de Barcelona (1974), reeditada en 1982 como Nueva Guía secreta de Barcelona, de Josep Maria Carandell. El libro estaba descatalogado hacía años y no me había preocupado en buscarlo. Pero el muy loco lo compró a un coleccionista en Internet y me envió su secreto por sorpresa porque decía que me serviría para mis novelas sobre las Barcelonas perdidas. Muchas gracias, grande.

La guía de Josep María Carandell se ha convertido –junto a Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996)– en uno de mis lugares preferidos donde rastrear anécdotas y antiguos nombres de calles de Barcelona. También me han constatado que cada época ofrece a sus barrios la ración correspondiente de personajes pintorescos, que representan la misma locura, la misma excentricidad, pero vestidas de manera diferente. Y es que estos personajes cambian de nombre y de aspecto con la frecuencia con que la Historia cambia de años.

Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell
Guía secreta de Barcelona (1974); Josep Maria Carandell

 Carandell dijo en una entrevista: «Nuestra generación –la de Marsé, Vázquez Montalbán, etcétera– se encontró con un país tan oficial que no nos quedó otro remedio que buscar el país no oficial». Y Carandell se dedicó a buscar al margen un país imaginario que le infundiera la vida que la dictadura le había desmochado. Su guía de Barcelona habla de muchos rincones curiosos de la ciudad, pero a su autor se le nota rápidamente la predilección por la Barcelona de los bajos fondos.

También dijo, en otra ocasión, que esta guía había sido su «aportación generacional a obras como El circo, de Juan Goytisolo, o Las afueras, de Luis Goytisolo. No se trataba de descubrir una realidad social, sino de buscar lo extraño y personajes raros. Éramos niños de Acción Católica, pijos de casa bien que queríamos compensarlo».  Me doy cuenta de que esta es una guía letraherida, y que quizás la ciudad y las gentes que Carandell retrata son sobre todo una crónica de personajes potencialmente literarios, en lugar de un registro de personas reales. A su autor se le nota rápidamente la admiración que tenía hacia esos lugares y la profunda psicología con que observaba a esas «extrañas» gentes. Sobre todo,  Carandell parece comprenderlos en su desvarío y se siente su querencia por esa parte de la ciudad que solo se la conoce si se la observa con cariño y atención.

Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar
Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992 (1996); Paco Villar

En Historia y leyenda del Barrio Chino 1900-1992, de Paco Villar (La Campana, 1996) el enfoque es diferente. Villar evita la deriva urbana y va directo a lo que le interesa: los llamados «bajos fondos». En este libro hay pasión y sentimiento por la Historia, por la cultura popular, por la vida que palpita frente a los ojos de quien la observa. Además, esta crónica –que se desborda y, en la monumentalidad de la documentación rescatada de archivos y de fuentes gráficas, llega hasta otros barrios, como la cercana calle Escudellers y alrededores– es un canto a otras maneras de vivir. Paco Villar prescinde de juicios morales. Al contrario que a Carandell, las personas que formaron parte de la Historia de esa zona, no le parecen ni raros ni extraños. Villar los utiliza como testigos cargados de una valiosa información. Y se limita a rescatar exhaustivamente ese trozo de la Historia de Barcelona.

Siempre me ha parecido muy injusto cómo Barcelona ha tratado –y continúa tratando– a ciertos barrios solo porque en ellos vive gente con «menos posibles» o, si queremos, gente pobre. A los barrios más alejados del centro es fácil obviarlos y hacer como si estos no existieran. Pero el Raval y ciertas zonas del Barri Gòtic, en pleno centro, son dos inconvenientes para esta ciudad. El ayuntamiento se olvida de que en esos barrios aún vive gente que son parte de la Historia y la cultura de esta ciudad; ancianas que podrían pasarse horas explicando anécdotas del barrio, de la guerra civil… y que nunca recogerán los libros de Historia; vecinos que explicarían mil detalles interesantes de la zona y que cuando ellos mueran desaparecerán de la memoria colectiva para siempre; de sus tiendas históricas; del hotel Falcón, en la Rambla, 32, ocupado durante la guerra civil por el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) para alojar a los milicianos que volvían del frente y que ahora es la biblioteca pública del barrio; de las pequeñas industrias que a finales del siglo XIX y principios del XX fueron importantes motores económicos para esta ciudad, de las gentes que trabajaron en ellas y que, gracias a su esfuerzo, esta ciudad ha llegado a ser lo que hoy en día es.

Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.
Hotel Falcón durante la guerra civil española. Actualmente se encuentra allí la Biblioteca Andreu Nin, en las Ramblas.

Las autoridades han convertido estos lugares en un parking para turistas, y se han limitado a extender autorizaciones firmadas para abrir horripilantes bazares de souvenirs con nombres pseudocatalanes pero con propietarios llegados dese la India o Pakistán, bares-abrevadero para continuar con la juerga y hoteles donde dormir la mona.

Dejemos eso a un lado y continuemos con las guías interesantes sobre la Barcelona secreta y al margen, aunque alguna gente se empeñe en etiquetar como «secretos de las ciudades» aquellos lugares no demasiado concurridos o aquellas anécdotas no demasiado conocidas de las mismas. Es la injusticia del famoseo. Si la pequeña ermita de San Cristóbal, en la calle del Regomir, no es tan famosa como el último –y espantoso– hotel con forma de navío inaugurado en la ciudad, no es porque ella se esconda a los ojos de los ciudadanos. Es que a la mayoría de los ciudadanos les resbala la verdadera historia de su propia ciudad. Motivados, en parte, por el tratamiento que el ayuntamiento potenciado hacia ellos, muchos barceloneses han desarrollado una alergia a las capas de óxido que revisten los lugares antiguos de la Ciudad Condal. El brillo de lo nuevo nos ciega y no nos deja contemplar lo que ya existía. «Lo viejo es cutre», dirán algunos. Y encontrarán más belleza en pasear entre las atestadas terrazas del Maremagnum que entre las estrechas callejas del Raval, Poble Sec o del Barrio Gótico.

Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol.
Cabaret La Buena Sombra, años 20-30, en la desaparecida calle Gínjol (junto a Passatge Escudellers)

Guías de lugares curiosos y de anécdotas de Barcelona hay muchas –por ejemplo, la igualmente célebre Barcelona pam a pam–, de Alexander Cirici, Banys; así como crónicas sociales, muchas de ellas servidas por el historiador Manuel Huertas Clevería. Y no nos olvidemos de los centenares de blogs dedicados a rescatar la historia más oculta y olvidada de Barcelona, donde periódicamente sus autores nos regalan y comparten información, muchas veces testimonios directos de vecinos –que incluso aportan las fotos de sus álbumes familiares–, de la historia común de esta ciudad, como los interesantes Bereshit o Cosas de Absenta, entre muchos otros.

Niños jugando en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.
Niños en el Barrio Chino de Barcelona. Fotografía: Joan Colom. Década de los cincuenta.

La «baronesa del jazz» y Thelonious Monk escapan en un Bentley plateado

Terminé de leer El perseguidor, el cuento de Cortázar, y fue como haber visto las dos caras de la luna tras una cortina de lluvia. Porque no paraba de llover. Esa primavera –que en realidad es esta y todas las que son como esta– no paraba de llover. Yo investigaba sobre la llamada «Baronesa del jazz» o«Baronesa del Bebop», aunque también habría podido recibir los motes de la «Baronesa del Hard bop», la «Baronesa del Free jazz»… Y así hasta el momento de su muerte, el 30 de noviembre de 1988. Porque Pannonica de Koenigswarter, una Rosthchild desheredada con nombre de mariposa, pasó 35 años de su vida inmersa en múltiples correrías nocturnas por los clubs de jazz de Nueva York. Tras llegar a la última palabra  del cuento de Cortázar, me di cuenta de que, hasta entonces, toda la información que había leído sobre ella estaba dedicada a resarcirla de una deshonrosa y oscura mala fama, adquirida solo porque había ejercido su derecho a vivir como le había dado la gana. El libro y el documental de su sobrina-nieta envolvían a Nica, como era conocida por sus allegados, de misterio, solemnidad y, casi, santidad. Su pariente la describía como la baronesa que ayudaba, tanto económica como anímicamente, a los cats –como se llamaba en argot a los tipos negros del jazz–, muchos de ellos, con infinitas penalidades: problemas con las drogas, depresiones, apuros económicos…

Pannonica de Koenigswarter
Pannonica de Koenigswarter

Nica pertenecía a  la rama británica de los Rothchild, y su nombre fue eliminado de todos los testamentos de la familia por haber abandonado a su marido, diplomático francés en México, y a sus cinco hijos a principios de los años cincuenta del s.XX. Lo dejó todo tras haber escuchado Round Midnight, de Thelonious Monk, en casa de una amiga, durante una escala en Nueva York. Poco después volvió a la Gran Manzana para quedarse y buscar en ella ese tipo de jazz.

Cuanto más sé de la baronesa, más me parece la suya una de esas existencias vividas a impulsos, como en la anarquía de las jam sessions. Improvisando. Dándose topetazos contra las paredes, girando en las esquinas equivocadas, resbalándose en el asfalto mojado y aterrizando de culo o, peor, apoyándose en el codo derecho al caer –ay, qué dolor– por caminar demasiado veloz y sin cuidado. Los días de lluvia nos deberían crecer ventosas en las plantas de los pies y en el corazón, porque a veces este se tira él solito al suelo.

A partir de su traslado a Nueva York, la de Nica fue una de esas vidas sin ventosas, sin agarraderas. Salía de noche en pandilla con los cats , los llevaba en su Bentley plateado a cualquier lugar donde a estos les saliera un bolo, retaba a carreras nocturnas a Miles Davis al volante de su coche en la Quinta Avenida, congregaba a numerosos músicos en las habitaciones que tenía reservadas en el Stanhope Hotel, fue acusada de posesión de marihuana –aunque en la versión de su sobrina-nieta esta pertenecía a Thelonious Monk y ella se autoinculpó para evitar que a él le retiraran el cabaret card sin el que no podría actuar en los nightclubs, y, sobre todo, se pasó la vida adorando a Thelonious Monk. Su sobrina-nieta asegura que el sexo no fue una cuestión importante en la relación que ambos sostuvieron desde el momento que se conocieron en París, en 1954. Que su adoración era platónica él estaba casado y tenía hijos.

Es posible. Pero pienso que hubiera sido mejor haber obviado ese comentario. Posiblemente Nica no necesitaba que nadie lavara su reputación. Adoraba a Thelonious Monk en público y en privado, en los clubs de jazz, en el interior de su Bentley y en cualquier lugar donde él se encontrara. Y a la baronesa –que había dejado todo atrás– poco le importaba ya lo que pensaran de ella y con quién la relacionaran. En todas las fotografías donde aparecen juntos, los ojos de Nica solo transmiten amor hacia Monk y poco nos importa si este fue correspondido o no.

Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan
Nica y Thelonious Monk en alguno de los clubs de jazz de Manhattan

Pero lo que me realmente me produce curiosidad es la inquina de Cortázar hacia esta mujer. Quizás la considerara responsable de la muerte de Charlie Parker, de suministrarle la droga que lo acabara matando. Sin embargo, era más que conocido que Parker se había enganchado a la heroína mucho antes de haberla conocido y que él solito se bastaba para abastecerse de las dosis necesarias que su cuerpo le exigiera. Me pregunto de dónde viene este furor contra ella y no contra otras amantes de Bird. Su animadversión me suena a celos de enamorado. De que siempre hay que culpar a una mala mujer de la desgracia de un gran hombre. También Monk murió en la Cathouse –una casa que Nica compró en New Jersey para poder ser definitivamente libre y donde este vivió los últimos nueve años de su vida–, llamada así porque en ella acogía a numerosos jazzmen y a multitud de gatos. Unas versiones dicen que 306 gatos, otras que 122… El número exacto da lo mismo. En su entierro, su mujer y Nica ejercieron de viudas del músico, con toda la naturalidad del mundo, sentadas codo con codo y recibiendo a dúo el pésame de los asistentes al funeral.

Nica y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.
Nica de Koenigswarter y Thelonious Monk en la puerta del Five Spot Cafe, en su Bentley plateado.New York, 1964. Fotografía: Ben Martin/Time/Life Pictures/Getty Images

Antes de todo eso, los cats habían acogido a Nica entre ellos de la forma más natural. Se dejaban querer y cuidar por esa mujer, que acudía con sus abrigos de pieles, sus perlas y sus largas boquillas, a la ronda de clubs de jazz del Village, el Bowery o Harlem. Cortázar, en cambio, la dibujó como la ávida amante de Charlie Parker y otros músicos negros. Fumadora de marihuana, promiscua, mantenida por su exmarido, sin más problemas que las quejas de los encargados de los hoteles donde se hospedaba al principio, hasta que se comprara la Cathouse.

Charlie Parker murió en las habitaciones que Nica tenía alquiladas en el Stanhope Hotel, mientras veía The Dorsey Brothers’ Stage Show, un programa humorístico de televisión. Las causas fueron muchas y, en realidad, se trató solo de una. Parker estaba ya hecho polvo tras años y años de adicción a la heroína. Murió con 35 años aparentando 60, según el médico que lo atendió en sus últimos momentos.

Nica era muy conocida en el entorno del jazz. Pero una gran desconocida para el resto de los mortales. Durante este tiempo hemos escuchado canciones de Sonny Clark, Kenny Drew, etcétera, con el nombre de Nica sin saber que fueron inspiradas por ella.

Ross Russell describió a Nica de esta manera en la biografía que escribiera sobre Charlie Parker:

«La baronesa Pannonica, a la que sus amigos llamaban Nica, era alta, entrada en carnes, y tenía la cara de un chaval crecido e incontrolable. Era irónica, chistosa, sincera y distraída, raramente capaz de acordarse de sus citas. Cultivada e intelectual, era también creativa, y pintaba telas extrañas utilizando diferentes materias: acrílicos, leche, whisky y perfume. Poseía una gran simplicidad y modales muy directos que hacían que la gente del jazz la estimara. Como mucha gente influida por la cultura francesa, la baronesa estaba fascinada por la escultura africana, la música afroamericana y la negritud. Vestía descuidadamente ropa comprada en las tiendas más caras. Su Rolls-Royce, al que llamaba la ‘paloma plateada’, y que conducía ella misma, sus pieles, joyas y su cajita de bolsillo de oro eran familiares en los clubs de jazz que había a lo largo de Broadway, en Harlem y en Greenwich Village».

Muchas piezas de jazz llevan su nombre por título como homenaje: Pannonica de Thelonious Monk; Nica’s Tempo, de Gigi Gryce; Nica, de Sonny Clark; Nica’s Dream, de Horace Silver;Tonica, de Kenny Dorham;Blues for Nica, de Kenny Drew; Nica Steps Out, de Freddie Redd; Inca, de Barry Harris; Thelonica, de Tommy Flanagan…

¿Por qué me pondrán tanto este tipo de vidas?

 

Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.
Thelonious Monk y la Baronesa Nica, una amistad que duró todas sus vidas.

Barcelona a las puertas de los años cincuenta

Barcelona en postguerra 1939-1945. Una crónica fotográfica

Arxiu Fotogràfic de Barcelona / Del 19 de abril al 28 de septiembre.

La postguerra de Barcelona era morena. Tenía el color del tinte del blanco y negro de las películas fotográficas Kodak, de las sotanas de los curas, de las mantillas de las beatas, de los uniformes militares… Estaba llena de gente que levantaba el brazo, recto, para hacer el saludo fascista y despedir a los voluntarios de la División Azul, que partieron desde la Estación de Francia; de mujeres de oscuros ropajes con delantales blancos que confeccionaban abrigos para destinatarios tristes y, seguramente, del lado de los vencidos. En esa Barcelona 20.000 hombres tomaron juntos la comunión en el anteriormente llamado Paseo de San Juan; las masas adoraban al Cristo de Lepanto en la explanada de la catedral, a quien sacaron del santo templo lo justo para que la fragancia de la adoración colectiva y sometida lo bañara de eternidad.

Adoración del Cristo de Lepanto.- Abril 1944.- Fotografía: Pérez de Rozas
Adoración del Cristo de Lepanto.- Abril 1944.- Fotografía: Pérez de Rozas

Heinrich Himmler visitó la Ciudad Condal y se trajo con él su bandera con la cruz gamada, como si de su neceser personal se tratara –la higiene espiritual nacionalsocialista se aplicaba a las almas de algunos países de Europa–; las mujeres pobres volteaban hacia arriba las palmas de sus pequeñas manos frente a señoras pertrechadas de mantillas y rosarios, que solo tenían ojos para santos y vírgenes, pero ni un segundo de su mirada para el rostro que rogaba limosna y, de paso, servía para que los fotógrafos oficiales del Ayuntamiento de Barcelona inmortalizaran el contraste de uno de los pilares de aquella posguerra de hambre canina y de estraperlo.

Barcelona. Semana Santa, 6 de abril de 1939. Fotógrafo desconocido.
Barcelona. Semana Santa, 6 de abril de 1939.
Fotógrafo desconocido.

Me detengo en esa fotografía en concreto –la que me hace cuestionarme si debo juzgar o no el vuelo raso de la mirada de esa señora, que evitaba bajar la vista para encontrarse de frente con la realidad, con la pobreza–, la que hace que me pregunte por qué me afecta tanto, hoy en día, la indiferencia de la beata hacia la señora bajita que le ruega unas monedas. Y me reafirmo en la importancia y en la urgencia de continuar reflexionando sobre nuestra Historia no tan lejana, de ser conscientes de cómo sus consecuencias, aunque no queramos verlo, alcanzan con saña todavía a dos generaciones posteriores.
Las fotografías que acabo de ver fueron tomadas entre 1939 y 1945 por Pérez de Rozas y otros fotógrafos del Ayuntamiento de Barcelona, y muestran instantáneas de los momentos oficiales de la posguerra. El objetivo era configurar el muestrario visual que el nuevo régimen quería mostrar al mundo. Nada que ver con las fotografías con las que, pocos años después, Francesc Català-Roca tomara el pulso a lo cotidiano e inmortalizara al agente de la Policía Armada que patrullaba la Ciudad Condal a lomos de su caballo o al limpiabotas de la Gran Vía de Barcelona del 1954. Faltarían aún años para que la otra Barcelona –la que iba a trabajar, la que paseaba, la que piropeaba a las chicas en la vía pública…– comenzara a surgir de las cámaras de otros fotógrafos seducidos por los personajes anónimos que poblaban sus calles.

Salida de voluntarios de la División Azul _5 de julio de 1941.- Fotografía: Pérez de Rozas
Salida de voluntarios de la División Azul _5 de julio de 1941.- Fotografía: Pérez de Rozas

Salgo del Arxiu Fotogràfic de Barcelona –que se encuentra en uno de esos edificios grandes y viejos de la parte antigua de la ciudad que siempre me han parecido elegantes buques mercantes– pensando que ojalá todo el mundo fuera a ver esta exposición, que forma parte de otro proyecto general mayor que lleva por nombre Barcelona en posguerra, 1939-1945.  Y que  nadie debería perderse esas imágenes que muestran, a través de los actos para la recristianización del país, las visitas de oficiales de las autoridades franquistas, los lazos del régimen con la Alemania nazi y la Italia fascista, y la escenificación de la victoria franquista, el día a día de una ciudad que en pocos años pasó de ser rubia platino –al estilo de la Jean Harlow de los años 30– a teñirse del moreno de cantaora de copla.

Alma de Dios (Ignacio F. Iquino,1941)
Alma de Dios (Ignacio F. Iquino,1941)